Opinión
Plumas invitadas
punto de vistaNo hay duda de que vivimos tiempos demasiado “interesantes” —según la maldición china— y en un mundo muy peligroso.
Según Isaiah Berlin, el nacionalismo moderno nace en Alemania como reacción al universalismo iluminista, abanderado por la Revolución francesa y tiene como padre intelectual a Johan Gotfried Herder. Es una reacción frente a una integración forzada, a una uniformización bajo un conjunto de valores, ideas y leyes que se consideran superiores y universales. Contra esta visión del mundo, esta weltanshauung, niveladora y racionalista, Herder levanta la bandera del terruño y los muertos, la sangre y el idioma, blut und boden. Se defiende lo particular frente a lo universal, el derecho de cada pueblo de cultivar sus costumbres y sus tradiciones, el respeto a su identidad e idiosincrasia. El nacionalismo de Herder no es ni racista ni excluyente, como lo será en cambio, en Fichte.
En Herder, como en Mazzini, el fundador de la “joven Italia”, pero también de la “joven Europa”, el nacionalismo es de signo positivo; debe interpretarse como la comprensible reacción de las sociedades pequeñas y débiles frente a la agresividad imperialista de las grandes potencias. Para Berlin, el nacionalismo asume su carácter violento, racista y xenófobo cuando se injerta con el irracionalismo romántico. De la afirmación de lo nuestro se pasará al desprecio de lo ajeno, de la defensa de la propia particularidad a la idea de la superioridad de lo propio. La globalización, como la Ilustración, es un fenómeno poderosamente uniformizante, integrador, nivelador y racionalista, que ha fomentado una fuerte reacción nacionalista. Al mismo tiempo, se habla nuevamente de la “muerte de la razón”. Después de décadas de predominio de una cultura “racionalística”, se advierten los signos de una reacción irracionalista que, en su aspecto negativo, se concreta en el resurgimiento de la xenofobia, del fundamentalismo, del racismo, del antisemitismo, del terrorismo y del sectarismo milenarista y apocalíptico, un verdadero “retorno de los brujos”. Si este irracionalismo se mezcla de nuevo con el nacionalismo, corremos el riesgo cierto de asistir al “retorno de lo trágico”, a la exhumación del totalitarismo político, con su inevitable saldo de violencia y barbarie.







