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La buena noticiaEn los últimos 25 años la persecución a los testigos de la fe se enmarca en los cinco continentes de modos diversos.
Recientemente se ha convocado en Roma a muchos obispos de la Iglesia Católica a un convenio sobre “El siglo 21: un nuevo tiempo de mártires”. La propuesta sigue la insistencia de los papas Francisco y León XIV sobre una verdad evidente, no a los medios de comunicación, pero sí al corazón de la Iglesia: en los últimos 25 años la persecución a los testigos de la fe se enmarca en los cinco continentes de modos diversos: la “violencia física y mortal” a cristianos de todas las edades, sin olvidar la “persecución de los buenos”: esa que cristalizó como concepto el teólogo español Juan Esquerda Bifett: ella no se refiere a la agresión que cometen las personas malvadas, sino a la incomprensión, el rechazo y las críticas que sufren los santos y creyentes de buena fe por parte de los propios miembros de la Iglesia o de sus seres queridos más cercanos.
Ahora, esa “persecución de los buenos” —diríamos “de cuello blanco y legal”— se da constantemente contra la libertad religiosa en países “dizque” desarrollados en economía, pero en franco retroceso humanístico: se ataca a quienes se oponen a la “tiranía del pensamiento único” contra los valores humanos y cristianos (Papa Francisco, 10.04.2014). Claro, en sí mismo, el martirio es un don de Dios, no un acto de pura valentía ideológica, sino el resultado del encuentro personal con el Dios que es Vida (con mayúscula) y está “por sobre todo temor a la muerte física”, como lo afirmaba hace ocho días la Buena Nueva, con palabras decisivas también mañana: “El que encuentre su vida, la perderá, y quien pierda su vida por mí la encontrará”.






