En las últimas semanas el Gobierno recibió dos noticias que le calzan bien al discurso oficial. La primera fue la inflación de mayo: 2,1% mensual, por debajo del 3,4% de marzo y del 2,6% de abril. La segunda fue el dato del PIB del primer trimestre, que mostró un crecimiento de 0,7% desestacionalizado respecto del cierre de 2025, bastante por encima de lo que sugería hasta ahora el EMAE como proxy mensual de la actividad. No sería razonable negar que ambos datos son positivos. La desaceleración inflacionaria volvió a tomar algo de impulso. Y el arranque de 2026 en materia de actividad agregada fue mejor de lo que sugerían varios indicadores parciales. Más aún, con las revisiones que acompañaron la publicación del PIB, el arrastre estadístico para este año mejora y vuelve bastante plausible que la economía termine creciendo por encima del 3%. Pero una cosa es reconocer la mejora y otra, muy distinta, es extraer de allí una conclusión definitiva. Y en ese punto aparece el verdadero problema de fondo que es el bajísimo nivel de la inversión. El informe del Indec deja allí la principal advertencia. La formación bruta de capital fijo volvió a decepcionar. Cayó otra vez en la medición desestacionalizada (-3,1%), se contrajo con fuerza en la comparación interanual (-11,6%) y quedó en apenas 14,3% del PIB a precios corrientes. Para una economía que pretende crecer de manera sostenida, ganar productividad, exportar más, crear empleo de calidad y mejorar salarios reales, ése es un registro demasiado bajo. Dicho de manera más simple, la Argentina puede tener en 2026 un crecimiento aceptable apoyada en exportaciones, algo de consumo y algunos sectores muy dinámicos. Lo que difícilmente pueda hacer es construir un sendero de expansión duradero sobre la base de una tasa de inversión tan reducida.
Sin inversión no hay paraíso
Difícilmente Argentina pueda construir un sendero de crecimiento duradero sobre la base de una inversión reducida.












