Hace seis meses el calendario lo marcó como un juego de marquesina: un duelo entre dos excampeones del mundo que auguraba que ambos equipos llegarían con la clasificación en los pies y con la tarea de definir el liderato del grupo. Sin embargo, la realidad de los primeros días marcó un camino diferente. Uruguay llegó al juego tras despilfarrar, contra Cabo Verde y Arabia Saudita, sus mejores oportunidades para sumar de a tres. La urgencia planteó, de inicio, un escenario fuera del libreto.
Además, en las horas previas, según reportes de la prensa sensacionalista uruguaya, el vestidor, encabezado por Federico Valverde, habría emprendido una rebelión contra el técnico Marcelo Bielsa.
A partir de ese contexto, la gran pregunta era si se encontraría una selección uruguaya punzante o autodestructiva. Los primeros minutos aclararon el camino.
Bielsa le planteó a su equipo la idea de siempre: la mejor forma de defender es mantener el mayor tiempo posible la posesión del balón. Así comenzó Uruguay, con presión alta para recuperar el balón y atacar pronto.
Más allá de buscar la tenencia de la pelota, enfrente tenía a España, que también explotaba sus mayores virtudes. El equipo de Luis de la Fuente privilegiaba la posesión del balón, a partir de la evolución del tiki-taka hacia un planteamiento más directo y vertical.










