26 de junio, 2026 - 06h30El título puede sonar a una metáfora usada por coachs de autoayuda y que circulan por las redes sociales: ¿eres pollo o águila?, ¿eres rayo o luciérnaga? Pero no, la idea es otra. Hace mucho tiempo leí una frase sacada de una carta que Mark Twain escribió a George Bainton: “La diferencia entre la palabra exacta y la casi correcta es la misma que entre el rayo y la luciérnaga”. No es el capricho por la palabra, es lo que ella es capaz de generar en otro.Esa es la esencia de la comunicación: el lenguaje es acción. Cuando se dice algo, algo va a pasar. Por eso, en todo contexto, es muy importante saber qué se dice, a quién, en qué momento y con qué propósito. He trabajado en publicidad, educación, consultoría de empresas y en diversas áreas donde he observado de primera mano el poder del lenguaje. He sido testigo de cómo una comunicación determinada, en un momento específico, actúa como rayo y lo cambia todo. Para bien o para mal.Por eso, quiero detenerme y reflexionar un momento sobre tres fenómenos que hoy complejizan los procesos de comunicación en todos los niveles: comerciales, políticos, informativos y personales.El primero es la inmediatez. La comunicación ha cambiado de ritmo. Antes existía un intervalo entre lo que ocurría y lo que se decía sobre ello. Hoy los acontecimientos, las interpretaciones y las reacciones conviven simultáneamente en el mismo espacio. La velocidad no solo comprime los tiempos; también reduce los filtros. Entre el hecho y la palabra había un espacio para verificar, matizar, contextualizar e incluso cambiar de opinión. Hoy, con frecuencia, estos procesos aparecen como obstáculos frente a la urgencia de informar o responder.Un segundo fenómeno es la pérdida de nuestra capacidad de atención. La comunicación no es solo el acto de emitir un mensaje; es, sobre todo, el de comprender. Y comprender requiere permanecer en una idea, en un argumento, en una conversación e incluso en un silencio. Cuando esa permanencia se erosiona, la comunicación comienza a perder profundidad. Las palabras siguen viajando de un lado a otro, de manera superficial, como un partido de ping pong.El tercer fenómeno es que la realidad ha dejado de ser un punto de referencia compartido. La fragmentación de las fuentes de información permite que cada persona seleccione, consciente o inconscientemente, aquello que confirma su manera de ver el mundo. Poco a poco, cada uno termina habitando una realidad cuidadosamente editada. Dos personas inteligentes, honestas y bien informadas pueden llegar a conclusiones irreconciliables porque cada una construyó su comprensión del mundo sobre un conjunto distinto de referentes. En esas condiciones, comunicarse ya no consiste solo en encontrar las palabras adecuadas, sino en encontrar una realidad desde la cual esas palabras puedan ser comprendidas.Estos tres fenómenos configuran un escenario complejo para la comunicación. Sin embargo, el poder de las palabras no ha cambiado. Siguen teniendo la capacidad de desvanecerse fugazmente como una luciérnaga o actuar e impactar como un rayo, para bien o para mal. ¿Qué hacemos? (O)
Enrique Rojas: Rayo o luciérnaga | Columnistas | Opinión
Mark Twain: “La diferencia entre la palabra exacta y la casi correcta es la misma que entre el rayo y la luciérnaga”.












