Aldama se llevó 3,7 millones por la venta de mascarillas al Ministerio de Transportes (sumados otros contratos en los que intermedió, la cifra asciende a 6,6), pero solo devolverá los sobornos repartidos –430.298 euros– de forma conjunta con Ábalos y Koldo. Este lunes el Tribunal Supremo lo condenó por organización criminal y cohecho, pero lo deja en la calle: cuatro años y medio de prisión que no cumplirá. Dani DuchLa llave de esta puerta abierta es su confesión. En la sentencia se expresa así: el Estado de derecho “debe premiar” a quienes ayuden a depurar “las conductas de corrupción”. Como la colaboración de Aldama fue máxima, se dice (aunque mintió en varias declaraciones), máxima es también la compensación, que se traduce en rebaja de la pena y suspensión de la privación de libertad. Añade la sentencia que sigue colaborando con otras pesquisas en marcha, el amaño de obra pública entre ellas. Su delación se ha vuelto un activo y se paga por conservarlo.El pícaro versión 3.0: Aldama sale castigado sin cárcel y dueño de lo que cobróLa comisión millonaria de Aldama queda intacta porque los delitos que habrían permitido recuperarla –aprovechamiento de información privilegiada e inducción a la prevaricación– se vinieron abajo. En pleno estado de alarma por la pandemia, razona el Supremo, la necesidad de comprar mascarillas era tan sabida que la inminente licitación nada tenía de secreta, y la adjudicación directa a su empresa tampoco fue prevaricadora, porque la dificultad para conseguir el material sanitario amparaba el procedimiento de emergencia.Lo que se decomisa, esos 430.298 euros de los que responden los tres compinches, son las dádivas: los diez mil mensuales para los gastos del exministro durante 34 meses, el piso de la plaza España para la íntima de Ábalos, el alquiler vacacional del chalet de Marbella... Esto es, el dinero que circuló para engrasar la trama. Así, el erario recupera lo que el corruptor desembolsó en corromper, pero no lo que este ganó corrompiendo. Aldama sale de la sentencia liviano: castigado sin cárcel y dueño de lo que cobró.La literatura del siglo de oro nos legó al pícaro, el que contaba su vida para salvarse. Víctor de Aldama es el pícaro versión 3.0. Su desenlace judicial, tan favorable, premia una confesión calculada en la que cuesta ver arrepentimiento. Descubrió el pastel cuando estaba en prisión preventiva por otra causa. Afortunado Aldama.