Beatriz Valdéz, una venezolana que vive en Doral desde hace dos años, hablaba el miércoles por teléfono con su hija, que vive en otro Estado de Estados Unidos, cuando una videollamada comenzó a entrar insistentemente en la pantalla. Era su única hermana, Alejandra, desde El Hatillo, al sureste de Caracas, justo cuando la tierra comenzaba a temblar.“Al principio yo no sabía qué estaba pasando. Mi hermana decía ‘esto es horrible’, gritando, llorando, desesperada. Pensé que alguien se había muerto. Nunca pensé que era un terremoto”, cuenta Valdéz, de 45 años. “Después me dijo que había temblado muy fuerte, que creía que iba a morirse sin haber hablado conmigo”. Valdez recuerda el rostro desencajado de su hermana, mientras intentaba calmarla desde más de 2.000 kilómetros de distancia. “Ella es mi única hermana. Tenía un ataque de nervios muy fuerte”, recuerda Valdéz. Durante la llamada vio cómo los vidrios del edificio de su hermana se habían hecho añicos. Alejandra, de 35 años, había bajado con su perro para ponerse a salvo. Cuando logró calmarse, hicieron una videollamada con el resto de la familia para confirmar que todos estaban bien. En Venezuela viven su padre, su hermana, su abuela materna, su bisabuela paterna, dos tías y varios tíos. Luego empezó a llamar a los amigos y familiares en Estados Unidos.Alejandra pudo mantener el contacto porque el edificio contaba con una planta eléctrica que mantuvo funcionando el internet. Sin embargo, las hermanas pasaron cerca de una hora sin poder comunicarse con otros familiares en Los Teques, un poco al oeste de Caracas, hasta que lograron conectar “las plantas y tener acceso a Internet para que pudiésemos saber de ellos todos los que estamos fuera, que es la mitad de la familia”, agrega. “Muchos amigos me decían que llamaban a sus familiares y los teléfonos ni siquiera repicaban”, cuenta Valdéz.La angustia se repitió entre cientos de miles de venezolanos en el sur de Florida, donde vive cerca de la mitad de los aproximadamente 1,2 millones de venezolanos en Estados Unidos. El principal enclave es Doral, la ciudad del noroeste de Miami conocida como “Doralzuela”, aunque también existen importantes comunidades en Weston, Pembroke Pines, Kendall y otras localidades de los condados de Miami-Dade y Broward. Una de las primeras personas a las que avisó Valdéz fue a su vecina Oly García, una venezolana que vive en Doral hace 11 años. García, de 42 años, estaba impartiendo una clase por Zoom de personalización de camisetas, vasos y tazas a las alumnas de su academia cuando recibió la llamada. “Me dijo que había ocurrido un terremoto en Venezuela”, recuerda García. Inmediatamente colgó la videollamada y comenzó a marcar los teléfonos de su padre, sus hermanos, sus tíos y otros familiares que también están repartidos entre Caracas y Los Teques, donde vive la familia de su esposo.“Fueron las horas más lentas de mi vida. Es imposible que no se te vengan los peores pensamientos a la cabeza. Nunca piensas lo mejor, sino lo catastrófico”, dice García.La primera llamada que logró conectar, dos horas después de la tragedia, fue a su suegra, Isabel Ramírez, de 72 años. “Hablamos primero con mi suegra porque mi tío en Caracas estuvo sin luz, sin gas y sin comunicación hasta cerca de las nueve de la noche”. Cuando por fin consiguió hablar con el resto de su familia, supo que todos estaban vivos y pudo respirar aliviada. Mientras esperaba noticias, García publicó información sobre el terremoto en sus redes sociales, donde tiene miles de seguidores, y en pocos minutos comenzó a recibir decenas de mensajes de otros venezolanos de Miami que tampoco conseguían localizar a sus familiares.“Amigos, les pido de corazón que si llegan a tener alguna información sobre el paradero de mi hermano y mi sobrino en La Guaira, por favor se comuniquen conmigo de inmediato”, decía uno de los mensajes que compartió junto a la fotografía de los desaparecidos. Otro escribía: “El tío de mi esposo no aparece. Nada de comunicación, de verdad es muy angustiante”.Las publicaciones se sucedían entre rumores, listas improvisadas de personas localizadas y mensajes alarmistas que hablaban de cifras sin confirmar de miles de fallecidos. También para comenzar a organizarse. “Todo el mundo empezó a escribirme: ‘¿Cómo nos unimos? ¿Cómo recolectamos?’”, dice García. Hasta la tarde del jueves, las autoridades venezolanas habían confirmado al menos 188 muertos, más de 1.500 heridos y cientos de personas atrapadas bajo los escombros, mientras los equipos de rescate continuaban buscando supervivientes. En el Estado costero de La Guaira, al norte de Caracas, considerado el epicentro del desastre y donde decenas de edificios colapsaron, las personas buscaban entre los escombros con sus propias manos y herramientas improvisadas ante la escasez de maquinaria y equipos de rescate. Algunos, desesperados, suplicaban la llegada de una excavadora para intentar salvar a sus seres queridos atrapados bajo edificios derrumbados, mientras los rescatistas seguían buscando supervivientes.García dice que la angustia continúa ahora, un día después del terremoto, pensando en lo que vendrá después. Le preocupa que su país esté sumido en una crisis económica y “no tiene recursos para salir de esto”. A pesar de la supuesta apertura precipitada por la captura del presidente Nicolás Maduro, Venezuela sigue sufriendo la crisis económica, política y humanitaria, marcada por el deterioro de los servicios públicos, tras años de gestión deficiente del Gobierno y denuncias de corrupción. Más de siete millones de venezolanos han emigrado en los últimos quince años. En Doral, muchos se han organizado para recolectar donaciones para ayudar a los damnificados y compartir información sobre desaparecidos. “Como siempre, la bondad de los venezolanos va a prevalecer”, concluye García.