Hemos llamado a nuestra especie Homo Sapiens —el humano sabio–. Pero es cuestionable hasta qué punto hemos estado a la altura del nombre

Yuval Noah Harari

A Sapiens le gustan las historias. Una de ellas, plasmada en el mayor superventas de todos los tiempos, la Biblia, cuenta que Dios creó Sapiens a su semejanza y le otorgó ni más ni menos que el dominio sobre los peces del mar, las aves del cielo, sobre los ganados y sobre todo reptil que se arrastrara sobre la tierra (Génesis 1:26). Unos siglos más tarde, el filósofo René Descartes y sus discípulos añadieron una idea clave al guión original: Sapiens, quien sigue siendo el dueño y poseedor de la naturaleza, tiene un alma, los animales, no. En consecuencia, si no tienen alma, ni conciencia, además de no tener lenguaje, no ser racionales o no tener sensibilidad, no son más que máquinas. Y las máquinas no sienten dolor. Así que si damos una paliza a un perro, solo constatamos que su reacción no difiere de un reloj que da la hora. Desde luego, el Gran Relojero cartesiano no era veterinario.

En cualquier caso, este altamente sensible y empático “no pienso, luego no sufro” podría haber quedado sin más, como otras tantas, en una historia para veladas al calor de la chimenea. Sin embargo, la bola de nieve siguió creciendo con consecuencias nada irrelevantes. Fíjese: a partir del siglo XIX todos los códigos civiles de Europa, y por efecto dominó-colonial mucho más allá del Viejo Continente, grabaron en el mármol del derecho que los animales son simples “cosas y bienes”. Hasta tal punto que los animales siguen siendo considerados como “equipajes” por las compañías aéreas. Si bien afortunadamente la legislación ha avanzado y algunos animales son reconocidos hoy como seres sintientes, la gran mayoría de ellos no tiene más derechos, ni se les concede más sensibilidad que una máquina inerte o un reloj mecánico. Para no-Sapiens, es decir, los animales que no nacieron Sapiens, la fábula del reloj no ha sido un cuento de hadas, ni un sueño, sino su mayor pesadilla.