A estas alturas del partido, cualquier columnista serio (como Mariano Rajoy) estaría escribiendo sobre los ajustes de alineación de Francia, la sorpresa de Cabo Verde o las probabilidades de España; yo llevo días intentando comprender en qué momento un bote de kétchup se ha convertido en material altamente subversivo.
Cabría pensar que, en un Mundial celebrado entre países atravesados por guerras abiertas, crisis diplomáticas y tensiones migratorias, los desvelos de la organización recaerían en asuntos de cierta envergadura. Para sorpresa de nadie, el orden de prioridades de la FIFA es otro y tiene que ver con su bolsillo.
En los estadios están desapareciendo las marcas que no han pagado el peaje de patrocinador oficial. Uno de los casos más sonados ha sido el del antiguo Levi’s Stadium, en Santa Clara (California). La FIFA cambió el nombre y cubrió su enorme y característico logo con una lona que dejaba poco a la imaginación. El resultado fue tan eficaz como tratar de esconder a un elefante tras un banderín de córner.
La marca de vaqueros no tardó en apropiarse del absurdo en redes sociales. Es de primero de internet: si no quieres que se hable de algo no le digas a la gente que no mire.









