“Personaje”, “desquiciado”, “sinvergüenza” y, de nuevo, el “hijo de puta” que nunca falta y siempre camufla tras el cansino “me gusta la fruta”. Era jueves y Ayuso actuaba en Tele 5. Siempre elegante, siempre institucional, siempre exquisita y siempre educada, con un fondo intelectual al nivel de Séneca. El mismo espectáculo y el mismo bochorno. Cada vez que Isabel Díaz Ayuso pisa un plató de televisión no defrauda entre ese público cuñado que disfruta con el insulto y la procacidad. Donde esté la insolencia que se quite la educación. Ya saben. Marca de la duquesa de Quirón.

Tiene la responsabilidad de un gobierno autonómico que representa a 8 millones de madrileños, pero ha convertido al presidente del Gobierno de España en el centro gravitacional de su existencia. Política y personal. Sin Pedro Sánchez, Ayuso no es nadie. Lo sabe ella y lo sabe España entera. Ha construido su marca sobre un principio tan básico y tan viejo como la misma política: si tienes un enemigo al que odiar, no hay necesidad de tener programa. Funciona a corto plazo. Pero envenena en el medio. Y puede matar en el largo. Y ocho años con la misma fijación son ya demasiados.