Publicar una foto, un reel o un vídeo en redes es para los adolescentes una forma habitual de comunicarse, expresarse y relacionarse con los demás. Sin embargo, muchas veces no son plenamente conscientes de que el contenido que comparten puede permanecer en internet durante mucho tiempo y llegar a personas más allá de su círculo más cercano. Conocer los riesgos que eso conlleva es fundamental para que desarrollen hábitos responsables y seguros. “Pocas decisiones cotidianas tienen consecuencias tan duraderas como las que se toman al pulsar el botón de compartir”, asegura Aleix Hildebrandt, psicólogo con doble especialización en Psicología General Sanitaria y Psicología Forense. “Hablar con nuestros hijos sobre lo que publican no es una charla puntual sobre tecnología, sino una conversación educativa que se prolonga en el tiempo y evoluciona con su madurez. El objetivo no es generar miedo ni prohibir por sistema, sino construir criterio: que aprendan a decidir bien cuando nosotros no estemos delante”, añade.En 2024 entró en vigor la ley de servicios digitales (DSA), que refuerza la protección de los menores al exigir a las plataformas digitales medidas específicas para garantizar su privacidad, seguridad y bienestar en el entorno digital. “Configurar la privacidad es necesario, pero insuficiente. Hay que enseñarles a ajustar quién ve sus perfiles, sin duda. Pero el mensaje central no puede ser ‘está en privado, no pasa nada’, porque una simple captura de pantalla derrota cualquier ajuste de privacidad. Lo privado deja de serlo en cuanto sale de sus manos, y las configuraciones solo reducen el riesgo, no lo eliminan”, sostiene Hildebrandt. El psicólogo señala también cómo la privacidad se convierte directamente en una cuestión de seguridad: “Una imagen puede revelar la ubicación, el colegio, los horarios o las rutinas del menor. No se trata solo de reputación, sino de no dejar pistas a quien podría hacer un uso indebido de ellas”.Y es que los riesgos de las redes son concretos: pérdida de control sobre las imágenes, uso indebido o ilegal de estas o la difusión de datos de localización de un menor. Además, cuando son los adultos quienes comparten de forma habitual fotos e información sobre sus hijos en internet, estos pueden encontrarse años después con una huella digital que nunca eligieron construir. “Nunca se sabe qué tipo de persona puede estar al otro lado recibiendo esa información personal, por lo que hay que concienciar a los chavales sobre la importancia de que sus cuentas sean privadas y agreguen exclusivamente a personas que conozcan”, explica por su parte Ana Guerrero Braña, psicóloga experta en salud digital y miembro del Instituto Europeo de Psicología Positiva (IEPP). La experta asegura que es fundamental explicarles también que lo que suben se puede llegar a difundir.Aunque un menor puede llegar a comprender a qué se expone al publicar contenido en plataformas, los expertos consultados coinciden en que a los 13 años, en los primeros años de la adolescencia, todavía no existe una madurez plena para gestionar esos riesgos sin supervisión. “Hay que enseñarles a pensar antes de publicar datos como su localización, fotos comprometidas, teléfonos, etcétera”, comenta Guerrero.“La madurez importa, y mucho. El cerebro adolescente está diseñado para priorizar la recompensa inmediata, el Me gusta, la aprobación del grupo, por encima de la consecuencia a largo plazo, que aún cuesta anticipar. No es irresponsabilidad, es neurodesarrollo. Por eso necesitan acompañamiento externo, no un sermón único. Una niña de 9 años y un chico de 14 requieren conversaciones distintas, repetidas y adaptadas a cada etapa”, apunta Hildebrandt. Y puntualiza: “Un factor que olvidamos es el ejemplo. Los hijos aprenden más de lo que hacemos que de lo que decimos. La coherencia familiar —cómo usamos nosotros las redes, qué exponemos o cuánto tiempo pasamos mirando la pantalla— es la primera lección, y la más silenciosa. Si queremos que sean prudentes con su imagen, debemos empezar por nosotros mismos”.‘Haters’ y ciberacosoDecidir publicar en una red social supone exponerse a comentarios tanto positivos como negativos, algo que requiere herramientas emocionales para gestionarlo. “Un comentario crítico o un hater puntual se pueden gestionar; el ciberacoso u hostigamiento sostenido, repetido e intencionado es otra liga: no se gestiona en solitario, requiere la intervención de los adultos y, si hace falta, del colegio y de la vía legal”, apunta Hildebrandt.“Los padres pueden orientar a los menores advirtiéndoles de que, ante una conducta de este tipo, informen a sus profesores, personas de confianza o cuidadores principales; guarden la información para poder denunciar el acoso en caso de ser necesario; bloqueen a ese usuario informando a los administradores de la plataforma; y no contesten directamente, puesto que esto podría empeorar la situación”, argumenta Guerrero. “Un comentario hostil pesa más a esa edad que en un adulto: no es exageración, es el momento vital. Reconocerlo, en vez de minimizarlo con un ‘no hagas caso’, es lo que abre la puerta a que nos cuenten lo que pasa. Después, hay que darles herramientas concretas", agrega Hildebrandt. Porque, según explica el experto, no toda provocación merece respuesta: a veces el silencio, el bloqueo y el reporte no son señales de debilidad, sino decisiones inteligentes: “Y, sobre todo, el mensaje que más protege: pedir ayuda a un adulto y mantener la conversación adecuada es un acto de fortaleza, no de chivarse”.