Para llegar a su atelier hay que pedir cita. No hay un teléfono de contacto directo. Eso genera cierto halo de misterio y, quizá, también cierta distancia.

Sabía que había vestido a Leonardo Sbaraglia, que trabaja junto a Juan Minujín y otros artistas reconocidos, pero la charla siempre se trata de ir develando otras figuras, como las que aparecen en los cuadros que pinta y que se encuentran en distintos rincones de su estudio.

Sin embargo, cuando llegué, eso que en mi mente se traducía como inaccesible se desvanece con la sonrisa cálida de Rouse, que me ofrece café para acompañar la entrevista. Hay algo en ella que mezcla lo misterioso y lo magnético.

Sus prendas juegan entre la precisión y lo rupturista, entre la arquitectura y la danza. Una estética que trabaja sobre siluetas, volumen y prendas que no se ajustan al cuerpo, sino que conviven con él, buscando revelar otras capas: una piel con costuras visibles, con cierta imperfección expuesta. Como en su última cápsula, La belleza de la imperfección, inspirada en el kintsugi, el arte japonés de reparar piezas rotas resaltando sus fracturas en lugar de ocultarlas.

“Trabajo sobre el cuerpo. Observo lo que cada persona quiere comunicar, y busco que la pieza sea lo más fiel posible a lo que la marca es”.