Sin saber que iba a llamarse Un cactus en el medio, esperé cada martes, durante un año, para conocer más de la historia familiar que escribía Lila Bendersky. No sabía nada de ella; apenas tenía la certeza de su voz narrativa, que tiraba de mí hasta tensarme, de la garganta a la boca del estómago. Quizás fuera el tono preciso, casi austero, unido a la intimidad cruda; su fraseo envuelve con una emoción difícil de esquivar. Y eso que el final está anunciado desde el primer capítulo: su hermana Florencia, de siete años, muere de una meningitis bacteriana el 31 de diciembre, y la fatalidad transforma visceralmente las relaciones de toda la familia, incluso las de Lila, que nacería un año más tarde.Con una curiosidad punzante, Bendersky indaga en el archivo familiar; entrevista a parientes, amigos, vecinos y allegados para destejer la trama alrededor de un dolor que sus papás metieron en un bolso negro, literalmente, y no volvieron a sacar hasta que ella preguntó. “Pero lo cierto es que los muertos siempre vienen con nosotros. No hay agua que limpie eso. No hay forma de borrar una hija. Aunque no la nombres. Aunque la amputes del árbol genealógico”. No hay que dar muchas vueltas para descubrir el sentido de ese título, imposible de abrazar por las espinas.Se trata de una novela de no ficción hecha de dos tiempos bien precisos: por un lado, la cronología familiar desde que los papás se conocieron y, por otro, el presente de la investigación, con una narradora que despliega con destreza las herramientas del periodismo para indagar en una memoria silenciosa. Así, en ese ida y vuelta, aparece la vida breve de Florencia, hecha de los veraneos en Punta del Este, con el telón de fondo de las costumbres de una familia numerosa de clase acomodada en plena década de los 90. En verdad, no resulta tan solo el contexto; la precisión en los matices que despliegan las escenas lleva a habitar la intimidad de las experiencias y, al mismo tiempo, estas se vuelven un viaje a esa década y sus particularidades reconocibles. En otras palabras: la historia también retrata una época y una clase.Por otra parte, surgen preguntas que no terminan de responderse, pero abren ventanas posibles. “¿Qué se hace con la historia de los otros? ¿Qué les pertenece a mis hermanos y qué le pertenece a la historia familiar?”, se interroga la autora.Lo hace con una distancia capaz de tomar lo mejor de las herramientas que le da su oficio como periodista para lograr una honestidad por momentos brutal, con datos concretos, detalles significativos y multiplicidad de fuentes, registros y documentos. Solo que lo hace sin olvidar nunca su rol de hermana e hija, y eso también le aporta una ternura capaz de hacerse cargo del caudal emocional de ese río subterráneo que circuló a lo largo de los años; sin nombre, sin forma concreta, hasta que la escritura trazó sus bordes y reveló la materia escurridiza que lo conforma, aún en el presente. La vulnerabilidad frente a los descubrimientos se vuelve una de las mayores fortalezas de la escritura.Más allá de la reconstrucción de un dolor vivo, inesperadamente hay mucho humor en las anécdotas. Claro que el tema y la cercanía con los hechos podrían hacer pensar que se trata de una narración melodramática, pero ocurre lo contrario: la escritura tiene una austeridad limpia. Con un tono acerado que lleva a pensar en Joan Didion y su magistral El año del pensamiento mágico, Bendersky descorre los velos de lo innombrable.Sus frases tienen la cualidad del bisturí; esquivan los sentimentalismos, sin lástima ni falsos heroísmos. Y lo hace sin subrayar el sufrimiento: simplemente deja que este emerja de los hechos, de los datos, de los gestos y de la sucesión de eventos que desarmaron a cada uno de los involucrados en un proceso que, luego de mucho tiempo, los rearmaría como una familia tan rota como nueva. Y así mira lo que solo puede tocarse hasta dar con los nombres exactos que conforman la materia, entre los vivos y los muertos, del silencio.Un cactus en el medio, Lila Bendersky, Vinilo, 136 págs.