En plena euforia por la celebración del Deep Tech Atelier 2026 en Riga (Letonia), que este año se ha celebrado el 14 y 15 de mayo y ha batido su récord de público histórico, los teléfonos móviles de todos los asistentes empiezan a sonar casi al unísono. Todos los medios se hicieron eco de la misma noticia: la primera ministra del país, Evika Siliņa, acababa de anunciar su dimisión. La gente, a pesar de ello, no parecía inmutarse demasiado. “Ya la han intentado echar seis veces”, comenta uno de los asistentes al evento. “Tenía que caer en algún momento”, dice otro. El motivo: Vladímir Putin acababa de desviar una serie de drones de combate ucranios, que finalmente impactaron en territorio letón. La paradoja es aún más compleja en un país que durante el dominio soviético fue pionero en exploración espacial y diseño de aeronaves. Ahora, esta república —cuya frontera con Rusia supera los 217 kilómetros— busca su nicho apostando por empresas de alta tecnología que vuelvan a conquistar las estrellas y construyan drones, especialmente los de batalla. El valor conjunto del ecosistema de start-ups de los países bálticos pasó de 2.600 millones de euros en 2021 a 7.500 millones en 2025. En apenas cuatro años, se ha multiplicado por tres: ninguna otra región europea comparable creció tan rápido. Una verdadera proeza para un territorio que no llega a los seis millones de habitantes entre los tres Estados. Letonia, con 82,3 millones de euros, fue el país con menor captación de inversión en start-ups de los bálticos en 2025. En primer lugar se situó Estonia —el país con más unicornios per capita del continente—, con 353 millones, y después Lituania —uno de los ecosistemas fintech más desarrollados de Europa—, con más de 227 millones. La inversión específica en deep tech —dentro del conjunto de empresas emergentes— pasó del 17,5% en 2021 al 50% en 2025. Es ahí donde el Estado letón empieza a tener protagonismo, liderando un nicho de mercado muy concreto: drones, robótica, defensa y tecnología espacial. Según un informe de Invest in Latvia, en los últimos cinco años, el país del art nouveau ha aumentado un 40% las exportaciones de materiales inteligentes y fotónica (ciencia y tecnología de la luz), y ya existen más de 50 empresas involucradas en actividades relacionadas con el espacio. “Muchos proyectos espaciales y científicos nacen de capacidades técnicas heredadas de la URSS”, cuenta Angelina Bekasova, miembro de la Latvian Space Industry Association. “La cultura espacial siempre estuvo ahí, aunque durante mucho tiempo se olvidó. Ha llegado el momento de hacerla resurgir”. Un claro ejemplo de ello es el radiotelescopio Irbene RT-32, ubicado en el Centro Internacional de Radioastronomía de Ventspils (VIRAC). “Cuando la Agencia Espacial Europea lo visitó, se quedaron asombrados. Nos dijeron: esta es vuestra ventaja competitiva”, dice Bekasova. Construido originalmente por la Unión Soviética como una base de espionaje secreta durante la Guerra Fría, hoy es un centro de investigación espacial civil operado por la Universidad de Ventspils. Deep Space Energy, otra de las empresas con mayor protagonismo del Deep Tech Atelier 2026, es otro claro ejemplo de ello. Se encargan de desarrollar energía por radioisótopos para satélites militares y exploración lunar, y ya forman parte del programa DIANA (Defensa para el Atlántico Norte) de la OTAN. Aerones es la empresa con mayor inversión del ecosistema letón en 2025: levantó 62 millones de euros el año pasado, y está especializada en drones robóticos para el mantenimiento de aerogeneradores. Otro caso destacado es Origin Robotics, que tiene contrato con el Ministerio de Defensa letón para desarrollar una aeronave interceptora de alta velocidad como parte de la estrategia nacional de defensa. Submerge Baltic es el caso más particular: fabrican drones submarinos que operan de forma autónoma —sin GPS ni comunicaciones convencionales— y ya se encuentran desplegados en aguas ucranias para luchar contra el ejército de Putin. “Lo sueltas al agua y pierdes el contacto”, explica Roberts Dobelis, su responsable de negocio. “Tiene que apañárselas él solo en plena batalla”. Uno de los principales escollos que enfrenta el país es la dificultad para atraer talento. Dana Kocane, consultora en Tech Recruitment, se lamenta en concreto de la escasez de ingenieros y especialistas en IA. “Las empresas evolucionan tan rápido que el talento no consigue adquirir las habilidades necesarias al mismo ritmo”. La proximidad con Rusia y la guerra de Ucrania complican aún más la llegada de estos profesionales, y es que muchos venían justamente de estos dos países. A pesar de su reducido tamaño y población —no llegan a los 1,9 millones de habitantes—, el país apuesta por un entorno de negocio atractivo, sobre todo para las start-ups. Ocupa el primer lugar en el índice de fiscalidad corporativa de la OCDE y tiene el 0% de impuestos en beneficios reinvertidos. En 2025 superaron por primera vez los 1.000 millones en inversión extranjera directa, según la Agencia de Inversión y Desarrollo. El ministro de Economía, Viktors Valainis, apela con orgullo a esas cifras: “Hemos triplicado el ecosistema fintech [empresas financieras apoyadas en la tecnología ]en pocos años y seremos líderes mundiales en regulación de criptomonedas”. Hay, eso sí, una queja generalizada entre los emprendedores entrevistados: aunque desde fuera parezca que el Gobierno está apostando firmemente por las start-ups, muchos de ellos se lamentan de que no existe una estrategia real detrás del discurso público. “El Gobierno actúa de forma oportunista más que estratégica. No podemos permitirnos dispersar recursos en todas direcciones sin tener un plan claro”, declara Mikhaelis Schibanwchis, fundador de Deep Space Energy. En un continente que necesita urgentemente autonomía estratégica, un país pequeño, ágil y con décadas de conocimiento científico acumulado apunta al espacio para lograr su éxito. Según el Latvian Startup Report 2025, ya hay más de 150 empresas deep tech en el país, pero la incertidumbre geopolítica, junto a su situación geográfica y la falta de talento, pueden suponer un problema para su despegue definitivo. Si logrará escapar de la órbita de los grandes, eso aún está por ver.