Si algo sorprendió de las elecciones del domingo pasado no fue el triunfo de Abelardo De La Espriella, vaticinado por casi todas las encuestas, sino la estrechez de su victoria. Abelardo De La Espriella, el favorito, ganó por solo 248.000 votos, un margen de diferencia del 0,95%, uno de los más estrechos que se hayan registrado en la historia reciente de las campañas presidenciales en Colombia. La victoria holgada que la mayoría de las encuestas le daba a la campaña de Abelardo De La Espriella no se produjo y, en cambio, a última hora, se movilizó un voto contra El Tigre, que llevó a que cerca de tres millones de personas que habían votado en la primera vuelta por candidatos de centro, lo hicieran por Cepeda, el candidato de la izquierda. Esos nuevos votos no eran comprados, como ha dicho la derecha, ni producto del “voto fusil”, —así le llaman a los votos que provienen de los territorios controlados por las bandas criminales—, como en mala hora ha sugerido la campaña del presidente electo. Fueron votos de opinión que se produjeron en las grandes ciudades y que provenían de colombianos que no comulgaban con la gestión de Petro pero que decidieron votar Cepeda porque veían en Abelardo De La Espriella a un candidato sin experiencia, que ponía en peligro la estabilidad institucional y que prometía, como gran cosa, el destripamiento de la oposición. En la última semana, Abelardo de La Espriella cometió varios errores que movilizaron aún más votos en su contra. No le fue bien con la manera oronda como anunció en sus redes la inminente captura en Estados Unidos de Beto Coral, un activista colombiano que lo ha criticado abiertamente y que podría ser deportado. Ese episodio, que se sumó al de varios ataques en contra de la prensa que cuestionó posibles anomalías en su campaña, avivaron aún más la preocupación de que De La Espriella representaba un salto al vacío. Sin embargo, a la izquierda le faltaron cinco centavos para el peso. Por eso la gran pregunta que hay que hacerse no es por qué ganó Abelardo de la Espriella sino por qué no ganó la izquierda. La respuesta es muy simple: la izquierda no ganó porque la campaña de Cepeda fue demasiado gris y se confió en que iba a ganar en la primera vuelta. Cuando la perdió, Petro la implosionó con su teoría macarrónica de que no había que reconocer el preconteo porque el software era de una empresa privada con la que él tiene una pelea personal. Sin ese error garrafal de Petro, Iván Cepeda sería hoy presidente. Este resultado tan justo también revela una nueva faceta de la actual Colombia: la de que somos cada vez más un país más normal y más maduro políticamente. Si algo demostró esta elección, es que en Colombia hay un nuevo mapa político en el que, por primera vez, la derecha colombiana que ganó por un estrecho margen va a tener que convivir con una izquierda robusta y fortalecida que puso una votación histórica. Este escenario, que podría ser muy normal en democracias incluso más golpeadas que la nuestra, es totalmente nuevo en Colombia. Hasta hace poco, lo normal era que la alternancia de poder se hiciera entre la derecha y el centro. Por décadas fue normal disputarse el poder entre los mismos de siempre y mirar a la izquierda por el rabillo del ojo, con recelo y hasta con repudio. El clasismo no fue la única razón por la que la izquierda no tuvo el pedigrí para entrar en ese olimpo del poder. Por muchos años, la izquierda en Colombia estuvo asociada a la lucha armada y a la conformación de grupos guerrilleros que cometieron actos terroristas y que secuestraron a miles de colombianos. Los pocos intentos de una izquierda democrática sólo empezaron a florecer tímidamente a comienzos de los noventa. Es decir, mientras en América Latina los partidos de izquierda se consolidaron, en Colombia ser de izquierda era, por lo menos, sospechoso. 30 años más tarde, la situación es muy distinta. Desde que se firmó el acuerdo de paz con las Farc en el 2016, la lucha armada acabó en Colombia y unos años antes se habían desmovilizado los temibles grupos narco paramilitares, autores de masacres horrendas y que fueron la herencia que nos dejaron los carteles de la droga. Estábamos tan acostumbrados a vivir en la anormalidad que no nos dimos cuenta de que lo que llamábamos democracia era en realidad un orangután con sacoleva. Desde entonces, Colombia se ha vuelto un país cada vez más normal. Hoy ser de izquierda es ya parte del paisaje y nuestras preocupaciones y desafíos no están exclusivamente circunscritos al problema de la guerra o de la paz, sino a temas que afectan a la ciudadanía y que se discuten en los demás países del orbe. Hoy hablamos del desempleo, de la inflación, de las políticas sociales, de la política minero-energética o del mal estado del sistema de salud y ya nuestros expertos no son solo “violentólogos”. Hasta nuestros desafíos en materia de seguridad se parecen cada vez más a los que tienen todos los países de la región porque el fantasma del enemigo interno desapareció y hoy nos enfrentamos a unas bandas criminales que tienen vasos comunicantes con las que han crecido en otras latitudes. Esos avances permitieron que hace cuatro años eligiéramos al primer presidente de izquierda en la historia del país y, aunque sus detractores insisten en que el país se acabó y que nos volvimos una dictadura chavista, la verdad es que la democracia sobrevivió y el sistema de pesos y contrapesos funcionó. El gobierno de Petro tuvo grandes fracasos y aciertos importantes. Entre sus fiascos, están la política de paz total con la que quiso enfrentar a las nuevas bandas criminales, el caos con que manejó la crisis en la salud, su irresponsabilidad en la política fiscal y la corrupción. Sin embargo, su gobierno puso la agenda de la inclusión social sobre la mesa y creó una nueva narrativa que se sintonizó con muchos colombianos que se sintieron por primera vez escuchados y tomados en cuenta, un logro importante para un país considerado como uno de los más inequitativos del mundo. El domingo pasado, el país se pronunció en las urnas y por escasos 248.000 votos eligió Abelardo De La Espriella, un abogado de derechas, sin experiencia, que tiene el apoyo de Donald Trump. De La Espriella no solo representa lo contrario a Gustavo Petro y a Iván Cepeda, sino que enarbola una derecha más radical que la del expresidente Álvaro Uribe. Muchos vaticinan que su llegada al poder va a polarizar aún más al país y a iniciar un nuevo ciclo de violencia. Yo prefiero pensar que lo que estamos viviendo es una nueva fase dentro de esta vuelta a la normalidad que tanto nos cuesta a los colombianos. Las urnas hablaron el domingo pasado y le dieron el triunfo a la derecha. Sin embargo, medio país votó contra Abelardo de La Espriella. Con un triunfo tan justo, al presidente electo le va a quedar muy difícil cumplir su promesa de destripar a la izquierda y de refundar la patria “por la razón o por la fuerza”. Aunque no lo acepten, la derecha de Abelardo va a tener que encontrar fórmulas para construir puentes con la izquierda, si no quiere que el país se le salga de las manos. Y a la izquierda le va a tocar aceptar el resultado electoral y probar que puede sobrevivir y fortalecerse por fuera del poder. En este ambiente tan ríspido, la figura de Iván Cepeda emerge como un interlocutor importante porque, a diferencia de Petro, que es un instigador, Cepeda es un político que siempre ha cruzado puentes con los que piensan distinto. Hoy la democracia colombiana tiene más anticuerpos para sobrevivir los embates autoritarios y para tramitar sus desacuerdos por la vía política. Lo dice nuestra historia reciente. Solo falta que nuestras élites y en especial el presidente electo, estén a la altura de estos nuevos vientos y no vean en este tránsito hacia la normalidad pasos de animal grande. Haber salido de la caverna de siempre y haberle abierto un espacio a la izquierda y extender la agenda del país a discusiones sociales que estaban pendientes ya no es un pecado. Lo normal no nos puede aterrar. Sería el colmo. Pero además, esta vuelta a la normalidad es lo único que puede evitar que nos coma el tigre.