Nos habíamos instalado debajo del toldo porque amenazaba con llover. A esas horas de la tarde, el cielo tenía un color raro y el aire pegajoso le daba un aspecto como de plastilina mezclada. En la puerta de la terraza donde siempre vamos, habían instalado unas pantallas nuevas de tamaño minicine, y pasé por encima de los cables para entrar a pedir. No encontré al camarero habitual, sino al otro, al que va y viene según la demanda, al que apenas conocemos pero que aparece por ahí como un extraño familiar. ¿Qué te pongo, Marta?, dijo entonces, guardando un vistoso silencio sobre la coma del vocativo con el que reforzó mi nombre propio. Y aunque llevaba de memoria la comanda, no supe decir cuántas eran sin alcohol o cuántos vasos quería, porque que sepan tu nombre en el bar donde has quedado para ver a tus amigas o para hacer una entrevista, o para hablar con un cliente, o para celebrar que has publicado un libro, reafirmó algo que tiene mucho que ver con lo que nos está sucediendo estos días de Mundial. Una vez escribí que un bar es un hogar sin sábanas. La culpa la tuvo Juan Tallón, que había publicado un libro titulado Mientras haya bares y cuando lo vi fue como enchufar a un gato con un puntero láser. ¿Mientras haya bares, qué?, si simplemente son lugares donde vas, consumes, te lo pasas bien en el mejor de los casos y según la ciudad, además, sales cenado por el mismo precio. Lo que empezó como curiosidad por la conjetura del título se acabó convirtiendo en un reportaje porque algunos escritores pensamos así, escribiendo, y si entonces comprendí la idea del bar como una forma de hacer comunidad, esa tarde en la que iba a llover supe que la conjetura implicaba también al fútbol, aunque no sigas este deporte. Un partido puede transformar el taburete de un bar en un sofá orejero con reposapiés. Y aunque no hay heroísmo en lo cotidiano o en su invitación a sentirte especial simplemente porque un camarero sepa tu nombre, el hogar lo lleva uno a cuestas cuando le nombran, o en el color de la camiseta o en el acento, salvo que se te peguen los acentos como me sucede a mí, que después de pasar unos días en la Feria del Libro de Gijón, me volví cantarina y empecé a decir expresiones como ‘otro culín’ o ‘me presta’. Somos permeables a lo bueno, y eso es lo que pasó bajo el toldo del bar, que empezó a permear un entusiasmo que nos era en principio ajeno porque no jugaba España sino otros equipos: ¿quién no se empaparía del realismo mágico que desprende un grupo de aficionados viendo a su selección? ¿Quién no querría admirar el fenómeno de respiración inversa que practican los argentinos cuando Messi falla un penalti, o de su euforia cuando lo ven correr como si Borges tuviera un hallazgo y necesitara un lápiz? En el descanso del partido, la tormenta tenía que ver más con la carga de electricidad estática que recorría las mesas que con la humedad, y para cuando Messi metió el segundo gol a Austria en el descuento, el cielo de plastilina había cambiado de color. Y ellos cantaron, con acentos y voces seseantes y albicelestes, y nos volvimos aún más permeables porque nosotros cantamos gol en casa, pero ellos, aunque tenían la casa a miles de kilómetros y ningún camarero se sabía su nombre, se abrazaron a extraños como si estuvieran en su salón en zapatillas. Por cierto, al final no llovió; mientras haya toldos, nos habría dado igual.