Cuando uno empieza Los fabuladores espera que el núcleo de esta emotiva novela de hechos reales sea el episodio quimérico que José Ignacio Carnero (Bilbao, 1986) reconstruye con metódica precisión. A principios de 1961, en Caracas, un opositor a la dictadura de Portugal junto a dos exiliados españoles fantasearon con la posibilidad de liderar un acto revolucionario con el propósito de desencadena la caída de Salazar y Franco. Se trataba de secuestrar el transatlántico Santa María, modificar su ruta por el Caribe, navegar hasta Guinea o las colonias portuguesas en África y provocar una gran crisis política. Los líderes de esta operación, que en su día lleno páginas de periódicos, se apellidaban Galvao, Velo y Sotomayor y a esas alturas de la película del siglo XX ya llevaban mucha vida a sus espaldas de guerra y oposición. Lo excepcional no fue su fantasía, una de tantas en el exilio, una de tantas en el epílogo de la era de la revolución. Lo deslumbrante es que estos quijotes de andar por casa pudieron convertirse en héroes por unos días porque de alguna manera lograron su objetivo. Con pocos hombres, con pocos recursos, con escasa información, se hicieron con la embarcación sin que la tripulación y el pasaje ofreciesen especial resistencia. Y cuando la noticia empezó a circular, transmitida por el ejército norteamericano hasta Lisboa y Madrid, su idealismo ganó la batalla de la opinión pública. Tanto es así que cuando ya habían pactado su entrega hubo publicaciones que lanzaron paracaidistas sobre el barco para obtener fotografías y declaraciones exclusivas. Como esta historia enseña, los grandes acontecimientos históricos están llenos de vulgaridadEsta aventura, bella como los espejismos y tantas quimeras, podría ser el núcleo de la novela, pero no lo es. La aventura es la anécdota, no la sustancia. Tampoco lo es la investigación de cinco años que Carnero ha realizado para escribir este libro: videollamadas, archivos o testimonios, viajes al otro continente, carreteras con baches y búsqueda de lápidas en cementerios destartalados. No. La investigación, como sí sucede en otras quests, tampoco es el núcleo de Los fabuladores. ¿Dónde está? Diría que se intuye en una frase diseminada en la primera parte, un aviso para navegantes: “Como esta historia enseña, los grandes acontecimientos históricos están llenos de vulgaridad”. ¿Cómo hacer literatura, y este libro lo logra, con esa materia gris de la existencia, cuando todo lo empapa la cotidianeidad anodina?Tras la épica en alta mar, cuando se apagaron los focos que habían iluminado a los tres protagonistas del secuestro, lo que les quedó fue el envejecimiento y la vulgaridad. Esa dimensión de la vida —sobrevivir, ir tirando, reelaborar la biografía, envejecer, mentir y morir— es la que Carnero explora durante la segunda parte. La principal virtud aquí es nuclearmente novelesca: el proceso de maduración moral del narrador del que vamos siendo conscientes mientras vamos avanzando en la lectura. Un narrador que había partido en búsqueda de una gran historia, pero que, a fuerza de escuchar experiencias e imaginar las vidas de sus protagonistas, asume que se va quedando sin una gran historia, pero, a cambio, gana un puñado de verdades sobre la naturaleza humana. “En la vida, como en la literatura, poco importan el bien y el mal; poco importa también la verdad; importan las experiencias, o acaso sólo sea esa verdad impura, falsa y adulterada que surge del relato”. Esa “centro secreto de la novela” no se encuentra en la anécdota ni en los datos, sino en la combinación de discursos: en los monólogos de diversos protagonistas hasta desembocar en el definitivo, el que habla de la infancia de Sotomayor en un pueblo de Galicia, cuando el descubrimiento de su herida de partida nos lleva a comprender su impostura y así, al fin, su vida cobra sentido. Tan vulgar, tan pleno, tan humano. Los fabuladoresJosé Ignacio CarneroRandom House, 2026270 páginas, 19,90 euros