Mil rechazos no parecen muchos si están bien repartidos a lo largo de una vida, pero Gabriella Carr, una creadora de contenido y actriz de 22 años, intenta conseguirlos en el menor tiempo posible. Lleva la cuenta en un cuadernito rojo donde, de momento, ha apuntado 400 peticiones negadas, la mayor parte de ellas a trabajos como actriz o acuerdos publicitarios con marcas que solicita por correo electrónico. Por el camino ha conseguido alguna oportunidad que no hubiera logrado de otra manera, como aparecer en The New York Times. Su propósito, explica en uno de los vídeos que sube a Instagram, es desactivar su miedo al rechazo para que no se interponga en sus sueños. Es todo cuestión de intentarlo muchas veces y de no tomártelo como algo personal, dice, los números juegan a tu favor. Su aventura está teniendo éxito entre aquellos que sentimos, ejem, rechazo ante la idea de autoaplicarnos una terapia de choque contra el rechazo, pero sabemos admirar en los demás el arte de pedir con ligereza. Pedir es necesario, y una de las bases de la civilización. Es, de hecho, un derecho constitucional (artículo 29, “todos los españoles tendrán el derecho de petición individual y colectiva”), aunque claro, eso se refiere a exigir explicaciones a los poderes públicos y no a que tu prima tenga que dejarte el coche cuando tú quieras. No pedir lo suficiente crea problemas a nivel social, pero también a pequeña escala: si hay una frase que augura malas noticias en una familia es “no te llamé por no molestar”. Al otro extremo del espectro se encuentra otra expresión fabulosa que uso mucho pero cuyo origen no he logrado rastrear: “Tener un pedir que parece dar”. Se aplica a esas personas que exigen favores con tal seguridad y descaro que, al final, acabas dándoles tú las gracias por tener el honor de hacérselo.La sensibilidad al rechazo varía desde el temor casi incapacitante del que trata de deshacerse Gabriella Carr a la explotación estratégica de su ausencia, todo un activo en este mundo de relaciones electrónicas. Cuenta el periodista Daniel Verdú en su libro La bola la historia de Mar de Marchis, una mujer que junto a unos cuantos fieles levantó de la nada una revista exitosa llamada Jot Down. Mentía sobre sí misma. Envió desnudos de otra persona haciéndose pasar por ella y recibió otros ajenos a cambio. Pedía favores a desconocidos a cualquier hora. Y así, exigiendo misteriosamente (como en Los ángeles de Charlie pero al revés, porque Charlie era ella), hackeó un mundo, el periodístico, muy masculinizado. Ese asalto no hubiera sucedido sin internet. El grupo inicial de anónimos fundadores se conoció en un foro; y todo el proyecto se desarrolló a distancia con unos móviles, unos ordenadores y cuatro perras. La tecnología permite pedir más cosas que antes, a más personas, a mayor distancia y con menor coste emocional y económico. Cualquiera con WhatsApp lo ha comprobado. Y esa mujer, al parecer, tenía un pedir que parece dar legendario. Así que, si alguna vez se siente mal por haber realizado un favor no agradecido; o al contrario, si tiene que pedir prestado un molde de tarta al vecino y no se atreve por si le dicen que no, piense en una anécdota que cuenta Verdú: Mar de Marchis pidió a Mario Vargas Llosa y a Javier Cercas que escribieran sendos artículos para su revista y ambos (sorprendentemente para autores de su caché) aceptaron. Y luego, después de leerlos, consideró que no estaban a la altura —ni siquiera el Nobel— y no los publicó.