La noche de este miércoles, Caracas parece una ciudad de nómadas. La gente está en la calle: camina con bolsos, maletas, perros, jaulas con pájaros y gatos, buscando dónde pasar la noche. El terremoto ha zarandeado a toda la ciudad, y el miedo a volver a los edificios que quedaron en pie —el trauma de un sacudón que se sintió por más de 40 segundos— los ha empujado a salir.Dos sismos —de magnitud 7,2 y 7,5, separados por apenas 39 segundos— sacudieron el norte de Venezuela sobre las 18.00 (hora local, seis más en la España peninsular) de este miércoles. El temblor ha afectado especialmente a la capital, Caracas, pero la información sobre el desastre es escasa, y cuatro horas después del terremoto apenas había datos oficiales.El epicentro se registró en el noroeste del municipio Montalbán, en el Estado de Carabobo, a solo 13 kilómetros de profundidad, lo que amplificó la sacudida en superficie. Se sintió desde Trujillo hasta La Guaira y alcanzó con fuerza a Caracas, a unos 300 kilómetros. Es el peor temblor que vive la capital desde 1967, cuando un sismo de magnitud 6,7 dejó 236 muertos y unos 2.000 heridos. La presidenta encargada, Delcy Rodríguez, decretó el estado de emergencia.Andrés Escobar, taxista de 60 años, acababa de dejar a unos pasajeros en un hotel de Caracas cuando el suelo empezó a moverse bajo sus pies. Su carro quedó aplastado bajo los restos que caían del inmueble. “Las piedras de los escombros de los edificios salían disparadas. El estruendo fue horrible”, cuenta, con los brazos heridos. A pocos metros, en la primera avenida del barrio caraqueño de Los Palos Grandes, una de las torres del complejo residencial Petunia se vino abajo por completo. El derrumbe ha ocurrido casi en el mismo punto donde, hace cerca de 60 años, colapsaron otros edificios durante el terremoto de 1967. En toda la zona hay estructuras afectadas, con muros caídos que dejan al desnudo las habitaciones de las casas.Junto a los escombros del Petunia, vecinos y rescatistas —en su mayoría policías, sin equipos— intentan sacar a quienes quedaron dentro. Piden cuerdas, linternas, agua. No hay ni una escalera. La precariedad es lo que más impresiona de la escena. En los edificios contiguos se ordena el desalojo por temor a nuevos desplomes, mientras las tuberías de agua, rotas por el sismo, complican la salida de los vecinos. Michael Alicastro, que vive en uno de esos inmuebles —ahora agrietados—, ayudó a sacar a cinco personas y una mascota del bloque de 14 pisos que terminó en el suelo. “Estábamos en la calle y nos teníamos que agarrar de los carros”, describe.Los familiares de los residentes gritan nombres al borde de los escombros. “¡Antonio está vivo!”, alcanza a gritar una mujer que logró comunicarse con alguien atrapado dentro. Algunos vecinos se han metido entre las ruinas para buscar a más gente. Al menos 20 réplicas se han sentido desde el sismo principal. La gente ha compensado con su esfuerza la falta de unas fuerzas de protección contra desastres bien equipadas. Casi no se ven bomberos la noche que un terremoto volvió a poner la ciudad de luto. Es la gente, los civiles, como les dicen, los que se han sumado al rescate, rodeados de policías.En San Bernardino, otro barrio de Caracas, una cadena de personas se pasa cubos de escombros para intentar remover la masa de hormigón molido bajo la cual están los vecinos del Edificio Juvenal, una residencia de seis pisos al norte de Caracas que, al igual que Los Palos Grandes, es una de las zonas de riesgo sísmico de la capital. Tres horas después del sismo ha llegado una grúa para mover las losas más pesadas de un inmueble construido hace más de 60 años y poder empezar a sacar los cuerpos y a los sobrevivientes. Sobre la montaña de restos se asoman vecinos con linternas, buscando a sus vecinos. Alrededor, los familiares esperan y lloran. Una mujer no ha alcanzado a llegar adonde vivía su hija: se ha desplomado en el piso, deshecha en un ataque de nervios al saber que estaba bajo los escombros. “¡Estetoscopio!”, piden los rescatistas. “¡Silencio!”. Unos gritos se oyen debajo de los restos apilados que antes eran el Edificio Juvenal. Los equipos forenses están desplegados con camillas. No han sacado cuerpos todavía, pero hay señales de vida.
Cuerdas, linternas y vecinos rescatistas entre los escombros de Caracas: “¡Antonio está vivo!"
Civiles y policías con mínimos equipos cavan con las manos en los barrios de Los Palos Grandes y San Bernardino, mientras miles de personas se niegan a volver a sus casas por miedo a las réplicas










