Entre patos con el uniforme de la selección, festejos masivos en la calle y amistades efímeras, México compite también por ser la mejor afición de fútbol

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De este Mundial inmenso de 104 partidos hay una cosa que ha quedado clara. El aficionado mexicano pone la fiesta, la locura, los anhelos desmedidos por ser campeones del mundo. Si dieran un premio a la mejor afición, probablemente los mexicanos pelearían la final contra los escoceses, ingleses o colombianos. Las sedes mexicanas han dejado escenas sacadas de algún viaje en ácido del periodista Hunter S. Thompson con festejos en medio de las torrenciales lluvias, patos con la camiseta de la selección, clases exprés en español a los extranjeros para insultar al América, el club más odiado (y ganador) del país.

Guadalajara, una de las perlas del país, nunca había recibido un partido de la selección mexicana durante una Copa del Mundo. Ni en 1970 ni en 1986. Este jueves por fin se le concedió y hubo un momento mágico: el himno nacional que retumbó de forma especial, incluso más que en el Estadio Azteca. La ciudad vibró con la selección mexicana en su victoria 1-0 contra Corea del Sur. Mucho Chente Fernández y olor a cerveza en el Estadio Guadalajara. La capital de Jalisco demostró ser una muestra de cómo los mexicanos podían apoyar a cualquier país con solo jugar en uno de sus campos. Pasó en los partidos de la repesca entre República Democrática del Congo, Nueva Caledonia y Jamaica. Sin necesidad de estrellas, las tribunas pusieron el ambiente como si se tratara de un partido entre sus Chivas y el Atlas. Así es México, un país que necesita excusas para ponerse de fiesta, para mimar al extranjero. Ya suficientes cosas agobian a los mexicanos y el fútbol resulta ese bálsamo, al menos mientras la selección mexicana siga en la competencia.