En apenas un año, ya ha cambiado de nombre tres veces. Primero, de Estadio Azteca a Banorte. Durante las semanas del Mundial, que no permite nombres comerciales, Estadio Ciudad de México. Y cuando acabe, vuelta al nombre del banco patrocinador. En la casa del padre de la criatura, el arquitecto Pedro Ramírez Vázquez, también se habla estos días de los cambios del histórico recinto mexicano, el coloso que llegó a superar los 100.000 asientos, el único en acoger tres Copas del Mundo. “Se nos viene el Mundial. El de los tres amigos (Estados Unidos, México y Canadá), el último de Messi, el Mundial del que ya no es Azteca”. Es la letra de un son jarocho acelerado que suena en la primera planta de la casa, la del inmenso estudio convertido con los años casi en una sala de museo para albergar la colección privada de arte, diseño y parafernalia que recorre la obra y la vida del arquitecto emblema del México moderno. La canción es parte de una obra sonora del artista regio, Lucas Cantú, parte de un disco, México 26, de edición limitadísima, cinco copias en vinilo. Por una cara, un homenaje al juego prehispánico de pelota, antecedente lejano del futbol; y por otro, un collage de canciones mundialistas. Con unas bocinas fabricadas por el propio artista, la instalación sonora es una de las obras con las que la galería PEANA ha intervenido la casa-estudio del Ramírez Vázquez (1919-2013). La exposición, realizada en colaboración con El Caballito, un proyecto especializado en la gestión de archivos, y curada por Rodrigo Ortiz Monasterio, se titula Hora de junio. El nombre es guiño al mes mundialista de la exposición, con más de 30 obras de artistas mexicanos e internacionales, y a un poemario del tabasqueño Carlos Pellicer, el más tropical y católico de Los Contemporáneos. Aquel grupo de exquisitos que introdujeron en México las vanguardias europeas en oposición al realismo nacionalista y folclorizante de los muralistas. Lucas Cantú, sostiene un vinilo 'Mundial 26' en la exhibición Hora de junio de Pedro Ramírez Vázquez.Ginnette Riquelme QuezadaPublicidad de los Juegos Olímpicos de 1968 de Pedro Ramírez Vazquez.Ginnette Riquelme QuezadaDiseños de Pedro Ramírez para el Mundial de México 1970.Ginnette Riquelme QuezadaRodrigo Ortíz Monasterio, curador de la exhibición 'Hora de junio' en Ciudad de México.Ginnette Riquelme QuezadaBanderines relacionados a los juegos olimpicos de 1968 de la exhibiciómn 'Hora de junio'.Ginnette Riquelme QuezadaLa figura de Pellicer sirve de hilo con múltiples ecos a la vida y la obra de Ramírez Vázquez. El poeta, además de museógrafo y gestor cultural, fue tutor de un adolescente Ramírez en la preparatoria, y fue también, ayudado por un viaje a la Acrópolis griega, el que le convenció de estudiar Arquitectura a principios de la década de los 40. La casa, diseñada por el propio arquitecto, es de una década después y ya tiene los rasgos de toda su obra, la sobriedad del funcionalismo, la herencia prehispánica y el diálogo con el arte plástico. Sobre una de las paredes del salón, de una variedad de mármol mexicano de tonos más grises, un retrato de la esposa del arquitecto, en rojo y naranja, de José Chávez Morado, el autor de los relieves en la monumental columna que soporta la cubierta del Museo Nacional de Antropología, una de las grandes obras de Ramírez Vázquez. En otro hueco en el mármol, un retrato del poeta Pellicer, de Manuel Álvarez Bravo, el padre de la fotografía moderna mexicana. Junto a una de las mesas, dos sillas de aire Bauhaus de la artista contemporánea francesa Julia Rometti. La intervención de PEANA combina obras de la colección privada de Ramírez con piezas actuales, colocadas en diferentes puntos de la casa, entre cuadros de imaginería religiosa, el arquitecto fue un hombre profundamente católico, o mobiliario doméstico. “Queríamos buscar un diálogo con el espacio a través de la memoria, la intimidad y la resonancia emocional de los objetos para contar el lado b del Ramírez Vázquez”, cuenta el curador Ortiz Monasterio. El arquitecto fue uno de los últimos grandes constructores del llamado Milagro mexicano, una época de industrialización a lomos del crecimiento sostenido durante los 40 y 50, que supuso también la transformación del entonces DF bajo las ideas de la arquitectura moderna. Suya es la Basílica de Guadalupe, el Estadio Azteca, el Museo de Antropología o la revolución urbanística propiciada por los Juegos Olímpicos de México 68, cuyo presidente del Comité Organizador fue el propio Ramírez Vázquez, que creó junto al diseñador estadounidense Lance Wyman el logo oficial. Casi seis décadas después, sigue siendo un emblema del diseño moderno. Fachada del Estadio Azteca con la vista del Volcán Popocatépetl a inicios de 1966Cedida por el Archivo Pedro RamírezVista aérea del Estadio Azteca en sus primeros años de existencia.Cedida por el Archivo Pedro RamírezUn hombre aprecia el Estadio Azteca en Ciudad de México cerca de 1966.Cedida por el Archivo Pedro RamírezEstructura del Estadio Azteca durante sus primeros años de creación.Cedida por el Archivo Pedro RamírezEn el patio central de la casa, un cuadrado diáfano, hay réplicas de piezas prehispánicas acompañadas de unas piernas de concreto embutidas en unos jeans, de la artista danesa Marie Lund. En el piso intermedio, la oficina del arquitecto es casi una galería de fotos con políticos, empresarios y artistas de medio mundo. Sobre su mesa gigante de trabajo, más de tres metros, hay colocado un molde rosa con la forma de un musculoso bíceps de Tania Pérez Córdova. Un juego con la idea de poder masculino, encarnada por la figura del arquitecto que desarrolló casi toda su carrera a golpe de obra pública, muy pegado al monolítico PRI de la época de plomo. Una de las fotos que más se repiten son las del presidente Gustavo Díaz Ordaz, que inauguró los Juegos del 1968 tan solo unos días después de que el Ejército y la Policía acribillaran a los estudiantes que protestaban en Tlatelolco siguiendo la estela de movilizaciones juveniles organizadas en otras partes del mundo como Francia, Checoslovaquia, Estados Unidos o Italia. La planta de arriba es todo un repaso a los trabajos del arquitecto, desde la antorcha original de los Juegos, banderines, llaveros y demás memorabilia, hasta el logo corporativo que hizo para la cadena de restaurantes Sanborns, que incluyó un menú personalizado a su nombre. También hay alguna foto del Estadio Azteca, aunque los bocetos y modelos se exhiben estos meses en el Museo Sumaya de la capital, con motivo del Mundial. Es el tercero que acoge el histórico estadio, inaugurado en 1966, pensando ya en el torneo de cuatro años después. Armado sobre unas gigantescas columnas de concreto, sus depuradas formas geométricas aludían a los frisos de las construcciones aztecas. Cinco décadas después ya no será más el Azteca. Pero el coloso, hundido unos metros bajo tierra y vertical como una pirámide, el gigante seguirá aplastando al que entre por primera vez, como cantaba Calamaro.