Es vieja la historia de que los símbolos culturales se transforman y resignifican con el tiempo, pero quizá este fenómeno nunca es tan evidente como cuando un estadio de fútbol se apropia de canciones asociadas a la cultura LGBTQ+ de forma aparentemente inconsciente. La dicotomía es evidente: ¿qué hace el templo de la testosterona cantando melodías históricamente vinculadas a lo gay y a su lucha?Yes Sir, I Can Boogie es uno de los casos más recientes de este fenómeno, al haber sido adoptado, en los últimos años, como himno no oficial de la selección escocesa. En 2020, un vídeo de los jugadores cantando la canción a pleno pulmón en un vestuario en Serbia se viralizó y contribuyó a popularizar su uso como football chant durante los partidos de Escocia. La canción, un gigantesco éxito en Europa en los años setenta que se ha mantenido como clásico disco hasta hoy y estaba interpretada por un dúo español (Baccara, formado por Mayte Mateos y la fallecida María Mendiola), es conocida tanto como himno recurrente en contextos LGBTQ+ como clásico de celebraciones del orgullo, donde el dúo (con nuevas formaciones) la ha seguido cantando a menudo. Hoy la cantan miles de hombres adultos en estadios de fútbol, y recientemente se ha visto a la Tartan Army entonándola incluso en celebraciones en ciudades como Boston.El clásico de Baccara está lejos de ser el primer himno asociado a códigos queer que ha sido adoptado -o apropiado- por las masas futboleras. Desde al menos 2011, el éxito eurodance de 1996 Freed from Desire de Gala se ha convertido en un conocido cántico futbolero utilizado por clubes de Dublín, Inglaterra y, más recientemente, Suiza, donde llegó a utilizarse como canción de gol durante la Eurocopa 2020. El pegadizo estribillo de “na na na” se canta en comunión por hinchas y futbolistas por igual, y sus letras se adaptan para alentar o intimidar a los rivales: por ejemplo, los seguidores del Newcastle United la adaptaron para su delantero Aleksandar Mitrović con el cántico “Mitro’s on fire, your defence is terrified” (“Mitro está en racha, vuestra defensa está aterrorizada”). Más recientemente, los futbolistas del FC Barcelona han celebrado victorias sobre el césped cantando la canción a viva voz tras los partidos. L’estate sta finendo del dúo italiano Righeira es otro famosísimo ejemplo recurrente en las gradas del fútbol europeo.No es un misterio por qué este tipo de canciones son adoptadas por una audiencia colectiva futbolera: basta una melodía pegadiza, un estribillo sencillo y una carga emocional de resiliencia o euforia para convertirlas en cantos masivos. Los cánticos futboleros, cuyos orígenes modernos suelen situarse a finales del siglo XIX, han sido definidos por el músico folk Martin Carthy como “la última encarnación viva de una tradición popular orgánica”. Su lógica entronca con una forma de canción tradicional conocida como blason populaire, en la que un grupo afirma colectivamente su identidad al tiempo que expresa su rivalidad frente a otro.Una vez se enciende la mecha, el efecto es inmediato. Andrew Lawn, autor de We Lose Every Week: The History of Football Chanting, lo resume de forma sencilla: “La anonimidad de la multitud y el tribalismo ancestral pueden disolver las inhibiciones”, afirma en The Guardian. “Cuando vas al fútbol, esperas cantar, gritar y, en cierto modo, soltarte un poco”. En ese sentido, el origen de la canción deja de ser relevante: da igual que You’ll Never Walk Alone provenga de un musical -Carousel, también asociado históricamente a lo queer-, en el estadio pasa a ser otra cosa.Casos como Freed from Desire o Go West son tan populares que cuentan con sus propias entradas en Wikipedia dedicadas a su uso en contextos deportivos. El caso de Go West -cuyo mensaje invita a perseguir un futuro idealizado- es especialmente interesante, ya que tanto la versión original de Village People como la reinterpretación de Pet Shop Boys proceden de grupos asociados a la cultura disco históricamente vinculada a lo gay, lo que nos lleva inevitablemente a Y.M.C.A. y su amplio uso en estadios y eventos deportivos, o últimamente su adopción por el republicanismo americano.Y.M.C.A. es un caso singular de himno que se convierte en deportivo tras haber sido leído también como himno gay, de forma simultánea o paralela, al igual que I Will Survive de Gloria Gaynor, que nace como himno de emancipación femenina y más tarde es adoptado por la comunidad LGBTQ+ y, posteriormente, por el fútbol. No siempre las canciones son gais primero y futboleras después: a veces estos procesos son simultáneos o incluso inversos. Recientemente, el vocalista de Village People, Victor Willis, ha insistido en que Y.M.C.A. nunca fue concebida como un himno gay y que su letra no tenía ninguna connotación homosexual, sino que simplemente describía a jóvenes negros socializando y practicando deporte juntos. La canción, sin embargo, hoy resulta inseparable del imaginario gay, al margen de su idea original.I Will Survive es un conocido himno futbolero en Francia, especialmente desde la victoria en la Copa del Mundo de 1998. La canción de Gloria Gaynor se convirtió entonces en un símbolo de resiliencia colectiva, victoria y orgullo nacional. Sin embargo, hoy funciona como un himno emocional transversal y universal: el rechazo de Gaynor a la etiqueta de “feminista”, por ejemplo, no ha borrado décadas de identificación de la canción con la lucha por la libertad de las mujeres.Evidentemente, el fútbol no solo adopta canciones asociadas a la cultura queer. Si el “olé olé olé” es el cántico más universal del deporte, Seven Nation Army de The White Stripes ha aportado una melodía igualmente icónica a través de su línea de bajo. Y sería ingenuo pensar que éxitos como Dancing Queen de ABBA o Believe de Cher, también ampliamente cantados en estadios, pertenecen estrictamente a la cultura gay solo por la intensidad con la que la comunidad las ha abrazado. La realidad es que el estadio convierte en himno prácticamente cualquier canción que se preste al coreo colectivo.La cuestión aquí no es tanto qué tipo de canciones adopta el fútbol, sino por qué nadie parece reparar en que algunas de las más coreadas proceden de culturas y sensibilidades históricamente asociadas al mundo queer, mientras la homofobia sigue campando a sus anchas en el ámbito futbolístico. En ese sentido, himnos como I Will Survive o Yes Sir, I Can Boogie acaban siendo apropiados por un contexto deportivo profundamente heteronormativo que primero los asimila y después los neutraliza, despojándolos de su simbolismo histórico.La eficacia del fútbol para absorber cultura popular y apropiarse de canciones nacidas en espacios que históricamente parecían opuestos al estadio -como discotecas o ambientes queer- es un fenómeno estudiado por el escritor Ken McLeod, que en su libro We Are the Champions: The Politics of Sports and Popular Music afirma que “la popularidad de los himnos deportivos hipermasculinizados parecería celebrar simultáneamente el poder y el rendimiento masculinos, al tiempo que permite una expresión comunitaria abierta de la participación corporal”.Aunque sería injusto afirmar que no ha habido avances, lo cierto es que la homofobia sigue siendo un problema estructural en el fútbol (el jugador Héctor Bellerín lo repetía anoche en Cara al show, entrevistado por Marc Giró) y hoy en día sigue siendo difícil para los futbolistas profesionales masculinos declararse abiertamente homosexuales sin sufrir un rechazo inmediato en redes y en parte de las gradas.Esta tensión se evidencia a pie de campo de manera demasiado frecuente, cada vez que los hinchas lanzan a ciertos jugadores insultos homófobos tan normalizados que, en muchos casos, ni siquiera son cuestionados por su entorno ni sancionados de forma visible. Estos insultos, en ocasiones, adoptan la forma de football chants, y entre ellos el cántico rent boy ha sido especialmente polémico. “Rent boy”, en el contexto británico, significa literalmente un joven prostituto masculino y se ha utilizado durante años como insulto dirigido a jugadores, aficionados o clubes rivales. El caso más conocido fue el de los cánticos dirigidos a Mason Mount durante su etapa en Chelsea FC, con miles de aficionados rivales coreando expresiones como “Chelsea rent boy”.En los últimos años, tanto la Premier League como la Football Association han tratado estos cánticos como comportamientos discriminatorios, con campañas de sensibilización, advertencias y medidas disciplinarias, frente a la defensa recurrente de que se trata simplemente de banter (“bromas”). Este tipo de respuestas se inscribe en un movimiento más amplio del fútbol institucional: organizaciones como Stonewall, en colaboración con la Premier League, la Football Association y numerosos clubes, impulsan campañas como Rainbow Laces de visibilidad e inclusión; la FIFA ha establecido protocolos que permiten detener partidos ante cánticos discriminatorios; y la propia Premier League ha apoyado redes de aficionados LGBTQ+ en clubes como Arsenal FC o Liverpool FC. En el caso español, LaLiga también lleva años denunciando y registrando insultos discriminatorios en los estadios, en un intento de reducir una violencia verbal que, aunque más cuestionada públicamente que antes, sigue lejos de desaparecer.Es posible que la adopción de himnos LGBTQ+ por las masas masculinas futboleras esté diciendo algo sobre la evolución de la masculinidad contemporánea o quizá sea un caso de apropiación cultural. Hace tres décadas habría sido difícil imaginar a decenas de miles de aficionados cantando una canción asociada a la cultura disco gay sin que eso provocara una mínima reacción. Hoy simplemente ocurre. Nadie parece preguntarse de dónde viene la canción ni qué significó antes de llegar al estadio. El fútbol incorpora con naturalidad símbolos nacidos en culturas que durante mucho tiempo consideró ajenas, mientras sigue teniendo dificultades para integrar plenamente a las personas que las representan.Quizá por eso sigue llamando la atención que miles de aficionados canten Yes Sir, I Can Boogie como si siempre hubiera pertenecido al fútbol. El gesto no es irónico ni especialmente consciente: es simplemente una melodía coreada en masa, despojada de su simbolismo previo. En ese gesto conviven algunas de las contradicciones del fútbol contemporáneo: su capacidad para absorberlo todo y, al mismo tiempo, su facilidad para no hacerse responsable de lo que deja fuera.
Cuando un himno gay domina el estadio: ‘Yes Sir I Can Boogie’ y las canciones ‘disco’ que se cantan en el Mundial
El clásico de Baccara es el último de una serie de éxitos musicales asociados a los clubes gais, como ‘Go West’, ‘Y.M.C.A.’ o ‘I Will Survive’ que, despojados de su origen y significado, se convierten en el cántico favorito de los hinchas








