Ganó Abelardo de la Espriella en Colombia, tras una campaña larga, desgastante y difícil. El resultado electoral fue claro y transparente, pero el estrecho margen mostro que “El Tigre” recibe —y gobernará— un país partido en dos. No será fácil.El Presidente electo arrancó tendiendo puentes y buscando dar tranquilidad a sus opositores. Se mostró muy directo y a la vez conciliador, entendiendo que su gobernabilidad dependerá en buena parte de poder convocar a la mayor cantidad de sectores. Su mención de las relaciones exteriores fue clara: “A nuestros aliados internacionales les digo: Colombia vuelve a ser una democracia firme, confiable y respetable. Volveremos a ocupar nuestro lugar entre las naciones libres (...) vamos a fortalecer nuestras relaciones con todos los países que respetan la democracia”.Manejar la crisis fiscal, recuperar la confianza de la comunidad financiera, mejorar el sector salud, lidiar la posible crisis energética y recuperar Ecopetrol, entre otros, encabezan la lista de tareas, junto con la recuperación de los casi 800 municipios bajo la influencia de grupos armados ilegales. Pero lo que quiero resaltar hoy es la inmensa importancia de las relaciones internacionales bajo el nuevo Gobierno, los retos y oportunidades y la importancia de recuperar la credibilidad del país en el exterior, después de cuatro años con cuatro cancilleres, múltiples escándalos de corrupción, controversias en embajadas y consulados, nombramientos cuestionados, derrotas judiciales, inexperiencia, una evidente politización del servicio exterior y hasta el llamado de Petro a una insurrección militar contra el presidente de Estados Unidos. El próximo ministro de Relaciones Exteriores colombiano jugará un papel clave para el Gobierno entrante y debe contar, con su equipo, con experiencia real en asuntos globales, con dominio de idiomas, exposición internacional, capacidad de interlocución política y la autoridad suficiente para recuperar la credibilidad ante el mundo y ante su propio cuerpo diplomático. . Si Abelardo de la Espriella aspira a proyectar una imagen de firmeza, estabilidad y confiabilidad, necesitará una Cancillería profesional, respetada y capaz de abrir puertas en los principales centros de decisión internacional.También es previsible que, por tratarse de un gobierno de centro-derecha o derecha, reciba un escrutinio particularmente intenso por parte de organizaciones internacionales, sectores políticos, sindicatos, grupos de derechos humanos y diversos actores de la sociedad civil, especialmente en Europa y Norteamérica. Algunas críticas podrán ser justificadas y otras responderán a diferencias ideológicas, pero todas deberán ser atendidas con seriedad. Precisamente por ello, el profesionalismo de la diplomacia colombiana será un activo estratégico. Mantener abiertos y fluidos los canales de comunicación en escenarios como Washington, Ginebra, Bruselas o Naciones Unidas permitirá explicar las políticas del gobierno, responder cuestionamientos cuando surjan y preservar la confianza internacional en Colombia independientemente de las controversias políticas del momento.En cooperación bilateral, la prioridad principal será Washington. Ninguna relación tiene para Colombia un impacto comparable en comercio, inversión, seguridad, lucha contra el narcotráfico, cooperación militar, migración y acceso a financiamiento internacional. Sin embargo, sería un error construir ese vínculo solo con base en la cercanía con la Casa Blanca o con un partido por varias razones: la primera, Estados Unidos elegirá a un nuevo presidente en noviembre de 2028, cuando a “El Tigre” le quedará más del 40 por ciento de su mandato y no se sabe quien lo sucederá; la segunda, todo indica que las elecciones legislativas de noviembre modificarán el equilibrio político en Washington y los demócratas recuperarán la mayoría en la Cámara de Representantes y de pronto también en el Senado. La política exterior estadounidense es profundamente institucional. Casi todos los recursos, programas y decisiones que afectan a Colombia dependen del Congreso; allí se aprueban los presupuestos, la cooperación, la asistencia en seguridad y se forja buena parte de la arquitectura de la relación bilateral. Colombia necesitará credibilidad y acceso con la Administración Trump de momento, al igual que con republicanos y demócratas del Congreso, los gobernadores, el sector privado, los centros de pensamiento, los medios y las agencias federales. La relación con Estados Unidos debe ser una política de Estado.Las condiciones están dadas para que la próxima etapa de esa relación evolucione hacia algo equivalente a un nuevo Plan Colombia. No necesariamente con el mismo nombre o el mismo énfasis de hace 25 años, pero sí como un gran programa estratégico de cooperación para enfrentar desafíos comunes. Los de hoy son distintos, pero no menos relevantes para Washington: el crimen organizado transnacional, el terrorismo, el narcotráfico, la migración irregular, la seguridad energética, la estabilidad regional, la reconstrucción de Venezuela, la competencia geopolítica con China y la protección de cadenas estratégicas de suministro, que son a la vez intereses comunes que pueden abrir un nuevo ciclo de cooperación a gran escala.Tan importante como Washington será Nueva York. El próximo gobierno debe preparar muy bien su primera participación en septiembre en la Asamblea General de las Naciones Unidas, uno de los escenarios diplomáticos más relevantes del mundo. Será la primera oportunidad para presentar globalmente sus prioridades, reconstruir relaciones deterioradas en un foro donde están la mayoría de los jefes de Estado del planeta y -sobre todo- proyectar una imagen de estabilidad, coherencia y seriedad institucional. Es, de alguna manera, la “presentación en sociedad” internacional del nuevo presidente; el hecho de que Colombia sea actualmente miembro no-permanente del Consejo de Seguridad, le da visibilidad y capacidad de acción adicionales.Además, Estados Unidos ha venido insistiendo en que las Naciones Unidas deben volver a enfocarse en lo básico, prevenir conflictos, promover la estabilidad y enfrentar las amenazas a la seguridad global.Para Colombia, esa visión representa una gran oportunidad. Con su propia historia, pocos países pueden aportar tanto a las discusiones sobre construcción de paz, seguridad, lucha contra el crimen, migración y fortalecimiento institucional. Precisamente los temas centrales para el próximo Gobierno. Si la diplomacia colombiana actúa con inteligencia, la Asamblea General de septiembre, la llegada del nuevo Secretario o Secretaria General que será elegido al final del año y el replanteamiento de la organización que están pidiendo los miembros (especialmente Washington), marca una excelente coyuntura para reposicionar al país como un actor crucial y serio en las discusiones globales sobre paz y seguridad, centrales en la agenda nacional e internacional en los próximos años. En un mundo marcado por la guerra en Europa, las tensiones en Medio Oriente, la competencia estratégica entre Estados Unidos y China, la crisis migratoria hemisférica y los desafíos climáticos, la voz de Colombia puede volver a ser escuchada con respeto y credibilidad. No es una aspiración menor: el país ha desempeñado un papel relevante en la construcción de consensos globales, como ocurrió por ejemplo en 2012, cuando el presidente Juan Manuel Santos propuso los Objetivos de Desarrollo Sostenible, adoptados posteriormente por las Naciones Unidas.La misma lógica aplica para otras capitales estratégicas. En Caracas —hoy de la mano con Washington— el Gobierno electo deberá manejar una relación compleja marcada por la migración, la seguridad fronteriza, el comercio y la reconstrucción de Venezuela, abriendo a la vez oportunidades para los inversionistas colombianos. Las próximas elecciones en Venezuela, cuando las haya, pasarán por los vasos comunicantes de la relación bilateral, amplificados por la diáspora venezolana en Colombia.En Europa, Bruselas exigirá una diplomacia particularmente sólida. Allí convergen la Unión Europea y organismos multilaterales que influyen en temas como seguridad, sostenibilidad y cambio climático. También será fundamental defender los intereses de productores colombianos frente a regulaciones cada vez más estrictas que afectan a las exportaciones, empezando por el café. Colombia tiene allí -además- una relación formal con la Alianza Atlántica: en 2018 se convirtió en el primer “socio global” de la OTAN en América Latina -y hasta ahora el único-, un estatus para la cooperación en temas como seguridad, ciberdefensa y lucha contra el terrorismo, sin las obligaciones de defensa mutua de la membresía plena. Londres exigirá interlocución con los mercados financieros, los inversionistas y los grandes centros de decisión económica. Berlín —al que los gobiernos suelen restar importancia— requerirá una comprensión sólida de la industria, la energía, la innovación y la transición tecnológica para aprovechar las oportunidades que allí existen; de hecho, el gobierno alemán, a través de su agencia GIZ, es hoy uno de los líderes en cooperación internacional con países en desarrollo. Madrid, por su parte, se ha convertido en un inmenso receptor de migrantes colombianos, muchos de ellos con doble nacionalidad, que han creado una intercambio económico, social y cultural inmenso. Brasilia, Quito, Lima y Panamá reclamarán diplomáticos con experiencia regional y capacidad de gestión política. Esto sin hablar de la recuperación de las relaciones diplomáticas con Israel, socio tradicional de Colombia en diversos campos y, en especial, en seguridad, algo que “El Tigre” ya esta priorizando.Si Colombia quiere aprovechar la oportunidad histórica de construir una nueva etapa de cooperación estratégica con Estados Unidos, fortalecer su posición internacional, participar en la reconstrucción de Venezuela, recuperar la confianza de los inversionistas y proyectar liderazgo en los principales foros multilaterales, deberá empezar por recuperar el profesionalismo de su servicio exterior. La política exterior es una herramienta de desarrollo, seguridad y proyección nacional. Su efectividad dependerá de la capacidad del Estado para contar con instituciones sólidas y con una representación diplomática que inspire confianza, abra puertas y defienda con eficacia los intereses permanentes de Colombia.
El debut internacional de El Tigre
Washington, la ONU, Europa y Venezuela le abren grandes oportunidades internacionales al nuevo presidente de Colombia










