¿Cuánto hace que no suben al mirador de Colón, coronado por su estatua en bronce de siete metros? ¿Un siglo? Más solo que la una llevaba años el almirante –ninguneado como pocos– hasta que se ha echado novia: el festival Blaumarí, en un espacio muy barcelonés ganado al mar cuyas vistas –y programación– merecen la pena.El festival Blaumarí, en el Port Vell, tiene dos caras y fecha de caducidad (31 de julio): las actuaciones propiamente y una terraza nocturna sobre el mar –abierta todos los días– con música y sin vecinos, combinación milagrosa que permite pelar la pava y tomar el fresco hasta las dos de la madrugada. Y aquí y en esas, descubre uno que la figura del almirante sigue allí, estoico, el dedo intacto, a la espera acaso de recuperar el afecto perdido de los barceloneses. Pol Cartie/ShootingCon los años, Barcelona ha dejado de lado, como se deja de lado a los viejos, el monumento a Colón, en otros tiempos silueta condal – skyline, para entendernos– y vértice de un triángulo muy popular: las golondrinas y la réplica de la Santa María, al parecer una ofensa a Catalunya porque los indepes pata negra incendiaron la carabela en 1990, entre la pasividad institucional. Allí empezó el ninguneo a Colón –¡gracias patriotas por no dinamitar el monumento!–, al que se sumó en su día la mismísima alcaldesa Colau. Y eso que vivimos tiempos de exaltación de la aventura, los aventureros y los triatletas que nadan, corren y pedalean.El festival Blaumarí, en ese rincón dónde convergen el puerto, Colón y la Rambla, tiene el sello de Martín Pérez, amigo –aviso–, que ya “ganó” para la Barcelona estival los jardines del Palau de Pedralbes, donde creó un festival de la nada y al que, en señal de agradecimiento, la Generalitat le montó un concurso a medida de otros para arrebatarle el festival.El festival Blaumarí da música a aquel puerto de Colón, la ‘Santa María’ y las golondrinas(En esto de la gratitud no andamos muy finos en Barcelona, como si la justicia, que es dar a cada uno lo suyo, nos fuese ajena).Por eso me gusta el festival Blaumarí –también por las señoras que acuden a estos festivales, tan estilosas y prometedoras–: buenos conciertos, brisa marina y una mirada de cariño a Colón, ídolo de niñez por intrépido y cabezón.Nacido en Barcelona, licenciado en Periodismo por la Universidad de Navarra y becado un curso en la Missouri-Columbia University, entró en 'La Vanguardia' en 1982, donde ha hecho casi de todo. Corresponsal en Hong Kong (1987-1993), Washington (1993-96) y París (1996 al 2000). Ha cubierto tres elecciones presidenciales en EE.UU., tres en Francia, las guerras de Kuwait, Irak, Ucrania y Gaza, los funerales de Hiro Hito, Rajiv Gandhi, Deng Xiaoping, Nixon o Hassan II, el 11-S de Nueva York, el accidente nuclear de Fukushima así como tres mundiales de fútbol y los JJ.OO de Seúl, Barcelona, Atlanta y Atenas. Redactor jefe de Internacional y actualmente articulista del diario. Ha perpetrado tres libros: 'Menuda tropa', 'Esta ronda la pago yo' y 'Cuando de dejan'.
Colón ya tiene quien le canta, por Joaquín Luna
¿Cuánto hace que no suben al mirador de Colón, coronado por su estatua en bronce de siete metros? ¿Un siglo? Más solo que la una llevaba años el almirante –ninguneado como pocos– hasta que se ha echado novia: el festival Blaumarí, en un espacio muy barcelonés ganado al mar cuyas...







