Gritaste con el gol de Iniesta, sudabas en la final contra Inglaterra e incluso has discutido con Luis de la Fuente desde tu casa, pero no llevarías La Roja un martes cualquiera por la calle. La vemos en semifinales, en los bares y en los estadios, pero rara vez fuera del contexto deportivo. Cuatro años después del boom del blokecore, la tendencia que sacó a la calle camisetas, sobre todo vintage, y zapatillas de estética futbolera, coincidiendo con el mundial de Qatar; algo parece estar cambiando en la imagen del deporte español.

Durante los últimos Juegos Olímpicos de Invierno en Milán-Cortina, los espectaculares uniformes de algunos países, como Mongolia, Estados Unidos o Haití, acapararon buena parte de la conversación, mientras que el sencillo chándal rojo y amarillo del equipo español fue tildado en redes sociales de “Power Rangers de AliExpress”.

Destacó especialmente la crítica del diseñador Juan Avellaneda, sorprendido de que no se hubiera hecho algo más representativo en un país cuna de grandes diseñadores e imperios textiles, y con “una artesanía, una tradición, unos materiales increíbles y una pluralidad de territorios y culturas que no siempre se ven reflejados”.

Avellaneda no se limitó a criticar, lanzó una lluvia de ideas que incluía los colores marfil, burdeos y dorado, los motivos mudéjares o castellanos y cuellos altos de inspiración Balenciaga. Apenas un mes más tarde conoceríamos esa segunda equipación de las selecciones españolas de fútbol de estilo vintage, que recupera el antiguo trébol de Adidas, en ese blanco roto con grafismos “inspirados en nuestro patrimonio literario”, según la propia marca. Y se hizo la magia.