Pelé predijo en una ocasión que “una nación africana ganará la Copa del Mundo”. Eso sí, situó esa conquista antes del año 2000 lo que invalida, en sentido estricto, su profecía. Esa larguísima espera no responde a la falta de talento del fútbol africano, sino a una suma de factores que trascienden el terreno de juego; un camino marcado por un sinfín de obstáculos estructurales, aunque también por una enorme dosis de dignidad y exigencia.

África sigue reivindicándose en este Mundial, y pocos ejemplos lo ilustran mejor que la alegre Cabo Verde. La pequeña nación insular disputa por primera vez una fase final del torneo. Y lo que comenzó como una sorpresa descomunal —su empate ante España— ha adquirido tintes de cuento de hadas con guion sólido tras repetir resultado frente a Uruguay. Los caboverdianos afrontan ahora el partido del viernes contra Arabia Saudí con fundadas esperanzas de victoria, aunque quizá ni siquiera la necesiten para alcanzar la siguiente ronda.

La historia de Cabo Verde encierra una singularidad fascinante: hay más caboverdianos viviendo fuera del país que dentro. Y fue precisamente en esa vasta diáspora donde la federación encontró buena parte del talento que hoy sostiene a la selección más inesperada del torneo. De hecho, incluso uno de estos futbolistas, Roberto Lopes, fue contactado a través de redes sociales profesionales como LinkedIn, en una suerte de reclutamiento global que ha dado forma a un equipo recién salido de un cascarón fascinante.