Una de las jugadas más circenses de los Mundiales, pero a la vez más dramáticas, ocurrió en Alemania Federal 1974, cuando un jugador de Zaire quedó en ridículo sobre el final del partido contra Brasil. A Mwepu Ilunga se lo acusó de no tener nociones básicas del fútbol cuando, tras el silbatazo del árbitro para que Roberto Rivelino, Nelinho o Jairzinho patearan un tiro libre cerca del área africana, salió disparado de la barrera y pateó la pelota antes de que lo hicieran los brasileños.Ilunga conocía el reglamento pero estaba aterrado: Mobutu, el dictador que regía la vida y la muerte en su país, había amenazado a los jugadores zaireños de que, si perdían por cuatro goles o más, no volverían a ver a sus familias de regreso a Kinsasa. Iban 43 minutos del segundo tiempo y Brasil ganaba 3 a 0. En medio del desastre, algunos habían acordado un negocio: Zaire había perdido 2 a 0 contra Escocia y 9 a 0 ante Yugoslavia con camisetas sin marca. Adidas, a sus anchas en Alemania, les hizo un contrato a los africanos por ese único partido, deseando una nueva derrota por goleada para llamar la atención. Vestidos con las tres tiras, los zaireños volvieron a perder ante los brasileños, pero por tres goles.Al viejo Zaire, desde 1997 rebautizado como República Democrática del Congo —el nombre con el que había conseguido la independencia, en 1960—, le costó 52 años volver a los Mundiales. Su regreso fue a lo grande este miércoles, en Houston: empató 1 a 1 contra Portugal, uno de los cinco máximos candidatos a ganar la actual Copa del Mundo según las previsiones.Los textos redactados por fuera de África suelen recaer en un error habitual: se generaliza como si fuera un país, no un continente. Un escritor y periodista keniata, Binyavanga Wainaina, retrató todos esos clichés en un célebre artículo titulado Cómo escribir sobre África, en el que se quejaba cómo suelen repetirse las mismas palabras: safaris, tambores, calor, polvo, Golpes de Estado, Kaláshnikov. Es como si en África no existiesen las historias de amor.Marruecos, que fue la primera selección africana en participar en los Mundiales, en México 1970, consiguió con el cuarto puesto de Qatar 2022 la mejor participación del continente. No fue una golondrina en el cielo árabe: su empate 1-1 contra Brasil, el sábado pasado en Nueva Jersey, demostró que cuatro años después los marroquíes quieren volver a competir hasta las últimas instancias.Otro país del norte de África, Egipto, arrancó en Estados Unidos con otro empate contra una potencia europea: 1-1 ante Bélgica. Pero una de las sorpresas de los primeros días del Mundial 2026 fue que debajo del desierto, en el corazón del África, las selecciones subsaharianas parecen sumarse a la estela marroquí de Qatar. No suele ser habitual que los africanos les ganen a los sudamericanos, y Senegal venció 1-0 a Ecuador. Pero además, o sobre todo, Cabo Verde le aguantó el 0 a 0 a España y Congo le arrebató otro empate a Portugal. Incluso a Francia le costó ganarle a Costa de Marfil.Hay cuestiones generales que explican este crecimiento. Muchos futbolistas nacidos en Europa, de migrantes africanos, deciden jugar para las selecciones de sus padres. En Congo, por ejemplo, hay 11 franceses —un equipo entero—, cinco belgas, dos ingleses y dos suizos: 20 en total. En Cabo Verde, seis nacieron en Países Bajos, cuatro en Portugal, dos en Francia, uno en Irlanda y otro en Estados Unidos: suman 14. En Marruecos, 18 jugadores nacieron en Europa y uno en Canadá.En la última Copa Africana, en enero en Marruecos, el porcentaje de los europeos nativos en las selecciones africanas llegó al 30%. En cambio, los técnicos de las selecciones son por primera vez mayoría de africanos, por lo general figuras de sus países en los años 90: cada vez hay menos europeos o brasileños que parecían hacerles el favor de enseñarles a jugar al fútbol. Suena una obviedad pero a Costa de Marfil lo dirige un marfileño, Emerse Faé. A Cabo Verde, un caboverdiano, Pedro Leitao Brito. Y a Senegal, un senegalés, Pape Thiaw. Además, varios países formaron sus propias academias: el caso más conocido es la Academia de Fútbol Mohammed VI, de Marruecos, pero también ocurre en Senegal, Costa de Marfil y Ghana.El caso en particular de Congo, el segundo país más grande de África y el undécimo del mundo, está determinado por la geopolítica. En aquella Zaire de los 70, Mobutu también construyó su poder y delirio a través del deporte: Rumble in the Jungle, la megalómana pelea entre Muhammad Alí y George Foreman en Kinsasa, también fue en 1974, el año de la primera clasificación al Mundial. Eran tiempos en que Zaire era una potencia regional: la selección ganó sus únicas dos Copas Africanas en 1968 y 1974 y los clubes se quedaron con tres Ligas de Campeones del continente entre 1967 y 1973.A la represión feroz de Mobutu le seguirían años de genocidio y guerra civil, un tiempo en el que el deporte congoleño desapareció de la escena. Fue cuando en los Mundiales irrumpieron Camerún, Nigeria, Senegal y Costa de Marfil. Recién en los últimos años el Mazembe, tres veces campeón de la Champions africana entre 2009 y 2015, recuperó el orgullo deportivo para sus 124 millones de habitantes.Sin embargo, que los congoleños siempre fueron futboleros lo demuestra que, en una gira del Santos de Pelé en 1969 por el centro de África, al 10 de Brasil y sus compañeros de equipo les dejaron cruzar la frontera entre la República del Congo y la República Democrática del Congo que estaba cerrada por tensiones regionales.El Santos jugó el 19 de enero de 1969 en Brazzaville, la capital del primer país, y tras atravesar el río Congo en barco —una travesía entonces prohibida—, se presentó el 21 y el 23 en Kinsasa. Sobre esa gira se suele repetir como realidad un episodio que pertenece a la leyenda: que durante un partido del Santos de Pelé contra una selección del medio-oeste del continente en la ciudad de Benín, al sur de Nigeria, los ejércitos enemigos de la guerra de Biafra acordaron un alto al fuego para ver jugar a Pelé. Eso no ocurrió, por más que la hinchada de Santos, todavía hoy, 50 años después, muestre en todos sus partidos una bandera jactanciosa: “El único en parar una guerra”.En enero de este año, la Copa Africana jugada en Marruecos regaló una imagen reivindicatoria en las tribunas: una estatua viviente de Patrice Lumumba, el líder anticolonialista que independizó a la República Democrática del Congo, en 1960, y que rápidamente sería depuesto de su cargo de primer ministro y asesinado al año siguiente por agentes de Estados Unidos y Bélgica.Su reaparición en los estadios ocurrió a través de un artista congoleño, Michel Kuka Mboladinga, que se disfrazó de Lumumba y permaneció inmóvil, sobre una tarima en medio de los hinchas, durante todos los partidos de la selección congoleña. Las imágenes del “Lumumba hincha”, que se cambió de traje en las diferentes presentaciones de la República Democrática del Congo pero siempre estuvo impecable, a imagen y semejanza del héroe de la independencia de su país, se viralizaron y refrescaron la trascendencia política del líder de cuyo asesinato —a sus 35 años— se cumplieron 65 años en ese mismo enero.Según trascendió meses después, con la República Democrática del Congo ya clasificada al Mundial, la selección anotaría al artista dentro de su plantel para que pudiera ingresar a Estados Unidos. Sin embargo, de Lumumba no hubo noticias en Houston. La África subsahariana incomoda al poder del fútbol sobre el césped y en las tribunas.
La África subsahariana incomoda al poder del fútbol en el césped y en las tribunas
La República Democrática del Congo lidera una rebelión africana en el Mundial 2026 que desafía los viejos clichés de Occidente













