El relajado atuendo que Andy Burnham lució el domingo, después de haber sumido a Downing Street en el caos, no pasó desapercibido. Sus críticos recuperaron una célebre observación de George Orwell, que ironizaba con que quienes usan sandalias se sienten atraídos por el socialismo "como los moscardones por un gato muerto". Pero la realidad es que esa imagen informal de político alejado de Westminster, combinada con un innegable don de gentes y una rara capacidad para generar entusiasmo en una época de creciente desafección política, ha sido precisamente una de las claves de su ascenso al poder y que lo convertirán en el próximo primer ministro tras la dimisión de Keir Starmer. Starmer tampoco quería 'coronar' directamente a Burnham, pero es casi como si lo hubiera hecho. Aunque en su discurso de despedida ha adelantado que seguirá como primer ministro hasta que se presenten candidaturas a liderar el Partido Laborista, ese no es el escenario que conviene a la formación. El calendario definitivo aún no ha sido aprobado, pero las nominaciones podrían abrirse el 9 de julio y cerrarse el 16 de julio, antes del receso parlamentario de verano. Y es ahí donde los laboristas intentarán evitar unas primarias que prolonguen aún más la incertidumbre política: para aspirar al liderazgo, un candidato necesita el respaldo de al menos el 20% de los diputados laboristas —actualmente 81 parlamentarios—, además del apoyo de agrupaciones locales o sindicatos afiliados al partido. Si solo Burnham consigue las nominaciones necesarias, sería nombrado líder automáticamente y podría convertirse en primer ministro ya a mediados de julio, sin necesidad de una votación entre los afiliados. El exministro de Sanidad, Wes Streeting, que inicialmente contempló presentarse a las primarias, ha optado por apoyarle, mientras que Starmer ha descartado competir pese a que tendría derecho a hacerlo. De confirmarse una coronación sin rival, Burnham asumiría el liderazgo laborista, convirtiéndose automáticamente en el nuevo inquilino de Downing Street, el séptimo en una década. Sus aliados prefieren que asuma el cargo en septiembre, cuando el laborismo celebra su congreso anual, y así tener más tiempo para preparar su plan de gobierno. Un vertiginoso ascenso para un alcalde en sandalias del que, en realidad, desconocemos mucho de su programa político. TE PUEDE INTERESAR Cuando la semana pasada el hasta ahora alcalde de Gran Manchester logró una abrumadora victoria en las elecciones parciales de Makerfield —una operación cuidadosamente diseñada por sus aliados para conseguir el escaño necesario para disputar el liderazgo laborista— no estaba simplemente ganando una elección parcial. Estaba derrotando a Reform UK en una circunscripción donde el partido de Nigel Farage había arrasado en las elecciones locales de mayo. Y eso le permitió presentarse ante las filas laboristas como el único dirigente capaz de frenar el avance del populismo. El mensaje ha calado. TE PUEDE INTERESAR De confirmarse el relevo, Burnham se convertiría en el séptimo primer ministro británico en una década marcada por la inestabilidad abierta tras el referéndum del Brexit. A sus 56 años, Burnham no es precisamente un recién llegado. Fue ministro en los gobiernos de Tony Blair y Gordon Brown y ya intentó sin éxito liderar el Partido Laborista en las primarias de 2010 y 2015. Tras aquella segunda derrota frente a Jeremy Corbyn, decidió abandonar Westminster para concentrarse en la política local. Una década después regresa convertido en la gran esperanza de un partido que busca desesperadamente una figura capaz de reconectar con los votantes. Quienes le conocen le describen como un hombre marcado por sus orígenes. Hijo de una familia católica muy unida, casado con su novia de la universidad y con algo todavía del monaguillo idealista que fue de joven. "Aunque su fe se ha debilitado —vota sistemáticamente a favor del aborto y de los derechos LGBTQ+—, la Iglesia moldeó el sentido familiar de hacer lo correcto por los demás y le proporcionó una sensación de seguridad durante la infancia, junto con sus otras religiones: el fútbol y la música", resume Gaby Hinsliff, columnista de The Guardian. TE PUEDE INTERESAR Su círculo más cercano destaca también su capacidad para adaptarse a entornos muy distintos y la confianza de quien tuvo que abrirse paso desde una escuela pública hasta Cambridge sin sentirse nunca del todo parte de las élites. El punto de inflexión llegó en 2009. Siendo ministro, fue abucheado durante un acto conmemorativo del desastre de Hillsborough, en el que murieron 97 aficionados del Liverpool aplastados en una avalancha. Lejos de esquivar la polémica, decidió implicarse en la causa de las familias y exigir una investigación. Años después, las conclusiones demostraron que los aficionados habían sido falsamente culpabilizados y que había existido un encubrimiento institucional. Muchos analistas consideran que fue entonces cuando Burnham dejó de ser un político laborista convencional para convertirse en la figura empática y combativa que más tarde consolidó como alcalde de Gran Manchester. Su principal fortaleza es precisamente esa empatía. Pero también puede ser su mayor debilidad. Le cuesta decir que no. Cada facción del Partido Laborista cree encontrar algo atractivo en Burnham: desde el comunitarismo del Blue Labour hasta la reforma electoral o la defensa de una mayor intervención pública. El problema es que todas ellas creen también que pueden influir sobre él. No son pocos los que le reprochan cambios bruscos de posición cuando intenta contentar a sensibilidades enfrentadas. Modelo manchesterista Sus defensores, no obstante, señalan que precisamente esa flexibilidad explica el éxito del llamado "Manchesterismo": un modelo que combina la atracción de inversión privada con una fuerte intervención pública para redistribuir los beneficios del crecimiento. Bajo su liderazgo, Gran Manchester ha pasado de ser una zona post industrial en declive a ser uno de los polos económicos más dinámicos del país. Un informe reciente de Oxford Economics concluía que su crecimiento "no solo ha sido impresionante dentro de Reino Unido, sino también a nivel internacional". Pero, ¿y el país qué? Sin embargo, gestionar una región es una cosa y gobernar un país es otra muy distinta. Burnham heredará una economía con una deuda creciente, una productividad estancada, unas finanzas públicas bajo presión y un gasto social disparado. Lo que funciona en Manchester no tiene por qué funcionar necesariamente en todo el Reino Unido. Y ahí reside el principal problema: nadie sabe todavía cuál es exactamente su proyecto nacional. Durante la campaña de Makerfield evitó cuidadosamente las cuestiones de ámbito estatal para concentrarse en las preocupaciones locales de una circunscripción donde necesitaba recuperar votantes laboristas desencantados que habían emigrado hacia Reform UK atraídos por el discurso antiinmigración y euroescéptico de Farage. TE PUEDE INTERESAR Por eso su entorno prefiere retrasar el relevo hasta septiembre, coincidiendo con el congreso anual laborista, para disponer de tiempo suficiente para elaborar un programa de gobierno. De momento, son todo interrogantes. Nadie sabe dónde se sitúa exactamente en inmigración. En Makerfield respaldó las reformas de línea dura de Shabana Mahmood (ministra de Interior). Pero ya se está gestando una rebelión laborista contra ellas, con Angela Rayner– ex vice primera ministra- haciendo campaña especialmente enérgica contra la política que dificulta que quienes llegaron a Reino Unido para trabajar como cuidadores puedan establecerse permanentemente. ¿Qué hará con los impuestos, el endeudamiento o el gasto en defensa? ¿Mantendrá las reglas fiscales de Rachel Reeves (los mayores impuestos desde la posguerra) o intentará abrir espacio para una agenda más ambiciosa? Plan de 10 puntos para reformar Westminster En su libro Head North, publicado en 2024, Burnham presentó un plan de diez puntos para reformar Westminster. Sin embargo, sus asesores afirman que algunas de esas propuestas —como introducir una constitución escrita al estilo estadounidense— no serían prioridades inmediatas. Andy Burnham en un acto de campaña tras ganar sus elecciones en Makerfield el pasado viernes. (EFE/Adam Vaughan) El libro defendía la abolición del sistema de disciplina parlamentaria (whipping system), utilizado para obligar a los diputados a votar siguiendo la línea del partido. Uno de sus aliados sugirió que Burnham podría optar por reformarlo para permitir que los diputados voten en función de las necesidades de sus circunscripciones. Sin embargo, Burnham sí está decidido a modificar el sistema electoral británico de mayoría simple (first-past-the-post), que perjudica a los partidos pequeños, sustituyéndolo por la representación proporcional. También está trabajando en planes para abolir la no-elegida Cámara de los Lores y sustituirla por un Senado de Naciones y Regiones elegido democráticamente. No obstante, sigue habiendo debate dentro de su equipo sobre la rapidez con la que podría llevarse a cabo esa transformación. Algunos aliados consideran que podría completarse antes de 2029 y que el primer Senado podría elegirse ese mismo año. Otros creen que eso no es realista. La elección de su futuro ministro de Economía ofrecerá probablemente la primera pista seria sobre la dirección de su gobierno. Algunos observadores han especulado con la posibilidad de que recurra a Ed Miliband, actual ministro de Medio Ambiente y representante del ala dura del laborismo. Sin embargo, pocos nombramientos provocarían más nerviosismo en los mercados que situar al principal defensor de la agenda de emisiones netas cero al frente del Tesoro. La City vería con mejores ojos a figuras más centristas como Yvette Cooper, actual ministra de Exteriores, una veterana de los gobiernos de Blair y Brown con amplia experiencia de Estado. TE PUEDE INTERESAR El relevo en Downing Street también introduce nuevas dudas sobre el llamado "reinicio" de las relaciones entre Londres y Bruselas. La cumbre celebrada en mayo de 2025 abrió una nueva etapa de diálogo tras años de tensiones provocadas por el Brexit. Pero más de un año después, la mayoría de los compromisos siguen pendientes de concretarse. Tras conocerse la dimisión de Starmer, el presidente del Consejo Europeo, António Costa, aseguró que la cumbre esperada para este julio tendrá que ser pospuesta. La incertidumbre no desaparece. Simplemente cambia de rostro. Porque Burnham ha demostrado que sabe ganar elecciones y generar esperanza. Lo que todavía no se sabe es cómo piensa gobernar el Reino Unido. Por el momento, tendrá que decidir si desempolva los trajes que ya lució en su primera etapa en Westminster o seguirá luciendo sandalias.
Starmer prometía estabilidad. Nadie sabe muy bien lo que promete su sucesor Andy Burnham
Tras arrasar en Makerfield, el carismático alcalde de Gran Manchester emerge como favorito para suceder a Starmer, entre promesas de reforma electoral y dudas sobre su plan económico, inmigración y relación con Bruselas
Burnham sucede a Starmer como premier tras ganar Makerfield contra Reform UK, el séptimo en una década post-Brexit. Su modelo de Manchesterismo (inversión privada + redistribución pública) promete continuidad tras años de volatilidad política.











