Ese codazo a tu amiga porque sabes que estás saliendo por la tele. Ese taparte la cara colorada porque una artista a la que admiras te ha cantado mirándote a los ojos. Ese ponerte en pie de la emoción al sentir que estás viviendo una actuación única. Cuando Vanesa Martín apareció, rodeada de gente, en lo alto de la grada de El perro andaluz de Manu Sánchez se contemplaron todas esas sensaciones. Toda esa ingenuidad de España que ya no siempre asoma en la televisión de hoy. Toda esa democracia que representa el poder de la verbena en la que todos bailamos juntos desde el desorden de las diferencias de la vida, donde en el mismo lugar unos tienen calor y otros frío, donde la misma camiseta es última moda en unos y la mayor horterada en otros, donde unos sacan pecho y otros timidean.Vanesa iba cruzándose con tal festividad de la cotidianidad mientras cantaba He sido. "He sido el amor escondido, el tiempo perdido, la vida a medias". Y el público, que no quería quedarse a medias, se levantaba a su paso. De emoción, de nervio, de expectativa. Una congregación de ingenuidades que siempre nos acompañaba en la tele con la que crecimos y que cuesta encontrar en los estudios de hoy. Estamos tan habituados a las cámaras de nuestro propio móvil que sabemos sentirnos vistos. Hasta cuando no nos observa nadie. Pero, de repente, aparece Manu Sánchez y recupera el cosquilleo de la tele de siempre. Porque su público no es de agencia de figuración que ni escucha ni se sorporende. Solo aplauden cuando se les pide. Tampoco su audiencia está habituada al jolgorio de un gran plató. Y acude a la tele con las ganas de vivir un acontecimiento único. Así El perro andaluz se hace fuerte desde la expresividad de un auditorio repleto de suspiros, sonrisas, comentarios al oído, caras sonrojadas por las cámaras cerca… Un auditorio lleno de la capacidad de ilusionarse. Una cualidad que es más auténtica fuera de Madrid, donde la excitación de creernos que siempre habrá algo mejor después, pues siempre hay de todo a todas horas, nos frena el arte de celebrar los planes como si fueran singularmente irrepetibles. O, al menos, intentarlo.El público andaluz, que moviliza Manu Sánchez, no solo lo intenta: lo demuestra con la libertad de querer escuchar, descubrir, jugar. Su actitud transmite por la pantalla la fuerza de los barrios. Caóticos, curiosos, esperanzados: los planos de reacción del programa son tan imperfectos como cualquier primera vez. Nadie sigue una instrucción clara en el teatro del Cartuja Center, pero todos miran con una vibrante inocencia el show que habla su mismo idioma.La tele tiene que salir más. Mejor si es a eso que llaman las periferias. Sevilla, Cuenca, Salamanca, Tarragona, Teruel, Cantabria... Es la pericia para encontrarse con el centro de la vida que nunca está en el centro equidistante de los mapas.
La actitud del público de Manu Sánchez
'El perro andaluz' ha llegado a La 1 con una excelente aceptación de audiencia por singularidades como esta.








