Respetado historiador y docente, divulgador de temas históricos y escritor vigoroso, Javier Trímboli (1966-2025) publicó en vida diferentes libros en su especialidad, algunos en colaboración (tres de ellos con Roy Hora). Antes de su prematura muerte terminó –o dio por terminado– una obra aluvional y compleja, laberíntica y provocadora, difícil o imposible de clasificar, ya que no es simplemente un diario de investigación –así se presenta en el subtítulo– sobre cultura y política argentina en los años 60, a partir de las biografías de Héctor A. Murena y Francisco (“Paco”) Urondo, lo que ya de por sí desconcierta. En pocas palabras, no se trata de un correcto libro de profesor ni tampoco, a secas, de historia. El virus de lo absoluto se compone, en cuatro cuadernos, de dos diarios fragmentarios, uno del trabajo sobre la documentación histórica y su interpretación (la obra de Murena y Urondo, episodios de sus vidas, diversos autores, escritores e intérpretes) y otro del autor –en primera persona– de la investigación (sus reflexiones, lecturas, clases, sus relaciones, su vida cotidiana durante la pandemia). En el primero de ellos, a lo largo de tres cuadernos –no en el cuarto–, se insertan comentarios como en un archivo digital compartido –o sea, en el margen derecho–, de María y Santino, una colega y quizá un alumno. Además, se insertan, de a poco, notas al pie de los editores que, se supone, le han pedido a “Federico” –nombre del supuesto autor– que escriba ese libro. Esto es, el diario personal, que discurre paralelo al otro (el histórico), en realidad no pertenece a Trímboli, sino a un personaje ficticio inventado por este, igual que los comentaristas y editores. Con este recurso a la ficción, Trímboli trata, por supuesto, a Murena y Urondo, quienes –además– a veces introducen (sobre todo el segundo) elementos autobiográficos en sus ficciones y textos literarios, y una heteróclita lista en segundo plano: el grupo de la revista Sur, Sara Gallardo (ligada sentimentalmente a Murena), Walsh, Sebreli, David Viñas, Miguel Brascó (amigo de Urondo), Oscar Masotta, Pablo Giussani, por nombrar algunos. La aparición de todos ellos, siempre en torno a Urondo o Murena, prendidos en un desbocado flujo de conciencia y a una escritura de inspiración joyceana, no obstante –el autor, al fin de cuentas, un historiador–, responde a fuentes objetivas, como entrevistas periodísticas o testimonios, artículos en revistas, libros de investigación histórica o cartas.