Adelantémonos unas semanas de la hora crucial que vive Colombia y pensemos que ya es el 7 de agosto de 2026. El nuevo presidente es Iván Cepeda o Abelardo de la Espriella y comienza una nueva etapa para la nación. El mandatario entrante tendrá un enorme reto de fondo: reconciliar a la ciudadanía en uno de los momentos de mayor tensión política de las últimas décadas. El problema es que los dos candidatos que llegaron a la segunda vuelta representan las dos visiones más antagónicas y les quedará especialmente difícil desmontar el ambiente de discordia. Lejos de asumir el deber constitucional de procurar la unidad nacional, el presidente Petro lideró un mandato profundamente divisivo y no mostró señal alguna de interés por reconciliar a la ciudadanía. Ahora, cerca del fin de su gobierno, el presidente tendrá que entender que la decisión mayoritaria que tomará el país este domingo también representará al “pueblo” del que tanto habla y del que varias veces se ha presentado como intérprete único. Del reconocimiento del resultado democrático y legítimo de parte de Petro dependerá una inmensa parte del futuro de Colombia. A su vez, el surgimiento del candidato Abelardo de la Espriella es una respuesta y una reacción de la derecha colombiana ante estos cuatro años de radicalismo. Entre más conocemos lo que ocurre con el fenómeno De la Espriella, se hace más claro que Petro despertó a un gigante que dormía: el de una derecha que llevaba años cargando con resignación el peso de la pelea entre Santos y Uribe y las frustraciones del gobierno Duque. Un amplio sector de la ciudadanía ha decidido levantar la voz y mostrar su rechazo a Petro: a sus llamados a ‘desenvainar espadas’ contra el Congreso, a su deseo de imponer las banderas del M19 y de la ‘guerra a muerte’ como símbolos nacionales, a su destrucción deliberada del sistema de salud, a su maltrato a la prensa, a su forma de llamar fascistas a sus críticos, a su convocatoria de una constituyente para cambiar las reglas de juego a su antojo, a su uso del aparato estatal para hacerle campaña a su candidato y a su apoyo a quienes protagonizaron graves escándalos de corrupción. Pero quien gane la presidencia debe mostrar la grandeza y el compromiso con los valores democráticos que exige una hora de tensión como esta, y buscar pasar la página de la división que tanto recalcó Petro. Ya habrá pasado la campaña, pero quedará una profunda fragmentación social en el ambiente: las calles, las redes sociales y las discusiones familiares en cada hogar del país han conocido un enfrentamiento por el extremismo de las dos propuestas que llegaron a la segunda vuelta. Es urgente que los dos concursantes por la presidencia entiendan que moderar el lenguaje y las prácticas es una tarea necesaria para mantener la tolerancia entre todos los sectores de la ciudadanía. La urgencia del nuevo gobierno debe ser darle un nuevo respiro a la sociedad colombiana y pensar en cómo representarla en su totalidad. Esto no se logra, de ninguna manera, con banderas del M19 ni con la reivindicación de la violencia guerrillera, ni tampoco con el propósito de conquistar el poder a modo de venganza frente al petrismo. Quien llegue al Ejecutivo tendrá, entre otras cosas, que desmontar el descarado aparato de propaganda que ha establecido el gobierno nacional a partir de un uso excesivamente politizado de los medios públicos. En este caso, como en tantos otros, el nuevo gobierno tendrá el deber urgente de cortar con las malas prácticas y no simplemente cambiarlas de bando. A través de cada acción y ejemplo, el presidente entrante tendrá que buscar devolverle confianza a las instituciones, proteger la Constitución luego de años de irresponsables llamados a reescribirla y cuidar la reputación del sistema electoral. Reconciliar a Colombia debe ser la principal preocupación de la nueva administración. El próximo presidente tendrá que enfrentarse ante dilemas inmensos del poder y el bienestar: será urgente recortar el enorme aparato estatal y su gasto desmedido, pero a su vez mantener la política social que funciona. Sin embargo, no será fácil lograr volver a unir una nación dividida –gane quien gane la presidencia– si en el fondo de la escena el protagonista es el sectarismo y la búsqueda de venganza ante los viejos odios.
¿Quién reconcilia a una nación dividida?
Sea quien sea, el próximo presidente de Colombia deberá reconciliar a la ciudadanía en uno de los momentos de mayor tensión política de las últimas décadas













