Ya hay selecciones eliminadas, en la calle, selecciones muertas, por decirlo con un poco de entusiasmo. El mundial es una competición carente de piedad, que a los pocos días de empezar se va llenando de decepciones, ilusiones rotas, que dejan a algunas naciones sumidas en el vacío, barriendo los trozos, y a millones de ciudadanos empujados a poner la mirada en un nuevo lugar, uno vivo, en el que encontrar algo de sentido a lo que queda de torneo, o de vida. En un minuto tienes aún opciones matemáticas –las matemáticas, en deporte, representan por lo general a Don Malas Noticias– y en el siguiente estás sentado en un avión de vuelta a Turquía o Haití, incómodo, colocándote cada poco la ropa interior, porque se mete en el culo, y preguntándote qué vas a hacer hasta que empiece la nueva temporada.
Hay siempre un momento delicadísimo en que la crónica deportiva deviene en necrológica. Tiene menos de especial de lo que parece. La muerte, con su espantoso poder metafórico, alcanza todas las representaciones humanas. Es difícil explicar su capacidad para llegar a cualquier rincón inaccesible. Yo la imagino como aquella taza de Nescafé que se me cayó en la cocina cuando vivía en Santiago. Acababa de sacarla del microondas. Me sorprendió el asa ardiendo, y la solté. Estaba tan llena, y chocó con tanta alegría contra el suelo, que las manchas del café salpicaron el techo. Increíble. Fue como empatar con Cabo Verde.














