La politóloga Susan C. Stokes (Ann Arbor, EE UU, 1959) ha abierto en canal con sus investigaciones el gran tema que mantiene a medio planeta en una rueda de háms­ter: ¿Por qué se están viniendo abajo tantas democracias que parecían bien asentadas? ¿Cómo es posible que el error de predicción de Francis Fukuyama se confirme una y otra vez? ¿Por qué demonios va el mundo hacia atrás? La catedrática de Ciencias Políticas en la Universidad de Chicago publica en septiembre su éxito editorial Los regresores: Líderes que erosionan sus propias democracias (Galaxia Gutenberg), donde busca explicaciones a por qué tantos ciudadanos erosionan con sus votos la democracia. El padre de Stokes fue un aclamado politólogo. Ella, por rebeldía, eligió el español en lugar del francés como segundo idioma y acabó especializándose en Latinoamérica. Publicó Mandates and Democracy: Neoliberalism by Surprise in Latin America (mandatos y democracia: neoliberalismo por sorpresa en América Latina, sin traducir) o ¿Para qué molestarnos en hacer oír nuestras voces? (Siglo Veintiuno, 2021), donde analiza qué es lo que nos mueve a protestar en las calles. Elegida por Ideas como una de las pensadoras de 2025, Stokes es una de las fundadoras de la Bright Line Watch, que analiza la (dañada) democracia estadounidense. En septiembre será una de las participantes en el Festival de las Ideas de Madrid y visitará el Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona.La cita es en la madrileña Puerta de Toledo, Stokes saluda rauda en español. Ha venido a la capital para hablar de erosión democrática en el Instituto Juan Linz, de la Universidad Carlos III. En la comodidad de su habitación de hotel, contesta en inglés. Es cercana y generosa en sus respuestas.Pregunta. Escribe usted que la democracia se deteriora de la mano de unos votantes que están convencidos de estar protegiéndola. ¿Por qué prolifera esto hoy?Respuesta. El aumento de la desigualdad ha contribuido a una pérdida de confianza hacia instituciones esenciales: Parlamentos, prensa, universidades, presidentes. Se da un “nihilismo institucional”. Se tiende a pensar que las instituciones oprimen o perjudican. Y ese escepticismo abre hueco a que aparezcan líderes ambiciosos que hacen creer que la democracia, tal y como nos la han enseñado, no es real. Que hay que dar más capacidad al poder ejecutivo para que pueda hacer más cosas más rápido. La capacidad de exigir responsabilidades pasa a interpretarse como antidemocrática, como un intento de frenar a presidentes que intentan ayudar a sus votantes. Esto ha calado.P. ¿Cómo empezó esta tendencia?R. Antes los golpes de Estado eran la principal fuente de inestabilidad. Hoy hemos pasado a un aumento de lo que llamamos retrocesos democráticos. Y el primer caso en el periodo que he estudiado es el de Hugo Chávez en Venezuela.P. ¿Por qué este cambio, del golpe de Estado a esta forma de erosión?R. No estoy segura de que sea correcto decir que el retroceso democrático esté sustituyendo al golpe de Estado. Los golpes, que llevan a cabo actores militares, son terribles, los conozco bien. Hoy lo que tenemos es a líderes civiles elegidos que actúan como autócratas. Mira el Gobierno de mi país: ha asesinado a más de 200 personas en el Caribe en alta mar sin garantías judiciales. Ni siquiera saben exactamente a quién matan, sencillamente suponen que son narcotraficantes. Pinochet asesinó a más personas, pero hay un paralelismo incómodo entre las ejecuciones extrajudiciales de EE UU y lo que pasó en el Cono Sur en los años setenta.P. ¿De dónde cree que obtuvo Trump la confianza para hacer algo así?R. Como político le impresionó Orbán, que transformó la democracia húngara en lo que Orbán mismo llamó una “democracia iliberal”: un líder fuerte con instituciones debilitadas. Como persona, a Trump le marcó Roy Cohn, un abogado de mafiosos que rompía todas las reglas. Lo vemos en cómo encuentra puntos débiles en sus oponentes, en cómo les saca dinero. Trump tiene instintos propios de un extorsionador.P. ¿Por qué se apoya a extorsionadores?R. No es porque a la gente no le importe la democracia, pero están dispuestos a intercambiarla por otras cosas que les importan más: bienestar económico propio y de sus familias, vivir en un entorno libre de delincuencia. Están dispuestos a renunciar a sutilezas liberales por eso. Con Trump eso está cambiando. Ver caer a ciudadanos en redadas ha disminuido su índice de aprobación.P. ¿De qué manera la desigualdad, no tanto la pobreza, erosiona la democracia?R. La gente de las capas más bajas siente un agravio, saben que a otros les va extremadamente bien. Eso abre una vía para culpar a minorías. Pero también influye en las capas altas. Sienten que poseen el país, que son ellos quienes deberían tomar las decisiones. Puede llevar a pensar que la democracia es una pérdida de tiempo, que da poder a quien no debería tenerlo, no entiende, no sabe, no ha dirigido una gran empresa…“La mayoría de la gente, en el fondo, es buena. Odia las políticas antiinmigración de Trump. No quiere eso”P. ¿Cuál cree que es el mejor sistema político? Puede parecer una pregunta obvia, pero quizá hoy no lo sea tanto.R. Sin duda prefiero la democracia que el autoritarismo o los distintos tipos de autocracia. Es importante que sean receptivas. Entre los politólogos son populares los sistemas multipartidistas y pluralistas. Permiten más participación, las decisiones reflejan un amplio abanico de posturas… Hoy me interesa especialmente la democracia directa: referendos, iniciativas ciudadanas. ¿Se puede mejorar la representatividad?P. ¿Qué pensadores le influyeron?R. El teórico político Robert Dahl. Dio con una idea simple: democracia significa que el Gobierno responda a la ciudadanía. Enumeró condiciones: elecciones libres con participación de toda la ciudadanía, con acceso a fuentes de información, libertad de expresión, de asociación y de reunión.P. ¿Cómo es haber crecido en una democracia y vivir en una autocracia?R. Es impactante. Había ya fallos en nuestra democracia, pero más o menos funcionaba. Llevamos semanas implicados en una guerra sin que se nos haya explicado por qué. Las autocracias son más belicosas, una idea que se remonta a Kant y que ha confirmado la ciencia política contemporánea.P. ¿Qué les diría a los votantes de ultraderecha europeos?R. Mirad lo que ha pasado en EE UU. Salvo un 35% del electorado —que forma un culto a la personalidad de Trump—, la mayoría odia lo que está haciendo. Odian sus políticas antiinmigración. Una cosa es controlar la frontera, y otra es detener a 1.000 personas al día y meterlos en centros de detención. La gente, en el fondo, es buena. No quiere eso.P. ¿Algo más que añadir?R. Trump es volátil e inestable. Se rodea de gente que pone la lealtad por encima de la competencia. Lo hace porque está rompiendo las reglas de juego. Los nuevos líderes hacen eso. ¿Queréis un Gobierno que necesite rodearse de leales que cometan errores garrafales, que os hagan sentir incómodos y carentes de valores humanos?