Para llegar a las rocas desde donde nos queríamos tirar se tenía que escalar un poco. Subirse a la pared unos metros, y entonces dar dos pasos y medio por una esquina afilada donde había un espacio de poco más de diez centímetros para poner los pies. Había a quien le daba impresión ese paso. También se podía acceder por abajo, pero el camino era más largo, tenía peores vistas y a menudo te mojabas los pies. Getty ImagesYo crucé la primera, concentrada, con una mano apoyada en la piedra y la otra cargando la bolsa con la toalla, las gafas de nadar y la pasta de dientes que evita que se empañen. Cuando hube pasado la parte más complicada, percibí como la persona que iba detrás de mí retrocedía. Dijo: “Què cardes, què cardes?!”. Había una serpiente tomando el sol, del mismo color que la roca, a dos centímetros de donde yo había apoyado la mano. Debí de ponerle la mejilla a pocos centímetros de la cabeza, pero a pesar de mi proximidad no se había movido. Si lo hubiera hecho, seguramente yo la habría visto y me habría asustado. Quién sabe si hubiera caído. Todos los demás decidieron pasar por abajo y yo los esperé cerca del lugar del salto.El suelo del patio está lleno de polluelos muertos que se han caído del nido, dice un niñoEn el libro The little friend, Donna Tartt habla de la peste de serpiente. Compara el tufo acre y agrio de la sustancia que secretan las glándulas odoríferas de las serpientes con el de los intestinos de pescado, el barro y los siluros que comen basura. Cuando un personaje hace un agujero en el suelo para plantar un rosal, sabe que ha clavado la pala demasiado cerca de un escondrijo de serpientes si huele a patatas podridas. Yo, que sepa, nunca he olido peste de serpiente. Pero la descripción me permite imaginarla, convocarla y casi notarla, enroscada tras mi nariz como dentro de una madriguera. A la vez que pienso que mi serpiente como mucho olía a sol, a piedra y a mar.Una madre me explicaba hace unos días que su hijo le había dicho que la primavera es la época más triste del año. Ella le había preguntado si quería decir la más alegre. El niño había respondido convencido, la más triste: el suelo del patio y de todas partes está lleno de polluelos muertos que se han caído del nido. Imagino que ahora empieza la época una pizca más alegre de encontrar pieles de serpiente abandonadas en medio de los caminos.
Peste de serpiente, por Irene Solà
Para llegar a las rocas desde donde nos queríamos tirar se tenía que escalar un poco. Subirse a la pared unos metros, y entonces dar dos pasos y medio por una esquina afilada donde había un espacio de poco más de diez centímetros para poner los pies. Había a quien le daba...












