Después de casi cuatro años, la Copa Mundial ha vuelto para adueñarse del verano. Pero junto a la celebración por el magnífico futbol que trae, hay motivos de sobra para la consternación. El torneo de este año, del que Estados Unidos, México y Canadá son anfitriones, se disputa en el contexto de la corrupción endémica de la FIFA, los atropellos de Donald Trump y las muy tensas relaciones que hay entre las tres naciones.Juan Villoro es novelista, guionista, dramaturgo y periodista. Su libro más reciente recoge lo más reciente de su extensa obra sobre futbol.Joshua Jelly-Schapiro es un geógrafo y escritor que editó una serie de ensayos sobre la Copa Mundial de 2018 para The New York Review of Books.Andrew Potter, profesor asociado en la Universidad McGill, es entrenador de futbol recreativo en Montreal.México, la realidad y la ilusiónJuan VilloroEn 1913, a los 71 años, el escritor estadunidense Ambrose Bierce cruzó la frontera para unirse a las tropas de Pancho Villa. En una de sus últimas cartas escribió: “Ser un gringo en México: ¡Ah, eso es eutanasia!”. La relación entre México y Estados Unidos siempre ha sido intensa.En esta ocasión, la tensión es imposible de ignorar. Durante el mandato del presidente Donald Trump, Estados Unidos ha intimidado a México —liderado por Claudia Sheinbaum, de tendencia de izquierda— con amenazas y aranceles. Washington acaba de pedir la extradición de 10 políticos mexicanos, entre ellos el gobernador de Sinaloa, por estar presuntamente vinculados con el narcotráfico. Como alrededor de 80 por ciento de nuestras exportaciones van a dar a Estados Unidos, Sheinbaum ha hecho todo lo posible por apaciguar al presidente estadunidense. Trump es implacable.Este es el contexto en el que nuestros países se unen como coanfitriones para el Mundial, las tensiones sociales encuentran su espejo en el futbol. En lo que toca a este deporte, durante décadas fue la única actividad en la que mi país derrotaba a Estados Unidos. Pero para el torneo de este año, la jerarquía se invirtió.Después de albergar dos de los mejores campeonatos de la historia —el de 1970, que consagró a Pelé, y el de 1986, protagonizado por Maradona—, México recibe 13 partidos de 104 disponibles. Estados Unidos, cuya cultura futbolística tanto hemos hecho por construir, acogerá a 78. La sensación colectiva es la de ser simples comparsas, rasgo humillante, si se piensa en lo mucho que el futbol ha significado para nosotros. ¿Qué hemos hecho para merecer esta propina?El desinterés de nuestros vecinos era tan grande que preferían jugar de visitantes. En enero de 1954 ocurrió algo singular: los dos partidos de eliminatoria para el Mundial de Suiza se disputaron en México, con goleadas de 4-0 y 3-1 que fueron festejadas como si hubiéramos recuperado Texas. Con los años perdimos el privilegio de derrotar a la nación de la que depende nuestra economía; Estados Unidos mejoró notablemente en el futbol varonil y dominó el femenil. El deporte que había sido un placer culposo hoy llena las tribunas.La paradoja es que los mexicanos contribuimos a la mejoría del adversario. Los migrantes fueron decisivos para animar los estadios de Chicago, Los Ángeles y Nueva York y fomentar la creación de una liga competitiva. Cerca de 40 millones de personas de origen mexicano viven en Estados Unidos; su nostalgia es un negocio próspero. Ellos pagan fortunas para enarbolar la bandera tricolor en las gradas. México juega de local en todo Estados Unidos, con excepciones como Alaska o Hawái.