En Coral Gables (Miami), la gente saluda con un “hola”, los letreros son bilingües y las calles se llaman Minorca, Catalonia, Segovia, Andalusia… hasta llegar a la avenida Aragón, que es donde vive Mirta Ojito (La Habana, 62 años). Lleva ocho años en una casa “que hoy no podría comprar”. El barrio está trufado de concesionarios de deportivos. Y la calzada, plagada de coches. En las aceras, las pocas personas que caminan van vestidas como si acabaran de salir de un gimnasio. En ese marco, la suya es una casa invadida por las plantas. Vive con el segundo de sus tres hijos: “Es productor musical. Ahora le ha dado hasta por cantar”. Tiene otro que es actor y vive en Nueva York (va a buscar una foto de su caracterización como Edipo rey y aclara que él no tiene todos esos tatuajes). El menor trabaja para una ONG. Los tres son de padre español. Habla de ellos antes que de sí misma. Su casa es una mezcla de muebles eclécticos, libros y plantas entre un porche y un jardín trasero.¿Tiene mano verde?Fue un regalo póstumo de mi mamá. Al vaciar su casa heredé montones de plantas. ¿Qué haces con lo que queda vivo de alguien que ya no está? He aprendido a cuidarlas. Y he descubierto que me dan paz.La emigración es clave en su vida personal, profesional y literaria. ¿Cambia la perspectiva?Siempre es derrota y esperanza. El tipo de periodismo que he hecho no es de denuncia. Es de curiosidad. Eso no está lejos de la ficción. La memoria de las olas [publicado por Planeta, editorial que nos ha traído hasta Miami para esta entrevista] es mi primer intento de ficción, pero siento hacia los personajes la empatía que he sentido escribiendo crónicas. A las personas y a los personajes nos definen las decisiones buenas y malas que tomamos. Tanto trabajando para el Miami Herald como para The New York Times, mi interés siempre ha sido menor por la política de inmigración que por lo humano. Creo que ahí está la universalidad. Los temas, cuanto más pequeños, más universales.Con 42 años escribió sus memorias: El mañana.Era el nombre del barco que nos sacó de Cuba. Fue un éxodo. Es mi historia y la de 125.000 personas.Abandonó Cuba vestida de gala.Casi. Mi madre era costurera y teníamos preparada lo que llamaba “la ropa de la salida”. La idea no era vestirnos de donde salíamos, sino de donde aspirábamos a llegar. Me hizo vestidos con cuatro, con siete, con nueve años…Se fue con 16.Había tensión entre lo que decían en la escuela y lo que decían en casa. Tenía miedo de no poder integrarme ni en un bando ni en otro. Creo que esa incomodidad fue clave para que me hiciera periodista. La incomodidad te permite mirar desde fuera tu propia vida y la de los otros. Te da distancia.¿Se fueron de Cuba los que se lo podían permitir?Para nada. Mi padre era chófer de camiones y trabajaba para una empresa estatal. No le parecía bien que te dijeran cómo tenías que pensar. Cuando la Revolución Cubana comenzó, la herramienta que utilizó para consolidarse fueron los niños.¿Adoctrinamiento?Profundo. Mis padres solo fueron a la escuela primaria. Pero mi mamá era una gran lectora. Y mi padre estaba pendiente de las noticias. Yo regresaba de la escuela diciendo “qué desastre los norteamericanos en Vietnam”, y mi padre contestaba: “El Gobierno de Estados Unidos puede estar tomando decisiones malas. Pero el Gobierno no es el pueblo”. Eso era lo contrario de lo que nos enseñaban. Para ellos el país, la isla, el pueblo, la sociedad, los mártires, la literatura, la cultura…, todo era la revolución. Aprender que los gobiernos vienen y van me despejó la nubosidad que tenía en la cabeza.¿Cómo se fueron?Cuando uno anunciaba que se iba tenía que presentar “la salida”: los papeles con la visa del país que te admitía y la renuncia al trabajo y a la escuela.Ese es el tema: que exista intolerancia ante algo que te beneficia, como la inmigraciónSalieron en el éxodo masivo de 1980.Llegó la policía un 7 de mayo: “¿Están listos para abandonar el país?”. Esa era la frase. En el puerto del Mariel embarcamos en un buque que habían buscado los familiares que teníamos fuera. Se rompió y mi tío pactó con el patrón de El Mañana, que era un excombatiente de Vietnam, que se llevara a los niños y a las mujeres y que remolcara el otro hasta aguas internacionales. Me hizo aprenderme el teléfono de su casa de memoria. Luego pasé 15 horas vomitando. Desde entonces le tengo terror al mar.¿Con qué se fueron?Con lo puesto. Yo llevaba un crayón de labios que mi tío me había traído el año anterior de Estados Unidos y una pluma. Si llevabas maleta te la quitaban. En Cayo Hueso [Florida] nos llevaron a una nave de la Marina. Una señora anotaba los teléfonos a los que llamar. Y la esposa de mi tío nos recogió. Convivimos durante tres meses.¿Cómo consiguieron prosperar?Trabajando. Recibían bien a los inmigrantes: “Bienvenido a su nueva vida”, te decían. Mi madre empezó a coser en una fábrica y mi padre a manejar un camión. Yo a los 17 trabajaba. Mi hermana, a los 15.Fue recibida sin miedo. Lo contrario de lo que ocurre hoy.Mi sensación era la de llegar a un sitio mejor. Oye…, ¿puedes parar esto [en referencia a la grabadora]?Mejor conteste lo que quiera.Tiene que ver con mi trabajo de periodista. Consiste en reflejar la realidad, no en opinar sobre ella ni inyectar en ella mis experiencias.¿Cómo reportear fuera de la experiencia?Es imposible, claro. Pero trato de escribir desde la posición más neutral posible porque creo en la posibilidad del asombro. Para aprender algo nuevo no se puede tener ni un punto de vista absoluto ni posiciones muy fijas. El día que pierda la posibilidad de la sorpresa, me dedicaré a otra cosa. Lo que sí puedo decir es que reviso a diario historias increíblemente tristes. Nuestra llegada fue distinta porque la relación entre Cuba y Estados Unidos era otra. Pero ese privilegio ya no existe.Dedicó su segundo libro, La cacería, al asesinato de un inmigrante.Marcelo Lucero. Lo mataron en 2008 en Patchogue, un pueblo de Long Island. Tenía 37 años.¿Por racismo?Vuelvo a lo mismo: la dificultad de simplificar. Entonces yo no trabajaba de periodista sino de profesora de Periodismo en la Universidad de Columbia, en Nueva York. Tenía tres hijos. Uno era adolescente. Y pensé: ¿cómo pueden unos adolescentes entretenerse maltratando a seres humanos? No busqué exponer una historia de racismo. Busqué saber qué pasa por la cabeza de un adolescente para llegar a hacer eso.¿Qué hacer cuando se necesita mano de obra barata —que casi solo ofrecen los inmigrantes— y hay un auge de la intolerancia?No soy política. No puedo hacer nada.¿La inmigración es necesaria para el progreso de la economía?Ese es el tema: que exista intolerancia ante algo que te beneficia. Llevo escribiendo sobre eso desde 1987 en El Nuevo Herald. Llegaban cubanos y eran detenidos indefinidamente hasta que la Corte Suprema cambió la ley y detener indefinidamente a quien no tenía adónde ir pasó a ser ilegal. Parte de nuestro trabajo es contar las historias desde polos opuestos. Es lo único que podemos hacer. Eso y ver cómo se repite la historia. Si estás en esta profesión muchos años… todo se repite.¿Desde cuándo siente que su casa está en EE UU?Desde que tuve hijos. Y no es en Estados Unidos, es donde estén ellos.Habla con sus hijos en castellano. ¿Por qué escribió La memoria de las olas en inglés?Hablando me siento más cómoda en español. Pero leo mucho más en inglés. A ver, si leo a Isabel Allende o a María Dueñas lo hago en español.¿Son referentes?A ambas las he entrevistado. También son referentes Geraldine Brooks, Anne Paget, Kristin Hannah… El campo que me interesa es la novela histórica.¿La ficción histórica no es un oxímoron?Toda historia es parcial. Poner contexto las acerca. Pero también tengo escritores referentes: Oscar Hijuelos. Y estoy fascinada con Rabih Alameddine desde que leí La mujer de papel. Me dedicó la novela escribiéndome: “Te deseo pelo azul”.¿Es una lectora desprejuiciada?Absolutamente. Me gustan los libros que me abren mundos. Pero no leo ciencia ficción.¿Es viuda?Bueno…, hay algo de viudez en mí. El padre de mis hijos, que me llevaba 30 años y se llamaba Arturo Villar, murió de covid, en 2021, en Santander. Aunque nos divorciamos en 2012, tuvimos muy buena relación. No fui viuda, pero sé lo que es perder a quien has querido. También criar a hijos que han perdido a un padre.¿Se casó muy joven?A los 30 años con un hombre de 60, pero… era más joven que yo. Es posible que muriera más joven que yo. Era escritor, pensador… Disfrutó como solo los españoles saben disfrutar la vida.En su novela habla de mujeres fuertes que dependen de sus parejas.El amor es una tienda de campaña. Te cubre. Le di a mi protagonista mi profesión. Y mi miedo al agua.La memoria de las olas narra una doble emigración: de Canarias a Cuba y de Cuba a Miami. Inventa una bisabuela que, tras una boda organizada y tres abortos, abre un salón de baile llamado… Alegría.Mi familia no llegó en el Valbanera. Pero abrió ese salón en Sabanilla (Cuba). Y le puso ese nombre. La novela empieza porque me encuentro un libro: El misterio del Valbanera. Lo compro por 10 dólares y me pregunto cómo siendo cubana e inmigrante me sé todo lo del Titanic y nada del Valbanera.¿Por qué eligió ficcionar?El autor de ese libro, Fernando José García Echegoyen —con el que me comunico—, había hecho un trabajo tan bueno que… ¿qué me quedaba a mí? Soy la directora sénior de Standards de NBC en Telemundo. Eso quiere decir que velo por que nuestro periodismo cumpla con las reglas del mejor: ser cierto, justo, con todos los puntos de vista…¿Por eso es cauta opinando?Me cuesta tener opiniones fijas. Me puse a escribir ficción sin saber de dónde procedía mi familia. Cuando murió mi mamá, entre sus papeles figuraban los nombres de sus abuelos y dónde nacieron. Su abuelo materno, Antonio Quintana, era de las islas Canarias. De eso me enteré cuando ya había escrito la novela en la que trazaba la historia de una familia canaria que emigraba a Cuba.¿Cuánto han cambiado las migraciones?Todo. Antes uno se iba para siempre. Hoy no. Hay miles de personas luchando por la ciudadanía española para regresar. Antes había familias que se rompían y recomponían al otro lado del Atlántico. Ahora está pasando al revés.Creo en la posibilidad del asombro. Para aprender algo nuevo no se puede tener un punto de vista absolutoEn su novela, la madre exige.Le debía esta novela a mi mamá. Fue exigente. Pero me enseñó a ser madre. Siempre ponía por delante a sus hijos.¿Eso es ser madre?Para ella, sí. Fue exigente con ella misma y con los demás.¿Se aprende a ser mejor madre con una madre exigente o con una madre amable?Mi madre siempre decía que estar viva era un milagro. Su papá no sabía leer ni escribir. Venían de un lugar perdido. Se mudaron a Santos Suárez y estuvieron siempre dispuestos a cambiar sus circunstancias para mejorar. Estoy extremadamente agradecida. Una de las suertes de la vida es que nací con padres buenos. Eso no le pasa a todo el mundo.Tampoco todos los emigrantes prosperan.No. Pero un alto porcentaje sí. Salir de tu país te hace una persona con espíritu emprendedor. No tienes miedo. Si lo tienes, lo superas.¿Un emigrante es más ambicioso que el resto?Pone en juego su vida. Empieza de cero.Hay muchos tipos: huyen de guerras, de injusticias e incluso, algunos, de la justicia.No tengo ni idea. Aquí hay mucho dinero en juego. Gente que compra pisos y encarece los que pueden comprar los demás. Nunca he trabajado esas historias. Me llaman las de personas que se tienen que reinventar.“Atreverse a volver a vivir”.Los que dejamos atrás una vida tenemos que reinventarnos. Tu anterior yo, tu anterior persona, murió. Te conviertes en otra. Las maneras como lo hacemos son fascinantes.¿La felicidad es como un huerto?Siendo honesta, eso no me lo dijo mi padre, como escribo en la novela. Pero lo aprendí. Heredamos la alegría y el trauma. La alegría es una manera de vivir. Del trauma no se habla. Es posible que ni sepas que existe. Llevas ese peso. Y… a lo mejor un día tienes la suerte de hablar con un padre o un abuelo que te dice: mira, cuando yo era muy chico fui violado. O a mi mejor amigo se lo comió un tiburón. Si sucede, puedes tratar de entender de dónde viene el dolor. Pero hay gente que pasa por la vida sin saber nunca por qué carga ese peso.¿Por qué quiso ser periodista?Con 13 años, una amiga de mis padres soltera e independiente —tenía incluso chófer— no me trataba como a una niña. Un día tenía en su casa a un señor recién liberado de una cárcel cubana. Hablaba de cómo lo habían torturado. Yo le dije que en Cuba no se torturaba a la gente. El hombre se levantó la camisa y me enseñó heridas de bayoneta. Sentí vergüenza. Pero Maricusa, en lugar de hacerme sentir esa vergüenza, dijo que debía ser periodista. Pregunté ¿qué es eso? “Alguien que hace preguntas buscando la verdad”.Ganó el Pulitzer —compartido— escribiendo sobre racismo en Estados Unidos para The New York Times.Era la historia de dos balseros cubanos, uno negro y uno blanco, que llegaron juntos en 1994. El Gobierno de EE UU, presidido entonces por Clinton, no los aceptó. Y los enviaron a la base naval de Guantánamo. Luego consiguieron llegar. La experiencia era común, pero su vida no. Di con ellos. La sospecha era si, por ser uno blanco y el otro negro, su vida habría sido distinta.¿Y?Radicalmente. La del negro había sido mucho más difícil.Como periodista da tres consejos.Los heredé de Will Rose, mi redactor jefe en el Miami Herald. Decía que solo había tres cosas importantes en el periodismo: detalles, detalles y detalles. Me lo dijo en 1987, cuando estaba a punto de entrar, como reportera, en una prisión federal porque unos cubanos habían tomado posesión de la cárcel y tenían rehenes. Escogieron a dos periodistas. Uno de la agencia AP y a mí, que acababa de empezar. Me dio pena por él: toda una plantilla de periodistas y eligen a la nueva. Pero, en lugar de lamentarse, me dio ese consejo.¿Sigue siendo reportera?Mi personalidad sí. Pero trabajo revisando el trabajo de otros. Controlo la calidad. Cuando llegan imágenes fuertes, pido que las pongan en contexto, que avisen, que bajen el croma a la sangre, que le tapen la cara al niño…¿El periodismo la ha hecho más valiente o más cauta?Soy más valiente trabajando que en mi vida privada. No sé montar en bicicleta. Apenas sé nadar. Ni patinar. De chiquita todo me daba miedo, pero como periodista me he metido en situaciones difíciles sin pensar.¿Por ejemplo?Estuve en Angola buscando una entrevista con Jonas Savimbi. La logré. Cuando trabajo, no se me pasa por la cabeza tener miedo.
Mirta Ojito, periodista y escritora: “Los que dejamos atrás una vida tenemos que reinventarnos. Tu anterior yo murió”
La emigración ha marcado la trayectoria de esta periodista cubana asentada en Miami. Con 16 años abandonó La Habana con su familia para iniciar una nueva vida en Florida. Reportera reconocida con el Pulitzer, se estrena ahora como novelista con ‘La memoria de las olas’, un relato en el que afloran sus propias vivencias









