NoticiaLa ciencia ha confirmado que el contacto con ella no solo nos hace “sentir bien”, sino que produce efectos consistentes y medibles en la salud.Las personas se recuperan más rápido del estrés al escuchar sonidos de la naturaleza, encontró un estudio de la Universidad de Lund, en Suecia. Foto: iStock20.06.2026 04:30 Actualizado: 20.06.2026 04:30
Aspirar el perfume de flores frescas calma los nervios, tocar madera baja la presión arterial y contemplar la naturaleza estimula la actividad del cerebro. Salir al parque ya no es un pasatiempo: es una necesidad biológica con respaldo científico. LEA TAMBIÉN Los poetas y los sabios lo han sabido siempre. A uno de los grandes nombres de la literatura americana del siglo XIX, Henry David Thoreau, lo llamaron el filósofo de los bosques y en Walden, un ensayo publicado en 1854, escribía: “No puede haber una melancolía realmente negra para el que vive en medio de la naturaleza y goza de sus sentidos”. Pero pasó mucho más tiempo para que nos enteráramos, con evidencia, de que abrazar árboles es mucho más que un cursi berrinche hippie, y que perder la mirada en prados y bosques mejora el rendimiento intelectual y nos recupera más rápido de situaciones de estrés.El contacto directo con la naturaleza disminuye el estrés, han encontrado estudios. Foto:iStockLa naturaleza no solo nos hace “sentir bien”, sino que produce cambios medibles y consistentes en la actividad cerebral, el estrés y la atención, efectos que se alcanzan por acercamiento físico a través de todos los sentidos.Análisis con electroencefalograma muestran que aumenta la actividad alfa frontal, lo que denota relajación y atención centrada en lo interior; y una caminata de 90 minutos neutraliza el pensamiento rumiante, lo que no ocurre al hacer lo mismo en la ciudad. Estos resultados fueron publicados recientemente en la revista Neuroscience and Biobehavioral Reviews, con base en 108 estudios de la Universidad de Sussex, la Universidad Adolfo Ibáñez de Chile, el departamento de la Ciencia del Cerebro del Imperial College de Londres, la Universidad de Oxford y el departamento de Psiquiatría de la Universidad de Montreal.También se demostró que bastan entre ocho y 15 minutos al aire libre para medir los efectos benéficos, y los patrones cerebrales que aparecen durante la exposición a entornos naturales son notablemente parecidos a los que se observan en personas que meditan. LEA TAMBIÉN De la teoría al jardínOtra autoridad en la materia es la bióloga inglesa Kathy Willis, catedrática de biodiversidad de la Universidad de Oxford, Inglaterra, y autora de Las bondades de la naturaleza (Salamandra, 2025), que recoge e interpreta estudios de primer orden para explicar con lujo de detalles los efectos físicos y mentales de la interacción de los sentidos con la naturaleza.Entre los primeros estudios que le llamaron la atención está el que publicó, en 1984, la revista Science, que revelaba que los pacientes operados de vesícula biliar que veían árboles desde su cama se recuperaban antes que aquellos que miraban una pared de ladrillo. Los autores concluían que la mera visión de las plantas tiene un efecto positivo en la salud de los enfermos.Willis reconoce a Japón como pionero en esta cruzada con sus shinrin-yoku o baños de bosque, que nacieron como campaña de marketing en 1980 para atraer gente a los numerosos parques que tiene esa nación, pero desde entonces se los prescribe como parte de diversos tratamientos médicos en dicho país. En el resto del mundo hubo que esperar unos 10 años para que se diera crédito a las pruebas sobre cuánto agradece nuestra salud ese hábito saludable. Las investigaciones niponas decían que 15 minutos de caminata por un bosque provocaban una reducción del cortisol –la principal hormona del estrés– de hasta un 16 por ciento. Estos resultados dieron pie a seguir trabajando en la misma senda no solo en Oriente sino también en Europa y Estados Unidos. LEA TAMBIÉN Solo sentarnos tranquilamente a contemplar el verde de la naturaleza basta para provocar cambios en la actividad cerebral y en las hormonas, y gracias a la información recogida por los biobancos del Reino Unido se supo que incluso con diferencias de estatus social, culturales y en edad, la incidencia del diagnóstico y tratamiento de trastornos mentales resulta ser menor cuanto más verde sea el entorno donde se vive.Además, se ha demostrado que los olores de la naturaleza también tienen efectos positivos. Un estudio de la Nippon Medical School, de Tokio, encontró que el aroma que desprenden las coníferas, los pinos y especialmente el ciprés, debido a los terpenos que contienen, propicia la producción de las células asesinas naturales (o células NK): glóbulos blancos que destruyen las células infectadas por virus o las que presentan anomalías, como las cancerosas.Por otra parte, hace pocos años un equipo de la Universidad Nacional Yang-Ming de Taipei midió la actividad cerebral de personas sanas mientras dormían durante dos noches distintas: en una se liberó aroma de lavanda en el aire, en la otra, solo agua en aerosol. Los participantes no sabían cuándo se había liberado la esencia, pero el resultado fue que en la noche en que se liberó la lavanda, registraron períodos más largos de buena calidad de sueño. LEA TAMBIÉN Otro de los sentidos de alto protagonismo y beneficios es el oído. En uno de los estudios que menciona Willis, expertos de la Universidad de Lund, en Suecia, concluyeron que nos recuperamos más rápido del estrés cuando oímos sonidos de la naturaleza.Pedagogía verdeEn España, la filósofa y pedagoga asturiana Heike Freire sigue los pasos de Willis, y pregona que la relación con la naturaleza ayuda a los niños a crecer más sanos y comprometidos con proteger la naturaleza que nos rodea.Llevamos ritmos tan locos, tan dirigidos a la producción, que nos producen estrés y ansiedad. La naturaleza relaja el sistema nervioso del adulto, pero aún más el del niñoHeike FreireFilósofa y pedagoga“La falta de orientación hacia la naturaleza –dice Freire– es la pérdida más grande para un ser vivo, niño o adulto, porque sin ese vínculo con lo natural no nos desarrollamos plenamente. Llevamos ritmos tan locos, tan dirigidos a la producción, que nos producen estrés y ansiedad. La naturaleza relaja el sistema nervioso del adulto, pero aún más el del niño. Los ayuda a ser más resilientes frente al frenesí cotidiano, el estrés de pasar un examen o de vivir la separación de sus padres”.Por su lado, El último niño en el bosque, la más reciente obra del periodista y educador ambiental estadounidense Richard Louv, refiere que el aumento de estrés, ansiedad y depresión en niños y adolescentes está siendo tratado con un bombardeo de psicofármacos, cuando abundan las investigaciones que señalan que una de las causas preponderantes de estos trastornos puede estar en la falta de contacto con el mundo natural.Por todo esto, la bióloga Kathy Willis sugiere en su libro “prescribir naturaleza” como tratamiento médico, no solo por su alto índice de beneficios, sino también porque es más agradable y mucho menos costoso. La autora propone además no esperar a que el lugar donde uno reside tenga más espacios verdes, sino que hay que salir en busca de ellos. LEA TAMBIÉN Algunas escuelas del Reino Unido, por ejemplo, hacen de la jardinería una actividad semanal; y estudiosos de la Universidad de Tokio han probado que hundir las manos en la tierra, meter semillas y sacar las hojitas secas redunda en menor incidencia de depresión, ansiedad y estrés, menos fluctuaciones de ánimo, funciones cognitivas mejoradas, baja de la presión y hasta del índice de masa corporal. Todos estos beneficios no solo se constatan en personas sanas, sino también en personas que tienen enfermedades preexistentes. Lo mismo vale para la horticultura, cuyos beneficios en el tratamiento del estrés corporal grave han sido muy analizados y probados en la Universidad de Copenhague, que tiene un jardín de terapia natural de una hectárea y media llamado Nacadia, lo cual deja ver la importancia del sentido del tacto en el contacto con la naturalezaYa lo decía el filósofo Zenón de Citio, quien creó la escuela estoica en el siglo IV a. de C., cuando explicaba que sintonizar con la naturaleza era el camino para desarrollarse como persona. Y ya pasados los siglos, hay numerosos estudios que señalan que tenemos una farmacia a la mano, la que nos provee la tierra con sus aromas, colores, sabores y texturas. Ana D’Onofrio - Para La Nación (Argentina)Este texto fue editado, por motivos de extensión. Sigue toda la información de Salud en Facebook y Twitter, o en nuestra newsletter semanal.










