En el encuentro deportivo que se celebra este año, uno de cada cuatro jugadores nació en un país distinto al que representa en la cancha y solo ocho, de las 48 selecciones que compiten, están integradas únicamente por futbolistas nacidos en el mismo país que llevan en sus camisetas (REUTERS/Eloisa Sánchez)Desde el comienzo del Mundial de Fútbol 2026 hay un tema que ocupa titulares y destaca en muchos de los partidos: en este torneo que se disputa en Estados Unidos, Canadá y México, uno de cada cuatro jugadores nació en un país distinto al que representan los colores de su camiseta y solo ocho, de las 48 selecciones participantes, están conformadas únicamente por futbolistas nacidos en el mismo país que defienden en la cancha. Es la estadística de “extranjeros” más grande en la historia de los mundiales. Las listas, reproducidas en muchas notas y medios, cuentan 289 futbolistas convocados que encarnan esta situación pero que no clausura el asunto: muchos equipos también incluyen integrantes que, si bien nacieron en el país que representan, son hijos de padres que migraron desde otras partes del mundo. Algunos a causa de trabajo, incluso del mismo trabajo, hijos de futbolistas profesionales ya consagrados que se mudaron para hacer carrera —en la selección argentina cuentan como migrantes jugadores que responden a este caso pero representan al país de sus padres: Nicolás Paz y Giuliano Simeone, nacidos en España e Italia, respectivamente—. Otros no.Y detrás de los que no, o de muchos de ellos, o de sus comunidades, hay realidades que suelen quedar afuera del haz de luz del reflector.PUBLICIDADUna publicación de Amnistía Internacional fue al hueso: “Desde Lamine Yamal [N. de la R.: hijo de padres africanos] hasta gran parte de la selección de Estados Unidos, muchas de las historias que hoy brillan en la cancha tienen raíces migrantes. Sin embargo, mientras se aplaude a futbolistas con historias de migración, fuera del estadio millones de personas migrantes siguen enfrentando persecución, discriminación y deportaciones”. “Son aplaudidos en la cancha, pero perseguidos fuera de ella”.El organismo que protege los derechos humanos menciona algunos ejemplos, como el de Alphonso Boyle Davies. El capitán del seleccionado canadiense nació en Ghana, en un campo de refugiados al que habían llegado sus padres huyendo de Liberia, que se encontraba en una guerra civil. Cuando Davies tenía cinco años la familia se desplazó a Canadá.PUBLICIDADAmad Diallo, que se convirtió en el héroe de Costa de Marfil después de anotar el gol que le aseguró la victoria frente a Ecuador, llegó a Italia en 2015, con 12 años, víctima de una red de trata de personas. Cuando las migraciones vía el Mediterráneo estaban en un punto álgido, fue trasladado desde su país por una organización criminal que falsificaba documentos para ingresar menores africanos, especialmente futbolistas, a Italia. Cuando llegó se dio cuenta de que le habían asignado una identidad falsa y que en los papeles aparecía como hijo de personas que no conocía. También estaba registrado que Hamed Junior Traoré, jugador del Olympique de Marsella, era su hermano: tiempo después se comprobó que no compartían lazo de sangre alguno. Los dos habían sido entregados a diferentes familias ignorando absolutamente lo que sucedía. Aún así quiso representar a Costa de Marfil en la Copa del Mundo.Antonio Rüdiger, el futbolista alemán que juega de defensa en el Real Madrid, nació en Berlín y creció en una comunidad compuesta, en su mayoría, por refugiados. Sus padres habían huido de la guerra civil de Sierra Leona, África, en 1991. Aunque vive días de esplendor no olvida sus raíces y se pronuncia en contra de los estereotipos y la dsicriminación hacia las personas refugiadas y en contra del racismo cada vez que puede. En 2021 escribió un texto para The Players’ Tribune titulado “Este artículo no acabará con el racismo en el fútbol”, en el que cuenta cómo la discriminación afectó su vida, tanto en el deporte como en el plano personal.PUBLICIDADEn el enfrentamiento contra Brasil el equipo marroquí marcó un hito histórico al jugar, en una instancia del partido, con once futbolistas nacidos fuera de su tierra. El seleccionado está formado por 19 jugadores en la misma situación. En la foto Ismael Saibari, nacido en España, anota el gol de Marruecos (Reuters/Caean Couto)Rüdiger, junto a otras estrellas con pasados similares, participó en la previa de este Mundial de una iniciativa de la Agencia de la ONU para los Refugiados (ACNUR): “la creación de un equipo simbólico formado por futbolistas de todo el mundo marcados por experiencias de refugio y desplazamiento forzado”, define el organismo. Llamado Gamechanging Team, la acción de difusión busca hablar de coraje, de historias de superación y resiliencia y, principalmente, mostrar lo que puede suceder cuando personas que huyen de contextos de emergencia, violencia y guerras son acogidos por otros Estados que los protegen y les permiten un futuro.Este equipo simbólico tiene de capitán al Embajador de Buena Voluntad de ACNUR, y capitán del equipo canadiense, Alphonso Davies. Y está compuesto, además de Rüdiger, por los futbolistas Asmir Begović, que huyó de Bosnia con cuatro años y representó a Bosnia y Herzegovina en su primer Mundial; Ali Al-Hamadi, que huyó de Irak, se refugió en Reino Unido y ayudó a su país a clasificarse para su primer Mundial en 40 años; Eduardo Camavinga, que representa a Francia, donde sus padres se instalaron después de vivir la guerra en Angola y decidir otra vida para su familia; Victor Moses, que huyó de Nigeria hacia el Reino Unido y llegó a representar a su país de nacimiento; Mohamed Touré, quien nació como refugiado en Guinea y se reasentó en Australia, cuya camiseta defiende; Awer Mabil, nacido en el campamento de refugiados de Kakuma y jugador con la camiseta australiana; Nestory Irankunda, nacido en un campamento de refugiados en Tanzania y reasentado en Australia, a quien representa; Bernard Kamungo, criado en un campamento de refugiados en Tanzania antes de reasentarse en Texas, Estados Unidos, selección de la que ya formó parte en varias oportunidades; y Ermedin Demirović, cuyo padre huyó de Bosnia para iniciar una nueva vida en Alemania, donde nació y creció el futbolista que eligió representar a la nación en sus raíces.PUBLICIDADIncluso hay, en este Mundial, cuatro pares de hermanos que representan a distintas selecciones. Los hermanos Doué —nacidos en Francia, hijos de un padre marfileño quien los inició en el fútbol: Désiré representa a Francia y Guéla, a Costa de Marfil—, los hermanos Williams —sus padres huyeron de Ghana con el estallido de una guerra civil, caminaron descalzos por el desierto del Sahara y lograron asentarse en Bilbao. Iñaki representa a Ghana y Nico, a España—, los hermanos Derrick Luckassen y Brian Brobbey —hijos de padres ghaneses que huyeron a Ámsterdam durante la misma guerra civil que la familia Williams, Derrick quiso llevar el apellido de su madre y Brian el de su padre; y en el encuentro internacional Derrick defiende los colores de Ghana y Brian, los de los Países Bajos— y los hermanos Souttar —los dos defensores centrales, John y Harry, nacieron en Aberdeen, la tercera ciudad más grande de Escocia. John juega por la copa con la camiseta de su país de nacimiento y Harry con la del país de su madre, Australia.Y es solo una muestra. El migrante venezolano Álvaro Calderini lleva a su sobrina a través de un río cerca de Bajo Chiquito, Panamá, después de cruzar caminando el Tapón del Darién desde Colombia en su camino hacia Estados Unidos, en noviembre de 2024 (AP Foto/Matías Delacroix)Detrás de los 289 futbolistas que juegan con otras banderas o escogen los colores de las de sus madres y padres como gesto simbólico de agradecimiento o reivindicación a esas raíces; detrás del equipo marroquí, que marcó un hito sin precedentes cuando, frente a Brasil, jugó con once futbolistas nacidos fuera de su tierra y tiene un cuerpo formado por 19 jugadores en la misma situación; detrás del seleccionado de Curazao, que cuenta con un solo jugador nacido en la isla y 25 oriundos de Países Bajos; del de la República Democrática del Congo, que tiene 20 oriundos de otros suelos; y del equipo francés, que aunque tiene mayoría de nacidos en su país más de la mitad de sus integrantes cuentan historias de traslados, hay precisamente eso: historias de traslados. Más dramáticas, menos dramáticas. Muchas —quizás todas— difíciles. PUBLICIDADEn el mapamundi migratorio existen, por supuesto, quienes se mudan por elección, por trabajo, por aventura, por amor. Quienes lo hacen con un futuro más o menos asegurado o la certidumbre de que, en cualquier caso, siempre pueden volver. Pero existen tantos otros para los que el desplazamiento no es opción. Las crisis humanitarias, los desastres naturales, las guerras, la violencia, el asedio de las guerrillas, el narco, la pobreza extrema, el hambre, impulsan a masas completas a trasladarse. Con lo puesto, como sea. A intentar salvar la vida. A encontrar una mejor.Este es un hecho que acompaña a la humanidad prácticamente desde que el mundo es mundo, explica el director de la Especialización en Migración, Asilo y Derechos Humanos de la Universidad Nacional de Lanús —y ex vicepresidente del Comité de derechos de trabajadores y trabajadoras migrantes y familias de la ONU—, Pablo Ceriani Cernadas. Un hecho que hoy se vuelve nítido en las canchas que hacen de muestra representativa. PUBLICIDAD“La presencia de migrantes nacionalizados o hijos de migrantes en las selecciones de los equipos de fútbol refleja dos o tres cosas. La primera es algo que viene sucediendo ya hace décadas de manera creciente: la mayor diversidad cultural y de orígenes de las sociedades de muchos países de distintas regiones del mundo. Sin lugar a dudas de los países europeos; en Estados Unidos básicamente desde su origen; en buena medida y con diferentes etapas, en América Latina; en los propios países africanos y asiáticos; y de Oceanía también. La movilidad ha acompañado a la humanidad desde que existe por diferentes razones: en busca de recursos, escapando de situaciones de violencia, por cuestiones climáticas, en busca de agua, de suelos cultivables. Esto marca nuestra historia”, dice Ceriani Cernadas.Y sigue: “La gran diferencia de los últimos dos siglos es la conformación de los Estados - nación, sobre todo desde el siglo XIX en adelante, en varias regiones. Y esta idea del Estado soberano que determina quién ingresa a su territorio. Esto va desarrollándose en las leyes a partir del siglo XX, principalmente. En el siglo XIX tal vez están esas leyes más al estilo de la Argentina de aceptar la migración, en el siglo XX empiezan a restringir porque no les gusta el color de piel, porque no eran los que querían o estaban esperando o porque exigen derechos y empezamos a pensar que la migración es un problema ya que demanda un trato más digno. Hoy la migración sigue siendo un fenómeno estructural que se adecúa a las características del mundo en cada etapa histórica”.PUBLICIDADAmad Diallo, de Costa de Marfil, celebra la victoria frente a Ecuador (REUTERS/Mike Segar)El especialista repasa los procesos políticos que se sucedieron y son imprescindibles para comprender la conformación multicultural de los tejidos sociales actuales. Como “el sistema de esclavitud con el que Europa marcó la historia de buena parte de África y de lo que es hoy América del Norte, el Caribe y buena parte de América del Sur, como Brasil. Y el régimen colonial que instaló en África y en parte de Asia desde 1885 en adelante, llevando forzosamente a muchísimas personas de sus colonias a Francia y el Reino Unido para combatir en la Segunda Guerra Mundial y reconstruir esos países cuando terminó. Esa transformación de lo que hoy vemos en varias ciudades europeas está generada por las decisiones de un mundo desigual del que ese continente fue un hacedor central”. “Es difícil o inexacto pensar los procesos de inmigración sin ver toda esa parte de la historia”. —¿Cuáles son los motivos principales de la migración actual y qué les depara, en general, a estas personas el camino y el destino? ¿Con qué se encuentran?PUBLICIDAD—Hoy el mundo está marcado, como los últimos siglos, por el sistema capitalista y la mano de obra que tiene que moverse en busca de trabajo. O al revés: que no se puede mover por cuestiones de política económica y de empleo. Luego, los problemas que genera la distribución de la riqueza dentro y entre países, provoca que las personas tengan que irse por los conflictos, por gobiernos totalitarios u otro tipo de decisiones que excluyen a la población, o a parte de la población, de derechos básicos. Esas características estructurales son las que empujan a la migración que se vuelve una necesidad: es la búsqueda de supervivencia o de dignidad y mejora de las condiciones de vida, o la única oportunidad de salida de la situación de violencia o de exclusión o marginalidad o discriminación o desigualdad que padecen por el país en el que viven, por su color de piel, por su religión, por su origen étnico o porque hay violaciones masivas de derechos humanos. También están quienes migran y circulan con ciertos niveles de privilegio, con facilidad, que siempre van a tener la visa y los recursos para ir a vivir a otro lugar, para trabajar aquí o allá. Porque se enamoraron o porque quieren descubrir el mundo y conocer otras culturas y aprender idiomas. Está esa posibilidad de migrar libremente, que efectivamente practica parte de la población mundial, pero para una gran porción no solo es una necesidad sino, al mismo tiempo, un desafío: se ven muchas veces imposibilitados de hacerlo y la migración, y esta es una característica contemporánea, se da para muchas personas en condiciones muy peligrosas”. Basta pensar por un segundo en quienes intentan atravesar el Tapón del Darién, cinco mil kilómetros de selva espesa que componen la ruta migratoria entre Colombia y Panamá, uno de los trechos fronterizos más peligrosos del mundo, donde cientos de miles de personas que cruzan a pie se enfrentan a terrenos extremos, fauna salvaje y crímenes que van desde secuestros hasta abusos sexuales. O en los barcos de Open Arms, atestados de personas que tratan de llegar a Europa a través del Mediterráneo, huyendo de guerras y hambre, sin recursos ni elementos de seguridad, y la organización rescata antes de que sean tragadas por el agua. “Entonces, una de las características actuales de la migración tiene que ver con esa desigualdad —resalta Ceriani Cernadas— que deriva en condiciones de vida, en peligros, en formas de violencia y luego en las posibilidades reales de salir de esa situación y de cómo hacerlo: tramitando una visa, pagando un pasaje de avión que te transporta en dos horas o en ocho a la otra parte del mundo o atravesando durante días, semanas, meses o años, uno, dos, tres, cuatro países, cinco, diez, mares, fronteras, selvas, desiertos, para sobrevivir. Con hijos a cuestas o incluso enviándolos solos esperando que por lo menos ellos se salven. Muchas personas migran en esas condiciones, de ahí que estamos hablando de decenas de miles que han fallecido, desaparecido en rutas migratorias en los últimos veinte o veinticinco años. Esta peligrosidad va de la mano, de manera absolutamente probada, de las políticas más restrictivas, de militarizar las fronteras, de forzar a las personas a usar las rutas más peligrosas en lugar de facilitar caminos para quienes buscan protección, para quienes buscan ejercer este derecho humano al asilo que los Estados pusieron en la Declaración Universal de Derechos Humanos como fundamental”.Migrantes cruzan un río durante su viaje por el Tapón del Darién de Colombia a Panamá (AP Foto/Fernando Vergara)No hay mucho para agregar respecto a los Estados Unidos y a un presidente que hace una década se jacta de haber mandado a construir un muro para evitar el ingreso de migrantes mexicanos o de otras nacionalidades que vinieran a través de ese país. El endurecimiento de la política migratoria es una de las banderas de Donald Trump desde que inició su mandato. Y se practica en los controles fronterizos, en la suspensión del asilo y las restricciones severas en visados y admisiones de refugiados. Lo que complementa con una disminución récord de la ayuda humanitaria. Ser uno de los anfitriones de la Copa del Mundo —donde se supone que los protagonistas deben sentirse bienvenidos— no parece haberlo conducido a ninguna reflexión. Aunque su selección también cuenta con migrantes, no tuvo ningún reparo en requisar e interrogar excesivamente a determinados jugadores, en deportar al mejor árbitro de África y en prohibir que el equipo iraní se aloje en su tierra.Nuevamente Amnistía Internacional puso el reflector ahí, fuera de la cancha, donde se juega algo mucho más perenne: “El álbum de la verguënza Mundial. El único que no queremos completar” tituló a un posteo en el que con el diseño de las figuritas mostraba algunos de los casos que son reflejo de sus políticas. “El delantero de Irak, Aymen Hussein, fue retenido e interrogado durante casi siete horas antes de permitirle la entrada al país. Al fotógrafo de su selección lo deportaron”. “Jugadores de las selecciones de Uzbekistán y Senegal fueron sometidos a invasivos chequeos de seguridad con perros y detectores de metales”. “Omar Artan, reconocido el año pasado como el mejor árbitro de África, iba a ser el primer árbitro somalí en una Copa Mundial de Fútbol, pero Estados Unidos lo deportó. A pesar de contar con visa y pasaporte diplomático tuvo que volver a Somalia donde lo recibieron como a un héroe”. “A la selección completa de Irán le prohibieron hospedarse en Estados Unidos. Se están alojando en México y deberán entrar y salir del país cada vez que tengan un partido”.Debajo, el organismo recuerda que el país anfitrión está en la obligación de “proteger y respetar a todas las personas”. Suena distópico que haga falta aclararlo. Y deja una pregunta que zumba en buena parte de la opinión pública desde el inicio: si Estados Unidos desconfía tanto de las personas extranjeras, ¿por qué se ofreció como sede del Mundial, que debería simbolizar algo parecido a la fraternidad —o al menos la posible coexistencia— entre los pueblos? Cientos de migrantes aguardan entre dos muros fronterizos para solicitar asilo, en mayo de 2023, en San Diego (AP Foto/Gregory Bull)El sociólogo, ensayista y especialista en el vínculo entre fútbol e identidad, Pablo Alabarces, reflexiona sobre el mismo interrogante o, más bien, tiene una certeza. “La política norteamericana, por supuesto, es una calamidad; las políticas respecto de sus migrantes irregulares o respecto de la delegación de Irán o de la sobreactuación de las autoridades de migraciones con los jugadores de ciertos países. Todo eso me vale una única reflexión y es simplemente que este Mundial jamás debió jugarse en los Estados Unidos. Pero con eso va a estar de acuerdo tres cuartas partes del mundo, así que no creo decir ninguna novedad”.Al analizar la composición de los equipos y si el hecho de que muchos de ellos estuvieran formados por un gran porcentaje de “extranjeros” podría alterar la identificación de sus hinchas, Alabarces dice que no cree que eso suceda. “Sí merece alguna reflexión el hecho de que cuanto más antimigratoria es la opinión pública de un país, más migrantes tiene jugando en su selección nacional. Quiero decir: crece la ultraderecha europea reclamando el tope a las migraciones, la condena de los migrantes, especialmente africanos o árabes o africanos y musulmanes, que parece ser una mezcla explosiva, y sin embargo te los encontrás repartidos en todas las selecciones europeas. Esto es algo muy llamativo. Pero no creo que tenga impacto en el sentido identitario. Estaba en París, hace tres semanas, cuando fue la final de la Champions League entre el París Saint-Germain y el Arsenal de Londres, con hinchas parisinos que estaban absolutamente felices viendo jugar a un equipo repleto de migrantes. Ninguno de ellos puso ninguna objeción, por el contrario, te diría que, entre esos hinchas, la presencia de esos jugadores migrantes puede llegar a modificar esa opinión pública antimigratoria que parece tornarse hegemónica en determinadas sociedades”.El interrogante, entonces, irrumpe inevitable: por qué si muchas personas pueden alentarlos e identificarse con ellos dentro la cancha, no pueden hacerlo fuera de ella. Los más grandes en el juego: que se vayan luego de él. Todos iguales en el juego, mantener la distancia y los preconceptos fuera de él. Pablo Ceriani Cernadas también destaca la cadena de restricciones que se suceden en los últimos años en el mundo con respecto a las políticas migratorias y, especialmente, lo que se evidencia en el marco de la Copa del Mundo. “Estamos viendo retrocesos muy graves en materia migratoria, como en Argentina —con el DNU 366 del año pasado que reformó la ley violando la Constitución, sin pasar por el Congreso, inventando datos que no existían y recurriendo a argumentos que parecen más sacados de Twitter, como que los inmigrantes no pagan impuestos, y se los ha excluido, entre otros ámbitos, del sistema de salud—, en Perú, en Ecuador, ahora en Chile. En Estados Unidos es un proceso que viene de larga data, más allá de la profundidad de los niveles de arbitrariedad que se están viviendo hoy, cuando se persigue a migrantes por las calles con una lógica más propia de la Alemania del ‘33 del siglo pasado, se persiguen familias, se asesina con violencia policial, llevando a las personas a centros de detención, deportándolas, priorizando sancionar una infracción administrativa antes que la unidad de una familia con hijos estadounidenses y padres que han vivido muchísimos años ahí, y sin haber cometido ningún tipo de delito”. “Y tal vez lo que estamos viendo ahora —continúa—, en el contexto del Mundial, con los jugadores nacionalizados o hijos de migrantes, es la parte buena. La parte mala es que es un indicador de la instrumentalidad en la gestión de las migraciones, en la política migratoria, donde unos pocos entran en esta lógica de: si juegan bien al fútbol vemos si le damos un camino hacia la inclusión, un permiso de residencia, independientemente de que vengan de otro lugar, que tengan cierto color de piel, porque ‘van a aportar a partir del deporte y las ganancias que genera eso’. Pero una gran mayoría sigue siendo víctima de exclusión, de discriminación en el acceso a derechos, de discursos criminalizantes, estigmatizantes de la población migrante, aún cuando al mismo tiempo necesitan a esa población. También está el comportamiento, sin lugar a dudas patético, de la FIFA que en algún momento decide que la política es un oprobio del cual no se puede hablar y luego hace gestos que son puramente políticos en beneficios de, por ejemplo, Estados Unidos. Y no defiende a los actores principales de esta gesta deportiva. Es solo un indicador más de un estado de derecho que en el tema migratorio se va cayendo a pedazos. Esas voces antimigrantes, los actores de la política y de la sociedad de extrema derecha, no solo generan violencia, sino que de alguna manera van a intentar legitimar que las condiciones de vida y de derechos dentro de esas sociedades, que ya son estructuralmente diversas y seguirán siéndolo cada vez más, sean desiguales, que quienes tengan mejores condiciones en la distribución de la riqueza sean los que tienen a lo mejor determinado color de piel, determinada religión. Es muy preocupante porque en lugar de reconocer esa diversidad, afrontarla con diálogo, con búsqueda de convivencia, se están construyendo modelos de mayor desigualdad, de mayor conflictividad social. Y eso puede llevar a niveles extremadamente peligrosos como hemos visto en otros momentos de la historia contemporánea”.