Hace once años que la Argentina vive un proceso de reforma estructural. Esta mutación profunda comenzó durante la administración de Mauricio Macri, cuando se tomaron las medidas que sentaron las bases de la deriva decadente que profundizó Milei y que el Frente de Todos no pudo revertir.

La primera decisión irreversible que tomó Macri fue bajar retenciones y devaluar en un solo acto, colocando los alimentos a precios internacionales, algo que no se atrevió a hacer ni la dictadura cívico-militar. La segunda fue llevar también a estándares internacionales las tarifas de los servicios públicos, especialmente las energéticas.

Eso rompió el salario. Así, un país que produce alimentos y energía tiene desde entonces perforado el ingreso de los trabajadores, porque la mayor parte de lo que ganan se destina a pagar la luz, el gas y a llenar el changuito.

Otro cambio estructural que nos dejó el macrismo fue la vuelta del Fondo Monetario Internacional (FMI). La deuda que hoy tiene nuestro país por capital con ese organismo es de US$ 60 mil millones, el 11% del Producto Bruto Interno. Además, ese préstamo no sólo es ilegítimo, ya que nació violando los estatutos del propio FMI, sino que también es impagable.