El avión a Bogotá salía pasadas las ocho de la noche. Iván Cepeda apareció en la sala de espera del aeropuerto de Montería cuando los demás ya llevaban un rato esperando. Sin llamar la atención, sin séquito visible, con el paso cansado de quien llevaba encima una campaña interminable y una jornada entera a 40 grados, el senador de izquierda fue el último en abordar. Antes de entregar sus documentos en la puerta de embarque, una decena de pasajeros lo reconoció. Empezaron los coros. Los vítores. Solo una voz gritó el nombre de El Tigre —como se hace llamar el ultraderechista Abelardo de la Espriella, su rival en la segunda vuelta de este domingo—. El pequeño estruendo de unos minutos emocionó al equipo de campaña, como si fuese el presagio de algo. Acabó no siéndolo.En el camino hacia el avión, Cepeda admitió que las encuestas no estaban reflejando mucho voto oculto, entre otros lugares en esa costa Caribe que es clave para alcanzar la Presidencia. Pero, como él mismo dijo a EL PAÍS, el voto oculto estaba en los dos flancos. Pocos días después y contra todo pronóstico, De la Espriella lo superaría por más de 650.000 votos en la primera vuelta del 31 de mayo. Aquella tarde en Montería había sido un éxito. Convocaron a cientos de personas que se sostuvieron durante horas a pleno sol. Llegaron mayores, jóvenes y campesinos: tres colectivos que el saliente gobierno de Gustavo Petro había tocado con devoluciones de tierra, subsidios a adultos mayores y aulas universitarias. Desde la tarima, Cepeda habló de Córdoba, el departamento, como una tierra que le había enseñado todo lo que sabe sobre cómo resistir. Era, además, un acto dedicado a los jóvenes, un público fiel. La campaña llevaba semanas con esa estrategia de plaza pública. Mientras De la Espriella se desplaza en jets privados, Cepeda y los suyos tomaban los primeros vuelos de la mañana y volvían en los últimos de la noche en aviones comerciales, con el equipo disperso entre los pasajeros. Cepeda se ha subido a la tarima, con las camisas tipo Mao que ha convertido en uniforme, custodiado por escoltas con pesados escudos blindados, en más de 150 plazas a lo largo y ancho de Colombia. Esa estrategia no terminó de funcionar. Cepeda obtuvo el mismo porcentaje que Gustavo Petro hace cuatro años (en torno al 41%). Ni siquiera le alcanzó para quedar primero, ante la irrupción de De la Espriella (43,8%). Obligado a remontar, tuvo que hacer ajustes para buscar a la clase media urbana, a los indecisos y abstencionistas. “Nos equivocamos, hay que mostrarlo más cercano a la gente, más accesible”, reflexionaba un miembro de su equipo tras el fiasco de la primera vuelta.Su larga carrera a la Presidencia comenzó en Pasto, una ciudad andina en el otro extremo del mapa, donde en agosto se presentó como un defensor de derechos humanos, “sobreviviente del genocidio político, hijo de un senador de la Unión Patriótica asesinado por su compromiso con los derechos de la gente”. Se refería a Manuel Cepeda Vargas, tiroteado por agentes del Estado el 9 de agosto de 1994, cuando él apenas superaba los 30. En esas tarimas lo acompañaron otros huérfanos de la violencia que le hablan al oído. La también senadora del Pacto Histórico María José Pizarro, su jefa de debate e hija de Carlos Pizarro, el comandante de la guerrilla del M-19 que firmó la paz y fue asesinado en 1990 cuando era candidato presidencial. O el exministro del Interior Juan Fernando Cristo, de origen liberal, el primero de los socios de la llamada Alianza por la Vida y cuyo padre, el congresista y médico Jorge Cristo, fue masacrado en 1996 por la guerrilla del ELN. Las últimas apariciones de Cepeda, sin embargo, se han concentrado en Bogotá, la capital donde habita el voto más volátil y rebelde del país. Aquí le acompaña sobre todo Mafe Carrascal, la congresista más joven y activa en redes de su partido.Hace un par de semanas, el candidato apareció casi de forma espontánea en una de las arterias principales de la ciudad y en cuestión de minutos se vio rodeado de una multitud de jóvenes —universitarios, modernos, ambientalistas, maquillados, antifascistas— que lo jalearon en la calle y en las redes. “No al matagatos”, gritaban contra De la Espriella, que confesó que de pequeño se divertía dinamitando animales. Cepeda siempre leyó sus discursos para darle peso a sus palabras, para investirlas de autoridad, aconsejado por el académico Alberto Cienfuegos, uno de los pocos estrategas a los que escucha. “Era también un homenaje a la vieja escuela”, explica su amigo y poeta Federico Díaz-Granados. “Le decían que era anacrónico, que estaba pasado de moda, pero leer los discursos y ser coherente con lo que le decía a cada región fue muy importante, aunque ahora se esté abriendo a youtubers e influencers”.En esos discursos volcó sus propuestas programáticas. Muchas veces apeló a un público específico. “No hay democracia plena sin diversidad sexual”, proclamó en la plazoleta de Lourdes, en Bogotá, ante la comunidad LGBTI+. Proclamas que finalmente volcó en un programa más accesible para todos los públicos.En la recta final de esta campaña, los colombianos se quedaron sin los debates, que Cepeda inicialmente rechazó y luego le exigió a De la Espriella. Tras la primera vuelta, el senador se abrió de forma exprés, comenzó a dar entrevistas, a salir en redes, a abrazarse con la gente. También se modernizó y su campaña adoptó una estética parecida a la campaña de Zohran Mamdani, el alcalde demócrata de Nueva York. Tras el traspié de denunciarlo, se abrió a símbolos de los que su rival intenta apropiarse, como la camiseta de la selección. Y cortejó a nuevos públicos. Primero los k-poppers, fans del pop coreano organizadas en redes, cuyo símbolo —el corazón con los dedos— Cepeda adoptó como guiño de campaña y, después, los seguidores de canales digitales a los que antes se resistía, como Fuck News y Juanpis González.Otro cambio se presentó urgente tras la primera vuelta: Petro. Días después de la elección, Cepeda se distanció de la persistente idea del presidente de cambiar la Constitución para espantar los temores que despertaba la iniciativa en muchos sectores. Desde su centro de operaciones favorito, el hotel Tequendama, en el centro de Bogotá, Cepeda ha intentado cortejar, con diferentes niveles de éxito, al centro político, al liberalismo democrático y los sectores reformistas. Tras semanas de negociación, logró el apoyo tardío de Claudia López, la exalcaldesa de la capital, muy crítica con Petro. “Yo sé que el talante sereno, serio, conciliador y concertador de Iván no es una pose de campaña… Ese es su estilo de liderazgo”, lo elogió al entregarle su “voto de confianza”. Y, como todo en esta recta final, le llegó a muy pocos días de las elecciones.