Miguel Martín Alonso I Almería, (EFE).- «El diagnóstico de ELA es darle la vuelta al reloj de arena y esperar que caiga hasta el último grano. Hay a quien le anda más rápido y hay a quien le anda más lento». Así describe Loli Garrido el momento exacto en que, en marzo de 2023, la vida de su marido Raúl, de 45 años, y la de toda su familia dio un vuelco irreversible.
Atrás quedaba un año entero de falsos diagnósticos, calambres, pérdidas de fuerza en las manos y dolor de espalda. La confirmación de la Esclerosis Lateral Amiotrófica (ELA) supuso un «shock total y absoluto» para este hogar con una niña de diez años.
En ese momento apareció Lucía Pérez Caro, psicóloga del Programa para la Atención Integral a Personas con Enfermedades Avanzadas que impulsa la Fundación ”la Caixa” y desarrolla Cruz Roja.
Ese acompañamiento psicosocial fue un pilar indispensable para la familia. La progresión en el caso de Raúl fue implacable: él pensaba que tardaría un año en necesitar muleta y dos en usar silla de ruedas; a la semana ya se caía sin la muleta y a los dos meses dependía por completo de la silla.
«En el transcurso de una hora dejas de hacer algo que ya no vas a volver a hacer nunca más», rememora en una entrevista con EFE su mujer sobre la crueldad de una enfermedad en la que las fases se solapan y «no te da tiempo a adaptarte a una situación cuando te llega la siguiente».










