Estos días se ha montado revuelo porque un empresario ha llamado "memos" a los jóvenes que se cogen la baja cuando les deja la novia. El empresario en cuestión ha puesto a sus dos hijos como ejemplo de memez laboral. Los hay que consideran que habría que cancelar al señor y quienes piensan que tiene razón y deberían darle una medalla. Esta polémica me ha llevado a una conclusión bastante inquietante: si nuestros hijos son memos, probablemente los padres tengamos algo que ver. Porque existe una teoría muy extendida según la cual los jóvenes actuales aparecieron de repente. Un día nos acostamos rodeados de adolescentes razonablemente normales y al día siguiente amanecimos con una generación incapaz de tolerar una frustración, de esperar diez minutos una respuesta de WhatsApp o de sobrevivir a una ruptura sentimental sin convocar una reunión de urgencia con el responsable de Recursos Humanos. Pero resulta que esos jóvenes no los ha criado internet, los hemos criado nosotros, y quizá ahí está el problema. Les hemos quitado piedras del camino con una eficacia que habría admirado el mismísimo Ministerio de Fomento. Les hemos evitado suspensos, decepciones, aburrimiento, conflictos, broncas, castigos y hasta la incomodidad de sentirse un poco desgraciados de vez en cuando. Si un niño pierde un partido, ha vivido una experiencia de aprendizaje. Si alguien le lleva la contraria, hablamos de entornos tóxicos. Y si la vida le da una bofetada, corremos a ponerle una almohada entre la cara y la realidad. Lo hemos hecho por amor, naturalmente, siempre por amor. Porque también sabemos que les espera un futuro bastante peor que el nuestro. Nosotros podíamos aspirar a comprar una vivienda sin vender un riñón. Ellos necesitarán una hipoteca, dos milagros y mucha suerte en la Bonoloto. Nosotros crecimos pensando que viviríamos mejor que nuestros padres. Ellos sospechan que vivirán mucho peor. Y quizá por eso hemos intentado compensarlo convirtiendo su infancia en una especie de parque temático de la felicidad obligatoria. El problema es que nadie aprende a levantarse si nunca se cae. Nadie aprende a encajar un no si siempre recibe un sí. A veces escucho a padres negociar con sus hijos de ocho años como si estuvieran cerrando una cumbre de paz con Donald Trump, y entonces entiendo por qué hay chavales que llegan a una entrevista de trabajo esperando que la empresa se adapte a ellos igual que sus padres lo hicieron durante veinte años. La ironía es que todo esto ocurre justo cuando más fuertes deberían ser, porque el mundo que les espera no tiene pinta de volverse más fácil. La vivienda será más cara, la competencia más dura, la incertidumbre mayor y las certezas más escasas. Así que antes de llamar "memos" a los jóvenes quizá deberíamos acercarnos un momento al espejo. Puede que algunos lo sean, pero nadie fabrica una generación entera por accidente. Si de verdad hemos criado una generación de memos, quizá haya llegado el momento de dejar de hablar de ellos y empezar a hablar de quienes los educamos. En cuanto al empresario, siempre le quedará el consuelo al que recurren tantos padres cuando quieren presumir de sus hijos: quien a los suyos se parece, honra merece.