La eliminación del líder del grupo criminal Tren de Aragua debería abrir la discusión sobre qué tipo de gobierno y de justicia queremos para Venezuela

Nada revela mejor la naturaleza de un poder en mutación que lo que está dispuesto a sacrificar para completar su metamorfosis. La muestra más reciente es la “neutralización” de Héctor Rusthenford Guerrero Flores, mejor conocido como Niño Guerrero, quien murió, aparentemente fulminado por el bombazo de una operación militar conjunta entre Venezuela y Estados Unidos. “Neutralización” es el eufemismo de turno para evitar el uso de términos más dramáticos y precisos como ejecución, eliminación y asesinato. En cuanto a la operación conjunta, que según Pete Hegseth, secretario de Defensa estadounidense, se llevó a cabo tras una “invitación” de la presidenta interina Delcy Rodríguez, se trató, en realidad, de otro ejemplo de la subordinación del gobierno venezolano al tutelaje de Donald Trump y sus operadores.

Nadie llorará al infame criminal, tristemente célebre por ser líder fundador de la megabanda transnacional Tren de Aragua. Eso es cierto y hay que reconocerlo sin ambigüedad. Pero Guerrero fue algo más que el jefe de una organización criminal.