Una tristemente recordada frase del expresidente Uribe decía que a Colombia la estaba matando la pereza y que la solución era trabajar, trabajar y trabajar. Que los más pobres se autoexplotaran para mantener un aparato económico profundamente improductivo y desigual, donde desde la apertura de los noventa la renta extractiva, financiera e ilícita desplazó a la producción y la innovación. Hoy sabemos que Colombia trabaja demasiado para lo poco que produce: somos, de toda la OCDE, el país donde más horas se trabajan al año y, al mismo tiempo, el de menor productividad por hora trabajada. La vieja consigna está obsoleta. La tesis de nuestro proyecto, que empezó en 2022 y se profundizará en 2026, es otra: producir, producir y producir. La riqueza social la produce el trabajo y solamente el trabajo y la pereza de la renta, esa sí, mata el potencial del país. Esta es la tesis de una Alianza por la Vida que tiene como modelo económico un capitalismo productivo donde el desarrollo de nuestras fuerzas productivas sea el cimiento del bienestar social. El sector privado tradicional, las economías populares y las campesinas son sujetos fundamentales del desarrollo. Somos una izquierda que cree que la redistribución no es suficiente para combatir la desigualdad y la exclusión. Debemos transformar la estructura económica con políticas de predistribución: antes de que se genere la riqueza, mediante salarios dignos, acceso a la tierra, crédito productivo y tecnología. En otras palabras: la justicia social no se conquista repartiendo miseria. Lo que se ha empezado a democratizar son las oportunidades de creación de riqueza, respetando el principio constitucional de la propiedad privada con función social y buscando que haya más empresarios, más formas de propiedad privada, asociativa y social. No es un modelo estatizante, sino el desarrollo de un capitalismo productivo con justicia social. Las más de 750.000 hectáreas de la reforma agraria son un ejemplo: devolverle al campesinado derechos de propiedad arrebatados por el despojo y la guerra para que los ponga a producir. No ha sido este un proyecto que haya expropiado una sola empresa, y por supuesto que Iván Cepeda tampoco lo hará. No hay duda de que Colombia tiene un reto fiscal. Sin embargo, más que el déficit nos debe preocupar la cifra de inversión sobre PIB, que viene cayendo desde 2019 y se ubicó alrededor del 16% en 2025, muy por debajo del promedio de la OCDE que supera el 20% y de economías que queremos emular como Brasil o México. Este es el fondo de la disputa con el Banco de la República. Mientras el país hace un esfuerzo por recuperar los sectores reales de la economía y recompensar la producción en vez de la renta, la política monetaria va en contravía: premia el rentismo de los tenedores de activos financieros y afecta gravemente la inversión y la formación bruta de capital. Con estas tasas, más un sector financiero profundamente concentrado, el costo del crédito es prohibitivo para la inversión productiva. No es un costo de corto plazo: según investigadores de la Reserva Federal de San Francisco, aunque a largo plazo afecta el empleo, la principal víctima de una política monetaria contractiva es la inversión privada.En el mundo con el Consenso de Washington y en Colombia con el ministro de la apertura Rudolf Hommes nos dijeron que la mejor política industrial es no tener política industrial. Hoy ese fundamentalismo de mercado colapsa tanto en la práctica como en su edificio teórico. Estamos asistiendo a la muerte del neoliberalismo como modelo de acumulación, y esta crisis del orden económico internacional representa el tránsito a un nuevo modelo en plena disputa. Las propias economías de occidente, como Estados Unidos y la Unión Europea, están haciendo política industrial agresiva para competir con China. El FMI y el Banco Mundial reconocen su error y dan un giro de 180 grados defendiendo fomento estatal a sectores estratégicos. La política industrial está de vuelta, y Colombia no puede quedarse atrás en un contexto internacional tan inestable, corriendo el riesgo de relegarse aún más en la división internacional del trabajo. Este riesgo es aún más latente en tiempos donde la inteligencia artificial amenaza ampliar y acelerar como nunca las brechas entre economías altamente productivas y países rezagados. Si no consolidamos una base productiva propia y no perseguimos el desarrollo como una decisión consciente de la sociedad en su conjunto, la cuarta revolución industrial nos va a pasar por encima. Estamos ante una disyuntiva histórica: o decidimos como sociedad converger hacia las economías fuertes del continente como Brasil y México o nos devolvemos e intensificamos un camino rentista y reprimarizado. Nada se parece más al dogma libertario anti-Estado que la triste situación del hermano pueblo de Haití, donde el anarcocapitalismo tiene su más fiel laboratorio. El gobierno Petro sembró el camino a la transformación productiva que necesita el país. Esta es una ruta que requiere construir una nueva dependencia del camino, concepto que se utiliza para describir cómo las decisiones pasadas condicionan el futuro. El país duró 30 años apostándole a la reprimarización, desindustrialización y desagrarización con muy pobres resultados. Lleva apenas cuatro años de una transición a una nueva economía, que aunque ya ha dado importantes frutos, como lo mostramos en el informe El Modelo está cambiando que publicamos desde el Centro de Pensamiento Vida, este cambio requiere continuidad para que pueda florecer su mejor versión. Habiendo construido los cimientos, hay que levantar el edificio.Ahora, el país bien conoce los costos sociales y económicos de abortar el cambio estructural, no es más que recordar el Pacto de Chicoral donde se selló el regreso al pasado de sangre y violencia luego de las reformas agrarias liberales de los años 60. Iván Cepeda propone concertar con el sector privado, las economías populares y campesinas y el Estado un pacto productivo con objetivos concretos de desarrollo nacional, para levantar la productividad y el nivel de inversión pública y privada en la sociedad, donde juntemos todos nuestros esfuerzos e inteligencia colectiva como sociedad para lograr estos objetivos. Se trata de construir e implementar una ambiciosa política industrial alrededor de las grandes transformaciones en curso en la economía colombiana: La Transición Energética Justa, la Reforma Agraria y la Reindustrialización. Iván Cepeda hará de Colombia el país altamente productivo que tenemos el potencial de ser, y para no replicar fracasados modelos como el de Milei en Argentina, donde hay una destrucción del tejido productivo industrial como nunca antes en la historia del país. Anexo 1. Figuras OCDE sobre la productividad laboral: