El fútbol, un deporte indestructible por más que se empeñen en transformarlo en un programa de entretenimiento o reducirlo a contenido de internet, tiene la capacidad de alterar emociones a nivel colectivo desde esos lugares apartados de la lógica. En los últimos 20 años casi siempre ha sucedido cuando interviene Lionel Messi, un jugador de casi 39 años que este martes entró al estadio de Kansas City escoltado por sus compañeros como si fuera el Grupo Salvaje de Sam Peckinpah y salió como si hubiera conquistado su segundo mundial consecutivo. Será complicadísimo que suceda (solo lo consiguió Italia hace casi un siglo y el Brasil de Pelé y Garrincha), pero ya ha logrado lo más difícil: hacer creer a los suyos que es posible. Empezó ganando divirtiéndose y metió a Argentina (el país y la selección) en el clima que buscaba y no encontraba, ese lugar etéreo donde se sienten capaces de todo y a veces lo consiguen.

En la era de los números no hay discusión: ante Argelia, Messi se convirtió en el primer futbolista en jugar seis mundiales (un día antes que Cristiano Ronaldo); en la jornada en que Mbappé y Haaland, las dos estrellas que aspiran a heredar su trono, marcaron dos tantos, él hizo tres e igualó a Klose como máximo goleador de los mundiales masculinos. Su triplete elevó su cuenta particular con la selección: 120 en 200 partidos. Todo redondo, como la noche: del himno cantando a voz en cuello (según pasan los años ha pasado de estar en silencio a gritarlo a cámara) a sus tres goles al hijo de Zidane, cuadrando el círculo. Argelia no era el rival más difícil, pero Messi repitió, como dicen sus compatriotas, la rutina de lo extraordinario. El asunto es que lleva veinte años haciendo exactamente lo mismo y, después de lo visto, parece difícil pensar que está cerca del final.