Los malestares sociales que se han ido acumulando durante décadas están cristalizando hoy en un descontento profundo que pone en cuestión los propios fundamentos de la convivencia democrática, la confianza en las instituciones y la idea de futuro. En este contexto, y en un escenario local en el que en Colombia las elecciones de este 21 de junio se sienten como un encuentro con el apocalipsis, se impone una pregunta, ¿qué podemos hacer?En Contra el descontento, Cristina Monge, socióloga, profesora universitaria y una de las analistas más influyentes del panorama político español, ofrece una lectura crítica y, al final, esperanzadora de este malestar colectivo. Con un tono claro y sin renunciar a la profundidad analítica, recorre los principales desafíos del siglo XXI: la precariedad, la soledad digital, la crisis ecológica y la desafección de la ciudadanía hacia las instituciones y sus representantes. A través de este recorrido, traza la radiografía de una sociedad cansada, atemorizada e incapaz de imaginar otros caminos.Lejos del pesimismo o la nostalgia, este libro reivindica la necesidad de recuperar la conversación pública, defender los hechos ciertos en la era de la posverdad y reconstruir un nuevo contrato social basado en la cooperación, la justicia y la sostenibilidad mediante alianzas para crear futuros deseables. Contra el descontento es un manifiesto por una democracia más fuerte y un futuro compartido que aún están a nuestro alcance.Cortesía de Paidós, compartimos este aparte titulado El futuro no se predice, se crea, que permite mirar a esta etapa que empieza en Colombia, de manera más constructiva.Cristina Monge es socióloga, profesora universitaria y una de las analistas más influyentes del panorama político español, pero sus observaciones aplican más allá de las fronteras. Foto: Dani PortesLa anatomía del sabotaje: Lina Meruane y el cuerpo como trincheraMiramos al futuro con miedo, con pesimismo, pero hemos olvidado que el futuro no se predice, sino que se crea, se construye. Especialmente, si pasamos del pensamiento individual a alianzas que ayuden en la deliberación. El hecho de predecir, enunciar y contextualizar la deliberación ya es una forma de construir un marco y, por tanto, una manera de mirar ese futuro que es formativa, capaz de darle una forma determinada. ¿Cómo es el futuro que queremos construir?; o, mejor dicho: ¿cómo son los futuros que queremos construir? Los estudiantes, en las aulas, se quejan de los nubarrones y tormentas que se ciernen sobre su presente y su futuro, y en las calles y centros de trabajo cada vez más sectores sociales tienen la misma sensación de amenaza. ¿Se ha vuelto el futuro un lugar aterrador o seguimos asociándolo a la idea de progreso, solo que lo que genera decepción, frustración y malestar es comprobar que no avanzamos en la dirección correcta? ¿Es a eso a lo que se refieren quienes denuncian que los Estados del bienestar se han convertido en máquinas de malestar? No creo que exista evidencia empírica para dilucidar esta cuestión.Sea como fuere, tanto nuestros estudiantes como cualquier ciudadano y ciudadana, cuando se les lanza la pregunta «¿Cómo os gustaría que fuera ese futuro?», contestan cosas muy parecidas: generalidades, conceptos que sirven más de inspiración que para describir una realidad concreta. Al estar tan preocupados por diagnosticar bien los retos — algo, por cierto, imprescindible—, nos hemos olvidado a menudo de mirar más allá. Hemos dejado para otro momento la definición de un futuro deseable, un futuro en el que querer vivir. Una definición que ha de hacer se de un modo preciso, huyendo de lugares comunes y enfrentando las contradicciones.¿Cómo es una ciudad que incorpora todos los parámetros de la sostenibilidad? ¿Qué ofrece, a qué obliga, qué conflictos genera, qué contradicciones pone de relieve? La evolución del debate nos llevará con toda probabilidad a repensar conceptos clave como los de desarrollo, progreso o bienestar, algunos de los cuales se han esbozado en estas páginas. ¿A qué podemos aplicar la inteligencia artificial para que nos ayude a vivir mejor? ¿Cómo hacer que nos sirva para nuestros fines y no convertirnos en peones de sus deseos? ¿Existen modelos y referentes de nuevas masculinidades acordes con el feminismo? ¿Cómo son esos varones en los que deben mirarse los jóvenes para entender que el desarrollo de una sociedad más igualitaria es un juego en el que todos ganamos? ¿Puede la globalización serlo de los derechos humanos y no solo de los mercados financieros? ¿Nos puede ayudar la tecnología en esto? ¿Y en reducir las emisiones de gases de efecto invernadero sin caer en la trampa de una revolución digital que acaba consumiendo más recursos?Responder a estas preguntas exige abrir el pensamiento a los futuros posibles y deseables, contradicciones incluidas, en un ejercicio que forzosamente ha de ser de innovación. Como recuerda Ramón Ramos tras un recorrido que va desde Gilgamesh, rey de Uruk, hasta la Revolución francesa: «El futuro muestra así su radical apertura, su creatividad, la insensatez de pensarlo como una prolongación o repetición del pasado». En efecto, el futuro no tiene por qué ser una continuidad del pasado, ni siquiera del presente, lo que no implica que no haya elementos que puedan repetirse. Si hemos vivido pandemias, no es de extrañar que podamos volver a vivirlas; si en un lugar ha habido un terremoto, es posible que vuelva a suceder, etc. Sin embargo, sabemos que lo que se viene en llamar «cisnes negros» es mucho más abundante y recurrente de lo que pensaba el ensayista Nassim Nicholas Taleb. El recorrido que anteriormente hemos hecho por lo que llevamos de siglo xxi lo deja claro.Una lectura crítica y, al final, esperanzadora de este malestar colectivo. Foto: Paidós“Las máquinas no mejoran, nosotros empeoramos”: Patricio Pron habla con ArcadiaEsta situación encierra una paradoja. Si la digitalización forma parte de un cambio abrupto que obliga a pensar el futuro sin presentismos, de forma distinta al momento actual, ¿qué hacemos entonces con la inteligencia artificial, que no es otra cosa que el desarrollo desde el sustrato del pasado, de la memoria? Incluso la IA generativa, que aprende — pero no piensa—, lo hace sobre el pasado, sobre la ingente cantidad de datos de que dispone; pero datos todos del pasado.Por otro lado, conviene subrayar que el futuro es siempre plural, una diversidad de futuros posibles, puesto que su significado forma parte de la disputa política. El futuro con el que sueña la oligarquía tecnológica difiere del mío y probablemente del suyo, y los nuestros, a su vez, serán distintos a los de los millones de africanos que sueñan con cruzar el Mediterráneo y llegar a Europa en busca de un futuro, o el de los migrantes atemorizados en Estados Unidos, o el de quienes votan a Milei en Argentina. Por eso los futuros, en plural, son siempre el resultado de una disputa política.Quizá una buena manera de empezar a pensar — y, por lo tanto, crear— esos futuros sea trayéndolos al presente. Es decir, siendo conscientes de que las decisiones que hoy tomamos o evitamos tomar están ya conformando un futuro. En cierta medida, es reconocer la falta de incidencia del cortoplacismo sobre el tiempo del devenir, pues toda decisión que se tome o se deje de tomar tiene en realidad consecuencias a medio y largo plazo. Si una alcaldesa no peatonaliza el centro de su ciudad pensando en que, en el corto plazo — en cuatro años de mandato—, puede ser penalizada por un electorado molesto por no poder acudir a cenar con el coche hasta la puerta del restaurante, está prefigurando un futuro también: el que supone tener más contaminación y menos salud. Si, por el contrario, esa alcaldesa decide limitar el uso del coche en algunos espacios de la ciudad, potenciar carriles bici e invertir en transporte público, estará construyendo un futuro más saludable y próspero. El futuro está en cada decisión que se toma o se evita tomar. Es a lo que nos referimos cuando hablamos de «gobernanza anticipatoria», es decir, la incorporación del largo plazo a la toma de decisiones políticas de forma consciente.A esta gobernanza se dedican las comisiones parlamentarias del futuro que se están poniendo en marcha en distintos países del mundo: Tailandia, Singapur, Australia, Vietnam, Uruguay, Polonia, Filipinas, Islandia, Finlandia, Estonia, Canadá, Austria, Brasil, y la lista no deja de crecer.4 Destacan, sobre todo, la Comisión de Desafíos del Futuro del Senado chileno, la única con un rol legislativo, así como la Comisión del Futuro de Finlandia, creada en 1993 con vocación proactiva y responsable de iniciativas de innovación en gobernanza y participación social basadas en alianzas interdisciplinares. En Suecia se llegó a establecer un Ministerio para el Desarrollo Estratégico y la Cooperación Nórdica, que duró apenas catorce meses (de febrero de 2015 a abril de 2016). Recientemente, se ha celebrado en Chile la III Cumbre Mundial de Comisiones Parlamentarias del Futuro, organizada conjuntamente por el Senado de dicho país y la Unión Interparlamentaria. En su declaración final hacen suya la definición de «gobernanza anticipatoria» de la UNESCO, entendiendo por tal «el acto de gobernar en el presente para adaptarse a un futuro incierto o para determinarlo», y se comprometen a desarrollarla en las capacidades de cada nación, integrarla en las estrategias nacionales de desarrollo, garantizar que dicha gobernanza contribuya a lograr unas sociedades más justas e inclusivas, fortalecer la capacidad misma de los parlamentos para utilizarla de manera eficaz y emprender acciones parlamentarias para su desarrollo al mismo tiempo que promueven la cooperación interparlamentaria.Un jurado integrado por Adela Cortina Orts, Adolfo García Ortega, Gabriel Rolón, Gonzalo Celorio Blasco y Elisabet Navarro decidió otorgar el Premio Paidós 2026 a la obra 'Contra el descontento', de Cristina Monge. Foto: Dani PortesLeonardo Padura o el oficio de escribir en una incierta Cuba: “La realidad no toca, entra a tu casa”Entre las ventajas de esta gobernanza anticipatoria se citan habitualmente la capacidad para prever desafíos, mejorar la toma de decisiones, adaptarse a los cambios, fomentar la innovación, fortalecer la propia gobernanza y ampliar la participación con objeto de recuperar y/o profundizar la confianza de la ciudadanía en las instituciones.Por otro lado, quienes mejor representan el futuro son aquellos que más van a vivir en él, los jóvenes. En otras partes de este trabajo me he referido ya a este sector de la población. En el mundo de los adultos, los jóvenes inquietan, no se acaban de entender bien algunos de sus planteamientos, constituyen una enmienda permanente a muchas cosas, pero el futuro son ellos. ¿Les estamos facilitando su incorporación a centros de poder, procesos de deliberación, ámbitos de toma de decisión? Recientemente, Reino Unido ha ampliado la edad para votar a los dieciséis años, asunto tabú todavía en buena parte de los países occidentales. ¿No estaríamos reforzando su responsabilidad, ayudándoles a tomar conciencia de la relevancia de lo público, si les permitiéramos votar? No hagamos un remake del debate de la República española sobre el voto de las mujeres con la mirada corta de quien piensa que hoy le perjudica. Solo hay que pensar que mañana, quizá, nos puede beneficiar.
“El futuro no se predice, se crea”: un aparte de ‘Contra el descontento’, de Cristina Monge
Cortesía de Paidós, publicamos un texto pertinente para estos tiempos de zozobra y quiebre social. El libro ganó la segunda edición del Premio Paidós y ya se consigue en Colombia.











