El historiador Carlo Ginzburg murió este miércoles.Un campesino del siglo XVI que creía que el mundo había nacido de materia putrefacta —como el queso que fermenta y produce gusanos— se convirtió en el centro de uno de los libros de historia más leídos del siglo XX. La obra de Carlo Ginzburg, y en particular su concepto de microhistoria, transformó el modo en que los historiadores se aproximan a las vidas de quienes no dejaron huella en los grandes relatos del poder. Carlo Ginzburg murió en Bolonia este miércoles, a los 87 años.El libro en cuestión es El queso y los gusanos. El cosmos según un molinero del siglo XVI, publicado en 1976. Su protagonista es Domenico Scandella, apodado Menocchio, un molinero de Montereale, en la región del Friuli, al noreste de Italia. La Inquisición lo procesó dos veces por herejía. En sus declaraciones ante los inquisidores, Menocchio sostuvo que el mundo había surgido del caos como el queso de la leche, y que de ese queso habían brotado gusanos que eran los ángeles. Fue condenado a morir en la hoguera.PUBLICIDADGinzburg encontró el rastro de Menocchio mientras revisaba archivos eclesiásticos en Udine para su primer libro, Los benandanti (1966). En la Biblioteca Comunale de esa ciudad halló una lista manuscrita del siglo XVIII que resumía los primeros mil juicios de la Inquisición friulana. Entre esos casos, una entrada describía a un campesino con ideas sobre el origen del mundo que resultaron ser las de Menocchio. Siete años después de ese hallazgo, Ginzburg comenzó a trabajar en el expediente completo.El término “microhistoria” no aparece en El queso y los gusanos. Fue Giovanni Levi quien lo introdujo en conversaciones con Ginzburg hacia 1977 o 1978, en el círculo de historiadores italianos reunidos en torno a la revista Quaderni Storici, del que también formaban parte Edoardo Grendi y Carlo Poni. El propio Ginzburg explicó la distinción en una entrevista con la revista Nueva Sociedad: “La idea de la microhistoria no se deriva de un acercamiento a lo pequeño, sino del análisis microscópico.” PUBLICIDAD El queso y los gusanos. El cosmos según un molinero del siglo XVI (Ariel), de Carlo GinzburgLa diferencia es relevante. La microhistoria no es historia de cosas pequeñas ni anecdótica. Es una forma de mirar que reduce la escala de observación para revelar estructuras que las grandes narrativas no pueden captar. Ginzburg lo formuló así: “La globalidad está contenida en el detalle. Necesitamos ver una determinada historia para comprender aspectos de la globalidad.”Para explicar de dónde venía esa intuición, Ginzburg remitía a su abuelo materno, el histólogo Giuseppe Levi, cuyos tres discípulos —Rita Levi Montalcini, Renato Dulbecco y Salvador Luria— ganaron el Premio Nobel. “Cuando mucho más tarde me involucré en el proyecto de la microhistoria, la idea de lo microscópico resultó central”, dijo Ginzburg en la misma entrevista. De niño, su abuelo lo había llevado al laboratorio a mirar por el microscopio.PUBLICIDADUno de los principios metodológicos más originales de la microhistoria es la idea de que un caso anómalo puede ser, al mismo tiempo, paradigmático. Ginzburg la formuló por primera vez en 1961, en su artículo Brujería y piedad popular, donde analizó el proceso inquisitorial contra Chiara Signorini, una campesina acusada de hechizar a su patrona. Al final del artículo escribió que aquel caso tenía “un valor paradigmático”. Un año después, Thomas Kuhn publicó La estructura de las revoluciones científicas, donde la noción de “paradigmático” aparece como sinónimo de “ejemplar”. “Esto me hizo pensar, años más tarde, en una idea que sigue acompañándome hasta el día de hoy: que algo anómalo puede ser paradigmático”, declaró Ginzburg a Nueva Sociedad.Cuatro libros del historiador italiano Carlo Ginzburg, incluyendo "Mitos, emblemas, indicios" y "Los benandanti", yacen sobre una superficie de madera, mostrando su diversidad temática. (Imagen Ilustrativa Infobae)El caso de Menocchio era, en ese sentido, doblemente excepcional. Pertenecía al mundo campesino, pero había leído el Decamerón de Boccaccio, Los viajes de Sir John Mandeville y los florilegios de la Biblia, entre otros textos. Lo que Ginzburg demostró es que Menocchio no asimiló esas lecturas pasivamente: las filtró a través de su cultura oral y popular, y produjo una cosmología propia. “La cultura popular podía ser reprimida, podía combatir, podía hacer concesiones ante una cultura hegemónica. Pero también podía suceder que alguien inmerso en la cultura oral y popular llegara a la cultura escrita e hiciera sus propias interpretaciones a través del filtro de su propia cosmovisión”, explicó Ginzburg.PUBLICIDADUno de los desafíos metodológicos que la microhistoria planteó desde el inicio fue el trabajo con fuentes producidas por los perseguidores para documentar a los perseguidos. Los archivos inquisitoriales no registraban la voz de Menocchio o de los benandanti —los campesinos friulanos que decían librar batallas nocturnas contra brujas para proteger las cosechas— sino la versión que los inquisidores construyeron de ellos.El molinero Menocchio presenta su cosmogonía ante la Inquisición, donde un gran queso da origen a gusanos que se transforman en ángeles, en una escena que evoca su trágica condena. (Imagen Ilustrativa Infobae)Ginzburg desarrolló lo que describió como una lectura “a contracorriente”, tomando prestada la expresión de Walter Benjamin: “Necesitaba leer aquellas fuentes contra la intención de los propios inquisidores. Es decir, contra la intención de aquellos que las habían producido.” En el caso de los benandanti, ese método reveló algo que los propios inquisidores no habían comprendido: que los campesinos no se veían a sí mismos como hechiceros, sino como sus opuestos, como defensores de la comunidad. Fueron las torturas y los interrogatorios los que los llevaron, progresivamente, a adoptar la perspectiva de sus acusadores.PUBLICIDADEn 1979, Ginzburg publicó el ensayo “Huellas. Raíces de un paradigma indiciario“, traducido posteriormente a 21 idiomas, donde sistematizó el método que subyacía a su trabajo histórico. El paradigma indiciario propone que el conocimiento histórico —como el del médico, el detective o el psicoanalista— opera a partir de indicios, síntomas y huellas. Para ilustrarlo, Ginzburg reunió a tres figuras de finales del siglo XIX: el crítico de arte Giovanni Morelli, que identificaba la autoría de pinturas a partir de detalles secundarios como la forma de las orejas o las manos; el detective Sherlock Holmes, creado por Arthur Conan Doyle; y Sigmund Freud, que en la Psicopatología de la vida cotidiana mostraba cómo los lapsus revelaban lo que la conciencia ocultaba.Años después, Ginzburg reconoció una limitación en ese ensayo: “Me sorprendía no haber mencionado el papel de las pruebas en el método histórico. Esa omisión me parecía grave.” La atención al indicio, señaló, no podía disociarse de la construcción de pruebas verificables.PUBLICIDADLa insistencia de Ginzburg en la evidencia y la prueba lo llevó a un enfrentamiento directo con el historiador estadounidense Hayden White, cuya obra Metahistoria (1973) sostenía que la historia era, en esencia, una forma narrativa sin criterios propios de verdad. En 1989, en la Universidad de California en Los Ángeles, donde Ginzburg enseñó entre 1988 y 2006, White expuso sus tesis ante un auditorio académico. Ginzburg las rebatió desde la sala. El historiador Perry Anderson, presente en el acto, recordó después que “se podía oler la sangre allí”.Carlo Ginzburg durante su presentación en Perú (Manuela Gargurevich)Al año siguiente, Ginzburg y el historiador del Holocausto Saul Friedländer organizaron un coloquio que derivó en el libro Probing the Limits of Representation: Nazism and the Final Solution (1992). Ginzburg publicó además el ensayo Unus testis, dedicado a Primo Levi, donde señaló que el negacionismo del Holocausto —representado por el caso del académico francés Robert Faurisson— era la consecuencia lógica de una posición que no podía distinguir entre narrativa de ficción y narrativa histórica. “Si la verdad es una metáfora y las formas narrativas son todo lo que existe, y da lo mismo si hay prueba o no la hay, estamos ante un problema muy serio”, argumentó Ginzburg.PUBLICIDADEl proyecto de la microhistoria tuvo una dimensión colectiva e institucional. A fines de la década de 1970, Ginzburg y el historiador Giovanni Levi —con quien lo unía una amistad de infancia en el ambiente judío laico de Turín— dirigieron la colección Microstorie en la editorial italiana Einaudi. Fue precisamente Levi quien le dio nombre al método: Ginzburg recordó que escuchó el término por primera vez alrededor de 1977 o 1978, en conversaciones con su colega. “Lo adopté sin preguntar qué significaba”, dijo Ginzburg, y añadió que en esas charlas tempranas hablaban de la microhistoria “como si fuera una etiqueta pegada a un recipiente vacío esperando ser llenado.”El primer volumen de Microstorie fue Pesquisa sobre Piero (1981), del propio Ginzburg, dedicado al pintor renacentista Piero della Francesca. Levi aportó a la colección La herencia inmaterial (1985), una reconstrucción de la vida de un exorcista del Piamonte del siglo XVII a partir de registros notariales y judiciales. A través de las transacciones económicas de un pequeño pueblo —compraventas de tierras, herencias, deudas— Levi mostró cómo funcionaban las redes de poder y confianza que ninguna historia estructural podía captar. Su definición del método quedó formulada con precisión: “La microhistoria como práctica se basa esencialmente en la reducción de la escala de observación, en un análisis microscópico y en el estudio intensivo del material documental.”PUBLICIDADFuera de Italia, la microhistoria encontró practicantes que extendieron sus alcances geográficos y temáticos. La historiadora estadounidense Natalie Zemon Davis publicó en 1983, El regreso de Martín Guerre, un estudio sobre un proceso judicial del siglo XVI en Francia rural: un campesino desaparece durante años y otro hombre ocupa su lugar, su casa y su mujer. El expediente judicial le permitió a Davis examinar cuestiones de identidad, memoria y género en el Antiguo Régimen. Davis describió su práctica como “un diálogo y a veces un debate con el pasado”, y subrayó que el mayor desafío para el historiador era “recrear a estas personas sin moldearlas a imagen propia”.El historiador francés Emmanuel Le Roy Ladurie, vinculado a la escuela de los Annales, publicó en 1975 Montaillou, aldea occitana, un año antes que El queso y los gusanos. El cosmos según un molinero del siglo XVI. También recurrió a registros inquisitoriales: los del obispo Jacques Fournier, que interrogó entre 1318 y 1325 a los habitantes de una aldea cátara del sur de Francia. A partir de esos expedientes, Le Roy Ladurie reconstruyó la vida cotidiana, las creencias, los amores y los conflictos de una comunidad campesina del siglo XIV. El libro fue un éxito editorial masivo en Francia y anticipó varios de los procedimientos que la microhistoria italiana codificaría como método. El propio Ginzburg lo mencionó al reflexionar sobre el trabajo con fuentes inquisitoriales, y señaló que ambos habían enfrentado la misma pregunta sobre la parcialidad de ese tipo de documentación.Nacido en Turín en 1939, hijo de la novelista Natalia Ginzburg y del filólogo y antifascista Leone Ginzburg —muerto en la prisión romana de Regina Coeli en febrero de 1944 a consecuencia de torturas—, Carlo Ginzburg fue profesor en las universidades de Bolonia, Roma, Harvard, Yale, Princeton y UCLA, además de en la Scuola Normale Superiore de Pisa, donde se formó y donde ejerció hasta 2010.
El campesino condenado a la hoguera por comparar el origen del mundo con un queso: así trabaja la microhistoria de Carlo Ginzburg
En un ensayo traducido a 21 idiomas, el historiador conectó el oficio de investigar el pasado con médicos, detectives y psicoanalistas, siempre con una obsesión central por las pruebas verificables










