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Abelardo de la Espriella se encuentra en el peor de los mundos, no en los gloriosos como él y sus secuaces creen desde cuando se impuso en la primera vuelta presidencial. Al ego del nuevo líder del extremismo de derecha, cuyo volumen es tan desproporcionado que parece que hará implosionar su figura menuda, ahora se le suman su envanecimiento por el número de votos conquistado y por los mensajes condicionados de Trump. “Debido a sus enormes logros en la vida y a su apoyo político hacia mí, es un honor darle a Abelardo mi respaldo total y absoluto”, escribió en su red social el presidente estadounidense, a tiempo que tachaba al candidato de la segunda mayor votación, Iván Cepeda, del más grave delito político de esta época: ser “un marxista de la izquierda radical”. Arrodillado de emoción y pidiéndole al gobierno de Estados Unidos que por favor le reciba extraditados a sus opositores políticos, De la Espriella respondió que “vamos a hacer una llave (…) con el presidente Trump como nunca antes la ha tenido Colombia con otro gobierno”. Ocho días después de su primera publicación, Trump volvió a entrometerse en nuestro proceso electoral: “Abelardo lucha incansablemente por su gran país y su gente, y los ama, al igual que yo a los Estados Unidos de América” (ver).












