Confieso que, ajena como soy a ese mundo, me sorprendieron algunas de las reacciones al empate de España contra Cabo Verde en el primer partido del Mundial. No tanto el análisis futbolístico, perfectamente razonable. Me explican que España jugó mal, lenta, previsible y sin capacidad para transformar su dominio en goles. Doctores tiene el minuto y resultado. Lo que siempre me ha maravillado tiene que ver con la intensidad emocional de ciertas respuestas, quizá porque, en el fondo, cuando hablamos de fútbol nunca hablamos solo de fútbol.España atraviesa un momento extraño, como suele ocurrirnos. Sin que sea ninguna novedad, la política está crispada, unos y por otros cuestionan las instituciones, el debate público se ha transformado en una cansada discusión y un griterío permanente; sufrimos más de desgaste, de un desacuerdo constante, que de una de crisis aguda.Y en esas la selección nacional se presenta como una de las pocas cosas que todavía permiten una narrativa compartida. Durante noventa minutos desaparecen muchas de las diferencias territoriales, ideológicas, generacionales o sociales frente a un relato sencillo: nosotros contra ellos, ganamos o perdemos.Pero un empate. A cero. Y contra Cabo Verde. Ah, vanidad de vanidades, veis como todo era vanidad… que España, acostumbrada a verse a sí misma como favorita, empeñada en su superioridad, se empequeñezca así enlaza y nos devuelve a la dificultad para aceptar que el mundo ya no funciona según jerarquías tan claras como antes.Quizá por eso algunos comentarios han sido tan duros; ese partido, que no es más que un partido, obliga a contemplar la incómoda posibilidad de que el talento, el presupuesto, la historia o el prestigio no garanticen nada, de que los pequeños puedan competir y de que los favoritos fallen. Pero ¿es eso justo o injusto?A mí, a quien el partido me sorprendió en Dublín, me consolaban los camareros que esa noche me atendieron en la cena. Por ellos supe del empate. Fingí deportividad y agradecí los ánimos, porque creo que esa reacción colectiva habla de expectativas, de una sociedad que lleva años boquiabierta ante promesas de crecimiento, liderazgo, modernización y éxito, y que cada vez sospecha más de los relatos triunfalistas.Al final, qué cambia un empate. Queda la sospecha de que en el fondo no hablamos de un balón que no entró y discutimos, en cambio algo mucho más profundo: cuánto confiamos todavía en nuestras propias capacidades y cuánto de esa confianza es, sin más, un deseo, una moneda arrojada a una fuente, una costumbre.
Fútbol es fútbol
La política está crispada, unos y por otros cuestionan las instituciones, el debate público se ha transformado en una cansada discusión y un griterío permanente.











