EL PAÍS ofrece en abierto la sección América Futura por su aporte informativo diario y global sobre desarrollo sostenible. Si quieres apoyar nuestro periodismo, suscríbete aquí. Hace diez años, cuando Río de Janeiro organizó los Juegos Olímpicos, medio mundo se preguntaba cuántos regatistas enfermarían por competir en las aguas de la bahía de la ciudad. Tan contaminada como bella, la bahía de Guanabara ofrecía la postal con el Pan de Azúcar de fondo, algo a lo que el comité organizador no estaba dispuesto a renunciar. Los atletas compitieron y se colgaron las medallas en la playa de Flamengo, por entonces famosa por sus aguas turbias y malolientes. Una década después, el paisaje ha cambiado notablemente. Los días de agua cristalina son cada vez más frecuentes, lo que atrae cada vez a más bañistas y ha poblado la arena de escuelas de natación. Rafael Oliveira trabaja desde hace 15 años dando clases de educación física en la arena de esta playa. Hasta hace poco, darse un chapuzón era un tabú, un deporte de riesgo para los más valientes. El agua marrón y la basura flotante no invitaban al baño, pero hace poco más de dos años una obra desvió las aguas residuales que desembocaban aquí y el paisaje empezó a cambiar. “Los propios alumnos nos pedían clases de natación. Hemos empezado a tener días de agua totalmente transparente. Eso fue dando ánimos y decidimos montar la escuela”, cuenta satisfecho. Ya son más de 300 alumnos que desafían la pereza matutina para dar brazadas en este mar sin olas poco después de la salida del sol. La demanda se desbordó y ahora ya hay otras seis escuelas de natación en el mar en esta misma playa.La mejora de la calidad de las aguas de la playa de Flamengo es el símbolo del momento esperanzador por el que pasa la bahía. Parte de esa mejora se puede atribuir a las obras de alcantarillado que se pusieron en marcha a partir de 2021 y que ya evitan que cada día lleguen al mar 133 millones de litros de aguas residuales (el equivalente a 57 piscinas olímpicas). El gran problema de la bahía es que lleva décadas siendo la letrina del área metropolitana de Río. Guanabara es un término tupí-guaraní que significa algo así como “senos que alimentan el mar”. Es una bahía imponente, de 412 kilómetros cuadrados, tan grande que cuando los portugueses se depararon ante ella en enero de 1502 la confundieron con el estuario de un río, de ahí el nombre con el que bautizaron la futura ciudad. Río nació y creció a su alrededor, aunque con el tiempo (y la contaminación) las playas oceánicas, más limpias, como Copacabana e Ipanema, fueron ganando protagonismo. La bahía tiene más de 100 islas, manglares y deltas de decenas de ríos, pero también dos aeropuertos, astilleros, puertos de mercancías y muchísima gente a su alrededor. Son más de ocho millones de personas en su cuenca hidrográfica. La mayoría de ellas viven en barrios donde el alcantarillado no es más que una acequia podrida que acaba en el mar.El Complexo da Maré, un conjunto de favelas donde viven 200.000 personas, es uno de esos barrios: miles y miles de casas construidas por sus propios habitantes a orillas de la bahía a partir de los años 40. En el río Ramos, por ejemplo, la escena es de lo más elocuente: basta esperar a que algún vecino tire de la cadena del váter para ver cómo los restos fecales caen directamente al río desde un tubo en la fachada de la casa. No es la excepción, es la regla.Ahora se está construyendo por primera vez una red de alcantarillado. En las calles más anchas, una tuneladora excava túneles a 11 metros bajo tierra. En los callejones estrechos (algunos de menos de medio metro, entre casa y casa), el trabajo es más artesanal. Decenas de operarios desafían a las ratas, orines y excrementos para conectar las tuberías. Para Lucas Clever, un chico de 25 años, es un orgullo: “Es difícil porque aquí no entra la maquinaria, y al cavar hay que tener mucho cuidado para no desestabilizar las casas, pero es gratificante poder ayudar”, dice, deseoso de que las obras lleguen a su familia. Cada inmueble conectado a la red recibe un hidrómetro que medirá el consumo de agua, que hasta ahora se obtenía de forma irregular.Serán más de 20 kilómetros de nuevas tuberías. Cuando esté terminada, en 2027, la nueva infraestructura evitará que lleguen a la bahía 1.300 millones de litros de agua sucia cada mes, el equivalente a 20 piscinas olímpicas al día. Todas estas obras están siendo financiadas por Aguas do Rio, una empresa privada que en 2021 se hizo con la concesión para distribuir agua a parte de Río y varias ciudades de su región metropolitana, incluyendo más de 500 favelas. La privatización del servicio de agua no estuvo exenta de polémica, aunque el historial de ineficiencia y corrupción de la empresa pública anterior, la Cedae, ayudó a que no hubiera mucha resistencia.Entre los compromisos asumidos por la nueva gestora está tratar las aguas residuales de al menos el 90 % de la población antes de 2033 e invertir 2.700 millones de reales (más de 500 millones de dólares) en obras en el entorno de la bahía. Después de la Maré, el alcantarillado llegará a otras favelas, como Rocinha o el Complexo do Alemão. Dado que el desafío es enorme, la empresa ha optado por priorizar los llamados “colectores en tiempo seco”: tuberías que interceptan las aguas residuales que llegarían a los ríos a través de las galerías pluviales y las desvían a depuradoras.Para expertos como Ana Britto, especialista en urbanismo y saneamiento de la Universidad Federal de Río de Janeiro (UFRJ), es una solución paliativa: “Eso no resolverá el problema de la bahía, porque cuando llueve mucho, toda la suciedad va a los ríos y no a la estación de tratamiento”, explica, al tiempo que critica que las inversiones de la empresa aún no hayan llegado a muchos municipios y ríos del área metropolitana más alejados del centro y las playas turísticas.Lo cierto es que los datos oficiales del Instituto de Protección Ambiental del Estado de Río, el INEA, invitan al optimismo, pero con cautela. En 2015, apenas el 31,5 % de los boletines registrados a lo largo del año atestiguaban buena calidad del agua de las playas de la bahía. Ese porcentaje subió hasta el 44,7 % el año pasado, aunque entre medio ha habido oscilaciones que no permiten concluir que haya una tendencia positiva consolidada. De momento, las mejoras más claras se limitan a playas específicas donde se han hecho obras recientes, como Flamengo (80 % de días de agua limpia el año pasado) y Botafogo.El director de la ONG Baía Viva, Sérgio Ricardo, pide prudencia antes de empezar a celebrar nada. “Está claro que hay inversiones y que dan resultado, pero en el interior de la bahía todas las playas continúan impropias para el baño. Cuando estén limpias, ya lo celebraremos”, dice. Ricardo vive en la Ilha do Governador, que hasta los años 60 era uno de los lugares preferidos de los cariocas para veranear. Ahora bañarse aún suena a ciencia ficción.El presidente de Aguas do Rio, el ingeniero Anselmo Leal, rebate que ese barrio, situado enfrente de la Maré, será de los grandes beneficiados cuando estas favelas dejen de verter sus residuos al mar. Además, asegura que había que empezar por donde había un mínimo de infraestructura, para “ganar tiempo” y después llegar a regiones más críticas y alejadas del centro, como la Baixada Fluminense o São Gonçalo. Y es que no se partía de cero: durante décadas la empresa anterior hizo inversiones millonarias, grandes depuradoras que después operaban muy por debajo de su capacidad o que acabaron en ruinas antes incluso de conectarse a la red. “Queríamos probar que era posible coger una cosa vieja y hacerla funcionar”, dice Leal. Durante años, las sucesivas promesas de limpieza de la bahía de Guanabara consumieron miles de millones de dólares, incluso de bancos y organizaciones internacionales, sin apenas resultados, y con escándalos de corrupción siempre revoloteando alrededor.Todo eso acabó creando una frustración y un descrédito que permanece muy enraizado entre los cariocas; cundió la idea de que la bahía no tiene solución. El biólogo Ricardo Gomes, director del Instituto Mar Urbano, en cambio, siempre luchó contra esa idea: “En la época de los Juegos Olímpicos el mundo entero decía que la bahía estaba muerta, llegaron a hacer un entierro simbólico, con ataúdes negros en la playa. Yo pensé: ‘Esto no funciona, porque si murió, ¿qué problema hay en seguir tirando ahí toda la basura?’ Teníamos que mostrar, urgentemente, el otro lado de la historia”, dice durante una de sus frecuentes salidas al mar. Tras muchas horas buceando bajo ese supuesto mar muerto nació el documental ‘Baía Urbana’, que retrató un ecosistema vivo que pilló a mucha gente por sorpresa: bajo esas aguas aún resisten desde caballitos de mar hasta siete especies distintas de rayas.Entre los héroes que aguantan pese a todo, hay una treintena de delfines. Son tan pocos que los investigadores los conocen por sus marcas en las aletas. Estos días Gomes está especialmente entusiasmado porque hay dos nuevas crías en el grupo. La biodiversidad de la bahía está en la UCI, pero aún respira. Lo bueno, recuerda el biólogo, es la capacidad de la naturaleza de regenerarse por sí misma. Gracias a las mareas, la bahía renueva la mitad de sus aguas cada 15 días. “Si paramos de contaminarla, el proceso de recuperación es rápido. Cuando nosotros empezamos a hacer algo, la propia bahía también ayuda”, resume. Muy cerca de donde se refugian los delfines está Paquetá, una bucólica isla de casitas bajas y calles de tierra, sin coches, donde reinan el silencio y las bicicletas. Sería un paraíso turístico si no fuera porque suele estar rodeada de agua negra. No obstante, ese paisaje también está empezando a cambiar. Desde hace tres años, los desechos de sus habitantes se llevan por una nueva conexión a una depuradora en tierra firme. “Está mejorando, pero aún está muy lejos de ser algo razonable”, dice Artur Melo, un jubilado, mientras prepara su barco para salir a navegar. “El problema es que la mayoría de la basura viene de los ríos que rodean la bahía. Cuando llueve mucho se desbordan y toman todo lo que hay en la calle, que acaba en las playas”.La gestión de los residuos sólidos es el otro talón de Aquiles de la bahía. Más de 90 toneladas de plásticos llegan a la bahía todos los días. En muchos ríos hay ecobarreras, estructuras flotantes para evitar que la basura llegue al mar, pero son insuficientes. El problema es estructural y empieza mucho más atrás, en los vertederos ilegales y en barrios donde el camión de la basura es una rareza. Los vertidos químicos o los derrames de petróleo (hay un tráfico intenso de barcos mercantes) tampoco ayudan. Hay incluso un cementerio con más de 50 embarcaciones abandonadas y desprendiendo sustancias tóxicas bajo el mar. Después de muchas disputas judiciales, finalmente el Gobierno de Río se comprometió a empezar a limpiarlo antes de agosto.
La bahía de Río de Janeiro empieza a respirar una década después de las promesas olímpicas de descontaminación
Nuevas obras de alcantarillado ya evitan que lleguen a la bahía de Guanabara 57 piscinas olímpicas de aguas residuales cada día, pero el horizonte de una bahía totalmente limpia aún queda lejos
















